La sanidad clandestina capta a los chinos de Lavapiés

El cierre de clínicas ilegales chinas se trata con prudencia en el barrio. El gusto por la medicina tradicional y la barrera del idioma atrae a estos centros, de los que nadie se confiesa cliente

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La reciente desarticulación de una red de clínicas sanitarias clandestinas de la comunidad china en Madrid no ha dejado indiferente a nadie en el castizo barrio de Lavapiés. Allí, donde el 10 por ciento de la población tiene los ojos rasgados, la noticia incomoda, por ser de sobra conocida, y envuelve en un halo de prudencia las escuetas respuestas de los orientales.

En total, seis ciudadanos chinos fueron detenidos el pasado viernes por agentes del Cuerpo Nacional de Policía acusados de un delito de intrusismo. Ejercían de médicos sin titulación, practicaban todo tipo de actividades sanitarias -incluidos abortos en fase embrionaria- en pisos particulares sin licencia y atendían a sus pacientes en condiciones higiénicas deplorables. Funcionaban, dicen los agentes, como una verdadera red sanitaria oculta a ojos de los inspectores. La operación sigue abierta y parece inminente la clausura de otras dos clínicas madrileñas.

El peligroso arraigo de estos centros cuenta, sin embargo, con cierta complicidad de los orientales. La falta de tarjeta sanitaria, la barrera insalvable del idioma o el gusto por la medicina tradicional china son algunas de las razones que esgrimen los vecinos de Lavapiés para defender a quien recala en uno de estos negocios de los que, por supuesto, nadie se reconoce cliente.

«Es arriesgarse demasiado»

Donde la calle de la Rosa corta con Santa Isabel, en pleno Lavapiés, el negocio de ultramarinos de Toni -el apodo español de un chino adolescente- abre sus puertas de par en par pese a ser domingo. Con la misma desenvoltura que atiende a la escasa clientela, Toni habla de la sanidad china sumergida y lo hace con el toque de quien la ha probado. «Las medicinas están muchas veces caducadas, así que yo prefiero ir al centro de salud o, si es grave, al hospital». Se confiesa amante de la medicina tradicional china, lo naturista, pero en Madrid, dice, es mejor no arriesgarse demasiado. «En China es buena, pero los que vienen aquí.... No, muchos no tienen experiencia, ni títulos, ni nada. Algunos sitios están bastante sucios. Los médicos están fumando en la consulta». Aún así, la sanidad madrileña tampoco le parece ningún ejemplo de perfección. «Cuando pido cita, tengo que esperar mucho tiempo», se lamenta con media sonrisa.

En la Consejería de Sanidad, las clausuras de clínicas regentadas por chinos -que sólo atienden a compatriotas suyos- ya no pillan por sorpresa. Al menos, en lo que al «modus operandi» se refiere: medicina practicada en casas particulares, a precios especiales, con horarios especiales y sólo para compatriotas. Con esta misma filosofía se desarticuló en Madrid el año pasado una red de clínicas dentales regentadas por suramericanos. Ninguna tenía autorización sanitaria y las condiciones higiénicas en las que se practicaban las intervenciones dejaban mucho que desear.

La clave: el anuncio de un periódico

Al frente de la dirección general de Inspección está Elisa Borrego, que hace referencia al seguimiento de colectivos como medio para detectar centros clandestinos. En el caso de las clínicas recién precintadas, fue un anuncio en chino en un periódico oriental lo que puso a los agentes policiales tras la pista. El papel de los intérpretes en estos casos es fundamental.

Los inspectores de Sanidad, por su parte, tienen otros métodos. La publicidad que se reparte en las bocas de Metro, los anuncios de la prensa gratuita y los avisos pegados en las marquesinas de los autobuses sirven muchas veces de clave a los inspectores.

Las últimas detenciones han puesto en evidencia un cúmulo de irregularidades. «El instrumental hallado en una de las clínicas hace presuponer que se practicaban abortos -señala Borrego-. Se encontraron ecógrafos, una camilla de exploración ginecológica y ventosas». Además, quedaron requisados decenas de medicamentos españoles y chinos. Las cuatro clínicas han quedado precintadas por orden judicial.

«Las irregularidades suelen seguir -dice- la misma tipología: el supuesto médico, como en estos casos, no tiene título para ejercer, el centro carece de autorización y los aparatos no han pasado el visado de Industria».

En las clínicas chinas clausuradas en el Paseo de las Delicias, Gabriel Usera, Batalla del Salado y Embajadores no había coto para la práctica médica. Cualquier especialidad era susceptible de ejercerse en estos centros, que ofrecían asistencia de medicina general, pediatría, ginecología, otorrinolaringología, enfermedades de transmisión sexual o incluso colocación de DIU.

Sin embargo, los carteles en chino que figuraban a la puerta de los centros no eran tan explícitos. «Centro Pekín de acupuntura», rezaba uno. «Consultorio del doctor Faho Guian», anunciaba otro. Jeringuillas, aparatos de rayos X, agujas de acupuntura, algunas con quemadores de esencias incorporados... todo un cajón desastre para arreglar lo mismo un roto que un descosido.

En Lavapiés, el hogar madrileño del gigante asiático, la sanidad española sigue sin calar en la comunidad oriental. Los jóvenes son los únicos que empiezan a invertir esa tendencia. «Yo prefiero al médico español». Lo dice una joven china que dice apodarse Rebeca. La encontramos detrás de un mostrador de un comercio de ropa de la calle de Embajadores, junto a Dos Hermanas, y para ella es cómodo, porque se desenvuelve en un castellano bastante fluido a pesar de llevar apenas tres años en Madrid. El problema, dice, lo tienen los más mayores. «A las clínicas chinas van sobre todo las personas mayores y hay de todo. Unas son normales y otras no son tan buenas. Pero como ellos no hablan español.... pues es difícil contarle al médico de aquí lo que les duele». Los que no tienen tarjeta sanitaria -dice- también terminan en consultorios «domésticos». Cualquier persona es atendida en la sanidad pública, tenga o no tenga esa documentación, pero en Lavapiés es difícil convencer con este mensaje. «Yo sí lo sabía -insiste Rebeca- pero muchos por aquí creo que no».

De todas formas, a nadie en el barrio le gusta hablar de medicina ni de casi nada. La sanidad preocupa lo justo y, siempre que pueden, «importan» sus propios remedios. «Traemos muchas medicinas de China -dice Rebeca-. No se si son mejores, pero aquí se prefieren. Si alguien viene, las trae».

«No se ha puesto malo»

Nadie en el barrio dice haber pisado nunca una clínica clandestina. Incluso algunos aseguran, con media sonrisa, que de esos centros nunca han tenido noticia. Como Rosa, que regenta el «Super Bazar» de la calle de Santa Isabel. «No conozco», se apresura a decir mientras su marido le espeta una parrafada en chino. «Yo voy al centro de salud», asegura insistente.

En sus brazos, un bebé de seis meses. El servicio de pediatría del ambulatorio sorprendentemente aún no lo ha pisado. La razón, para ella, es fácil. «No, todavía no se ha puesto malo».