En las «paradas» concertadas, esperan los toxicómanos. Ansían el momento de «pillar» y consumir una dosis.  Chema Barroso

Mil pesetas por un «viaje» sin retorno

MADRID. M. J. Álvarez
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Cinco mil toxicómanos acuden cada día a Las Barranquillas, el mayor hipermercado de drogas de España en busca de «una dosis para aplacar el mono». Muchos emplean como medio de desplazamiento las denominadas «cundas», un medio de transporte que ya existía en otros poblados, pero que ha tenido una gran expansión en este asentamiento marginal, a pesar de ser un lugar de difícil acceso, alejado de la ciudad y sin transporte público.

Se trata de un vehículo que pone un drogodependiente a disposición de tres o cuatro consumidores para trasladarlos hasta ese núcleo. Con el pago del «servicio», el «taxista» compra su dosis y permite a los demás que consuman la suya en el coche. Otras veces cobran en droga, pero casi siempre lo hacen por dinero.

RUTINA DESTRUCTORA

Una de las razones del éxito de este poblado radica en la calidad de las heroína y cocaína que venden los narcotraficantes, y en los precios, muchos más baratos que en otros barrios. Por 1.500 o 2.000 pesetas se puede comprar 0,2 gramos de heroína o cocaína «c—«café con leche» en el argot del toxicómano—, que fuma o inhala en lo que se conoce como «chino», cada vez más en auge, o «chute», aunque la inyección cada vez se utiliza menos.

Lo habitual es que la recogida se produzca durante el día. Al mediodía es frecuente ver a muchos de ellos pululando por las «paradas» concertadas. Llevan un cartel delator y se les nota a la legua el deterioro producto de su adición. Los puntos de recogida se sitúan en localidades de la región y en la capital. Los más céntricos se encuentran en las inmediaciones de la calle de Montera y la plaza de Neptuno. Su presencia provoca las quejas de los vecinos por el rastro de jeringuillas, preservativos y agujas que dejan por doquier. Nada interrumpe su viaje con destino a «pillar». Los precios varían en función de la distancia y oscilan entre las 700 y las 1.000 pesetas. Precisamente el vehículo es uno de los lugares preferidos por los adictos a un «pico» o a un «chino», junto a las casas abandonadas o a la intemperie de Las Barranquillas.

La fila de «cundas» se amontona en el acceso a este núcleo marginal. En su interior, los «yonkis», cocainómanos o la variedad de «muertos vivientes» se afanan en preparar sus «chutes». Otros están aletargados por sus efectos y sus caras inexpresivas reflejan un gran vacío. A veces hay niños en los vehículos, además de los del poblado, acostumbrados ya al espectáculo destructor de los «endrogaos». La rutina se repite cada jornada y los clientes de las «cundas» procuran no faltar a la cita para emprender un «viaje sin retorno».