UN RECINTO SINGULAR

POR PEDRO MONTOLIÚ/
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Madrid, hasta ahora, no ha contado, como otras ciudades, con grandes recintos cerrados en los que celebrar espectáculos multitudinarios, por lo que se ha tenido que contentar con espacios abiertos como los estadios Bernabéu o Vicente Calderón, o plazas de toros como la de Las Ventas. La situación va a dar un giro extraordinario con el nuevo Palacio de los Deportes, el Rockódromo de la Casa de Campo, los teatros del Canal, el teatro de Príncipe Pío, el Circo estable, el pabellón olímpico, el nuevo Chamartín cubierto... Pasaremos así de la penuria más absoluta al exceso de oferta y mucho me temo que no todos los gestores de estos grandes recintos tienen claras sus ideas sobre qué hacer con ellos. Madrid celebra también cientos de actos que tienen como escenario la propia trama urbana. El pasado viernes, sin ir más lejos, la plaza Mayor se transmutó en sala de conciertos gratuita con 5.000 asientos que dos horas antes ya estaban ocupados para escuchar la Tercera Sinfonía de Beethoven interpretada por la Staatskapelle de Berlín y dirigida por Daniel Barenboim, en memoria de las víctimas del 11-M. Salvo algunos ruidos de platos procedentes de las cafeterías que tenían puestas sus terrazas y una sirena de ambulancia que sonó en la lejanía, el recinto que ha servido a lo largo de su historia de coso taurino, escenario teatral, campo de justas y sala de autos de fe, cumplió su misión. Sé que los responsables municipales, a quienes, acabado el concierto, todos coincidían en pedir que actos así se repitan, están estudiando un uso más selectivo de lo que debe hacerse en un recinto tan importante. Porque, en los últimos años, la plaza ha servido lo mismo para colocar todo tipo de antiestéticas carpas que hasta ha sido utilizada, como cuando se celebró el funeral por las víctimas del 11-M en la Almudena, como aparcamiento oficial. Y esto debe cambiar. En Madrid, plazas hay muchas, pero sólo tenemos una a punto de cumplir 400 años de existencia. Y eso merece un tratamiento singular.