El «macrobotellón» tuvo lugar en los jardines de la Plaza de Menéndez Pelayo - MAYA BALANYA

San Cemento: entre estiércol y vallas

Los jóvenes cambiaron los apuntes por alcohol en la polémica fiesta universitaria

MADRIDActualizado:

La boca de metro de Ciudad Universitaria se convirtió a primera hora de la tarde de ayer en un hervidero de gente. Poca entraba en ella tras finalizar la jornada lectiva; la mayoría esperaba la llegada de sus compañeros o salía apresurada para dirigirse a la zona norte del campus. Los estudiantes cambiaron los apuntes y carpetas por bolsas de plástico, en cuyo interior guardaban alcohol, refrescos y hielos.

En ese lugar lo habitual es escuchar conversaciones sobre exámenes, críticas –y también halagos– hacia profesores y discusiones sobre lo que les han parecido las clases. Ayer no fue así: el ruido principal –además de las risas– era el tintineo de las botellas. Los primeros en llegar se apelotonaron, bebida en mano, en el acceso a la Plaza de Ramón y Cajal. No esperaron la llegada de los más rezagados para abrir las botellas de cerveza. Su objetivo era disfrutar del «macrobotellón» más famoso y polémico de la capital: San Cemento, patrón oficioso de la Escuela de Arquitectura.

Mientras unos aguardaban, otros –los más interesados en obtener un buen sitio– se dirigían hacia la Plaza de Menéndez Pelayo, entre las facultades de Filosofía y Derecho. Los jóvenes, completamente organizados en su trayecto, colapsaron la Avenida Complutense.

Zonas precintadas

Esta fue la primera edición de la fiesta universitaria en la que los estudiantes se concentraron solamente en un lugar del campus. El miércoles, con el objetivo de frenar la festividad y evitar la suciedad y las aglomeraciones que dañasen las zonas verdes, estos espacios fueron abonados con estiércol. Asimismo, los jardines de algunas facultades, como Ciencias de la Información, fueron acordonados para que los jóvenes no pudiesen instalarse en ellos. La fiesta tampoco estuvo en el Paraninfo ni en el acceso a la Facultad de Filología: sus jardines –algo que no se había visto anteriormente– estaban vallados. «No podemos estar ahí porque han cerrado los jardines. Todo el mundo está en la parte de arriba», dijo un joven, a modo de queja, por teléfono a un amigo.

La hilera de gente que llegaba desde el metro hasta la Plaza –custodiada por un furgón de la Policía Municipal– se hizo cada vez más ancha. «De momento está todo muy tranquilo y controlado. No se ha producido ningún altercado», afirmaron los Policías que se encontraban en el lugar. En el césped no había ni un sólo hueco libre. Y en la Plaza tampoco. La multitud dejó únicamente un espacio alrededor de un grupo de predicadores que acude todos los jueves a la Universidad. «Espero que algún día los botellones sean espirituales, musicales y sin alcohol», declaró el misionero Valerio Andras.

Los estudiantes parecían no hacerles mucho caso. No entendían su función. Ellos se concentraron en la música y la diversión. «San Cemento es maravilloso», dijo Guillermo Fernández, estudiante de Comunicación Audiovisual en la URJC, que se trasladó desde Fuenlabrada para acudir a la velada, Su amigo, Javier Ferrán, estudiante de Arquitectura, opinó sobre las vallas: «Me parece bien la medida que se ha tomado porque le gente es una irrespetuosa».

A pesar de que el rector de la UCM, Carlos Andradas demandó «un campus limpio y sostenible», bajo el lema «Otro San Cemento es posible», los estudiantes no hicieron caso de sus palabras. Aún no había entrado la noche y varios estaban orinando en la fachada de Filosofía; otros, saltaban las vallas para entrar a los jardines y apartarse del pelotón, y las bolsas de plástico vacías ya se veían sobre el césped. Sólo el año pasado el botellón generó 252 toneladas de basura. Todo hace prever que este año las cifras se volverán a repetir.

«Lo que esperamos es pasarlo bien. Aunque se genera mucha basura, reconocemos que la nuestra no la recogemos», afirmaron Paula y María, estudiantes de Educación Primaria y Educación en Infantil.

Pero entre los jóvenes no todo fueron elogios hacia la festividad. «Esto es una vulgaridad, es como un mercado», afirmó Ana López, estudiante de Filosofía. «La gente revienta la Universidad. No cuesta nada utilizar las papeleras», apuntilló su amiga Violeta Conde.