Fachada de la Casa Postal, en la Calle de la Libertad
Fachada de la Casa Postal, en la Calle de la Libertad - GUILLERMO NAVARRO

La postal, un negocio relegado al olvido

En el corazón de Chueca, la Casa Postal sobrevive gracias a la nostalgia de los coleccionistas de cartas antiguas

MADRID Actualizado: Guardar
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Entrar en la Casa Postal es como retroceder en el tiempo. Para coleccionistas y nostálgicos es inevitable salivar al poner un pie dentro de esta tienda, abierta desde 1984 y que alberga toda una reliquia familiar. Una vez dentro del acogedor establecimiento, propiedad de un asturiano afincado en Chueca, Martín Carrasco, resulta imposible fijar la vista en un único punto. No sabes si mirar a las inmensas paredes llenas de baldas donde reposan juguetes y otros objetos de colección, a los vetustos cajones repletos de carteles publicitarios o a la cristalera tras la que se esconden cientos de figuritas. Pero, sin duda, el plato fuerte se descubre al pasar las páginas de varios álbumes poblados de viejas postales. Ya cuentan con un millón de ellas.

La postal más antigua la tiene Martín, guardada a buen recaudo en su casa. «Fue una que circuló en 1892, aunque he de decir que hay un catalán que tiene una de tres días antes», confiesa Belén Carrasco, su hija. Ella es ahora la encargada de la tienda. «Mi padre está jubilado, pero solo para atender a la gente», asegura. Martín aún conserva su vicio de comprar postales y coleccionarlas.

Antiguamente, las redes sociales no existían para dejar constancia de los viajes de nuestros padres y abuelos. Por eso, no les quedaba más remedio que hacerse con una bonita postal del lugar y enviarla a familiares y amigos. Además, era la forma más barata para comunicarse. Pero llegó el día en que el envío postal se equiparó al de la carta, y en el momento en que «una fotografía demostraba que estabas en un sitio, la postal empezó a perder su utilidad», lamenta Belén. «No es fácil encontrar una postal ahora mismo», afirma la dependienta, pero que las postales hayan quedado relegadas al olvido es precisamente lo que mantiene a flote el negocio de la Casa Postal.

Si no existe, vende

«No todas las postales valen. Si todas valieran, seríamos millonarios», dice la hija de Martín. «Vende mucho lo que ya no existe», aclara. Es una cuestión de demanda. ¿Las postales más buscadas? Las publicitarias o las del bando republicano de la Guerra Civil Española. «Se colecciona más de esta facción que de la nacional por la sencilla razón de que hay menos de ellas, pues se destruyó mucho en la posguerra», explica mientras enseña una. Solo esta entusiasta mujer sabe dónde guarda cada cosa en un mar de libros, archivadores y álbumes. El valor real de una postal va por este orden: rareza, antigüedad y estado de conservación.

Postal del bando republicano, de la época de la Guerra Civil
Postal del bando republicano, de la época de la Guerra Civil - GUILLERMO NAVARRO

La manera de coleccionar en España es «por pueblos». Belén comenta que «en eso somos distintos al resto de los europeos; los ingleses coleccionan puentes, faros o cualquier monumento sin importar de dónde sean». En España, se coleccionan los lugares pequeños. Cuanto más minúsculo y menos turítico sea, más se colecciona. También se buscan cosas muy concretas. Por ejemplo, cuenta que una pareja que se iba a casar en el hotel Velázquez le compró postales de cuadros de este pintor para decorar las mesas del banquete en la ceremonia.

«Una de las cosas más bonitas de este negocio al principio –así me enganchó mi padre– era ir de feria al extranjero a comprar», recuerda Belén. Eran otros tiempos en los que Internet no existía y tenían que buscarse la vida. Ahora, se ha perdido el «encanto de las ferias» y la venta online se ha disparado. Esta comerciante asegura que comprar y vender en la web «es más cómodo». Así, combinan su tienda física con la venta en la red: «Es un público diferente; la web está orientada a coleccionistas, pero al local viene gente para comprar adornos o recuerdos».

Belén recomienda «comprar porque a uno le guste, no para especular». Los precios son tan cambiantes como la Bolsa. «Van oscilando», dice. Una postal que cueste mucho dinero actualmente puede disminuir su precio en el futuro. «Cuando me preguntan cuánto vale algo, yo siempre matizo: cuánto vale ahora». Y si hay algo más valioso que la postal, eso es la fotografía, el «souvenir del siglo XIX».

Precios con letras

La Casa Postal está plagada de detalles. Tiene una pequeña curiosidad que le hace tener aún más encanto. Los precios de todos los artículos están marcados con letras. «Mi padre vendía postales por correo a comerciantes», relata Belén. «Era para que el comerciante, si lo compraba por cien pesetas, pudiera aumentar el precio y llevarse su comisión; así, el comprador final no sabía su precio real».