Baile en la colonia veraniega de El Escorial en 1908
Baile en la colonia veraniega de El Escorial en 1908 - ABC
Aquel verano en Madrid

La sierra, refugio ocasional de madrileños ilustres

Veranear en los pueblos de Guadarrama era una noble costumbre

MADRIDActualizado:

Tal vez fuera el Rey Felipe II el primer veraneante de la sierra madrileña. El monarca, cuando, a mediados del siglo XVI, decidiera construir el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial en la sierra de Guadarrama, llegó a comprar casa en la localidad mientras esperaba a que terminaran las obras: «El verano llegaba a prolongarlo el Rey desde mayo hasta finales de noviembre. Primero se quedaba en La Granjilla, en el paraje de La Fresneda, y luego en la casa del cura de la villa, que acabó comprando. En cuanto estuvieron terminadas las estancias del Monasterio destinadas a él se trasladó con todas sus pertenencias. Dicen que no esperó siquiera a que se secaran las paredes». Las líneas anteriores, extraídas de un reportaje de ABC del año 1978 sobre la tradición de veranear en la sierra, dan una idea de lo distinguido del origen de esta práctica, que hoy llena de residentes temporales los municipios más despoblados de Madrid.

Lo cierto es que, durante mucho tiempo, la costumbre no llegó a desprenderse de ese aire noble, quizá por la abundancia de ilustres nombres propios que hicieron de la zona su particular residencia estival. Vicente Aleixandre, por ejemplo, pasaba largas temporadas en Miraflores, mientras que Joaquín Sorolla acabó por retirarse a un chalet de Cercedilla sus últimos años.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la costumbre acabó por extenderse a todas las capas de la sociedad: era el «boom» del automóvil, y los pueblos de la sierra comenzaban a llenarse de visitantes. Ya en el año 1975 se llegó a publicar en las páginas de este periódico una advertencia: «El exceso de urbanizaciones; los que creen tener derecho a todo; los Municipios, algunos de los cuales no poseen recursos suficientes para resolver los problemas que acarrean tantos residiendo durante el verano requieren un organismo con atribuciones, algo así como una Comisaría Regia para la defensa de la sierra de Guadarrama».

Población estacional

Al final llegamos a una situación de saturación «por tramos». Tomemos de ejemplo a La Hiruela. El municipio más al norte de Madrid, con apenas 48 habitantes censados (los que residen en el pueblo entre semana son muchos menos) llega a recibir varios cientos de visitantes al día durante las épocas de más turismo. Tantos, que los pocos restaurantes del pueblo no dan para atenderlos a todos. Entre semana, sin embargo, los vecinos que permanecen deben enfrentarse a la cruda realidad: al no haber una población estable, ningún comercio puede permitirse mantener las puertas abiertas. Para comprar comida, tienen que conducir hasta Buitrago de Lozoya, o más lejos.

Entre los habitantes de estos pueblos crece el descontento, en parte alimentado por el incesante trasiego de turistas que, como el viento, «mueven y pasan y no miran». La nostalgia de tiempos mejores, de cuando las canteras de Guadarrama daban trabajo a los jóvenes serranos y nadie se veía obligado a emigrar a la ciudad, amarga las tardes de los que todavía pasean por las avenidas de su infancia, resistiéndose a dejarlas ir.