«Las pérdidas serán muy fuertes»

«Todo está para tirar, todo», se lamentaban ayer, abatidos, en la cafetería y heladería Jamaica, en la calle Marqués de Urquijo, en Argüelles. Cuando llegaron ayer a trabajar, a las 7.45 horas

MADRID.
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«Todo está para tirar, todo», se lamentaban ayer, abatidos, en la cafetería y heladería Jamaica, en la calle Marqués de Urquijo, en Argüelles. Cuando llegaron ayer a trabajar, a las 7.45 horas, respiraron aliviados: el corte de suministro a miles de clientes de Moncloa, Chamartín, Centro y su propio distrito, tras el incendio de la subestación de Iberdrola del domingo, parecía que ya era historia. Falsa impresión: diez minutos después se fue la luz, y ya no volvió en toda la mañana.

«Entre no poder abrir y lo que hemos tenido que tirar habremos perdido unos 4.000 euros», calculaba con semblante serio el responsable del café en la semioscuridad del local. Su desgracia era compartida, ayer por la mañana, por cientos de vecinos y comerciantes de estos cuatro distritos, sobre todo de Argüelles: tras el caos nocturno del domingo, ayer se realizaron cortes selectivos en la zona para reparar las líneas dañadas, provocando pérdidas temporales de electricidad a unos 7.000 clientes, según la compañía.

A estos clientes, al enfado de la falta de servicio se le unió la confusión por la falta de información de Iberdrola sobre cuándo volvería el suministro. Ayer, en Argüelles, circulaban versiones de todo tipo sobre la hora a la que se reanudaría, muchas facilitadas por la propia compañía -según los comerciantes-, aunque Iberdrola sólo aseguró oficialmente que lo haría a lo largo del día.

«Cuidado, que no funciona el semáforo», advertía Esperanza a su madre en la calle Princesa. En algunos cruces, agentes de la Policía se afanaba en ordenar el tráfico, pero no en todos, y ayer no era raro ver en Argüelles a algunos peatones pidiendo a los coches, mano en alto, que se detuvieran para dejarles pasar en un paso de cebra.

«Nunca pasó nada igual»

«Ponte gafas de sol al salir: tras toda la mañana a oscuras puede hacer daño tanto sol», recomendaban al recepcionista del hotel Tirol. José Luis Arche, el recepcionista, no estaba para bromas. Ayer por la mañana no sólo faltó en el hotel la luz, también el aire acondicionado, el teléfono, el suministro para los ordenadores y la seguridad, los frigoríficos... «Está todo inutilizado, las pérdidas serán fuertes, se han ido clientes por no poder atenderles como es debido; nunca pasó nada igual».

El hotel, como tantos otros comercios y particulares de la zona, intentaron saber a través de Iberdrola cuánto duraría el apagón. «Nos han dicho que igual tardan una hora que todo el día, que hacen lo que pueden», se lamentaba Arche. Al menos ellos pudieron contactar con Iberdrola, otros muchos vecinos lo intentaron sin descanso y se toparon con la sobrecarga en la línea o con las disculpas del contestador.

Como algunos otros establecimientos, este hotel decidió contratar grupos electrógenos particulares para recuperar el servicio. Lo intentaron ya por la mañana, pero hasta horas después no pudieron disponer de ellos. «Están saturados», explicaban. Bastaba contar el número de camiones que facilitaban electricidad en varios grandes comercios de la zona para constatar que era así: no todos se podían permitir perder un día de trabajo.

No le quedó más remedio a Cristina, que en cuanto llegó a su consulta decidió que ayer no era día para atender a nadie. «No tengo teléfono, ni aire acondicionado... ¡y con este calor!». En cuanto cerró salió disparada a su casa para ver si aún podía salvar algo de la nevera. «Estará todo para tirar, supongo que Iberdrola nos indemnizará», confiaba. No se equivocó, según comentó ayer un portavoz de la empresa.

Sin duda, muchos vecinos de la zona reclamarán: aparte de las molestias de no disponer de luz, teléfono, ascensor o aire acondicionado, kilos y kilos de alimentos han ido directamente a la basura. «El pescado, al menos, no lo salva nadie», apuntaba Rocío, vecina de la calle de Benito Gutiérrez.

Sin aire acondicionado en multitud de comercios, el abanico se convirtió en un buen remedio para combatir el calor, al menos el de los dependientes, porque muchos clientes huían al constatar la falta de refrigeración. «Es un día perdido», se lamentaba Isabel Camacho, abanico en mano, en su tienda de complementos de Princesa.

Sólo su enfado superaba a su calor, en primer lugar por la falta de información de Iberdrola: «Nos dicen que en breve se reparará pero no vuelve la luz, podríamos haber cerrado y listo», afirma. Muchos comercios de la zona no lo dudaron y decidieron echar el cierre por unas horas.

En todo caso, no había que fiarse. Algunos afortunados dispusieron de suministro eléctrico todo el día -«me han preguntado otros comercios que por qué yo sí, pero ni idea», explicaba una de ellas-, y la electricidad vino y se fue a lo largo de la mañana en todo el distrito. «Aquí a las 11.00 se nos fue el hilo musical, el ordenador y el datáfono, pero somos afortunados: al menos tenemos luz y aire acondicionado», ejemplificaba Luis Fernando en su establecimiento de ropa de caballero.

Peor lo tuvieron en algunas farmacias, donde a la falta de luz se le unió la imposibilidad de mantener fría la nevera donde se guardan diversos medicamentos. «Me los he tenido que llevar para casa, una faena», se quejaba Antonia Martínez, farmacéutica.

Muy cerca, una panadería redujo su producción por la falta de electricidad. Muy próxima, la Casa del Bacalao temía perder todo el género de las cámaras. Al lado, un comercio de pasteles y fiambres dejó de utilizar la máquina para hacer bocadillos, no puso ni un café y llevó las cuentas a libreta. «Ya subí por las escaleras a casa por si acaso, y es un quinto», se quejaba su propietario, Antonio Castaño. «Es que sin luz no hay nada», resumía Mark, camarero de una taberna irlandesa, mientras hacía tiempo hasta que volviera.