Exterior del convento-monasterio de San Julián y San Antonio
Exterior del convento-monasterio de San Julián y San Antonio - GUILLERMO NAVARRO
San Julián y San Antonio

Patrimonio declara BIC el monasterio románico más antiguo de Madrid

El Gobierno regional protege el conjunto monacal de La Cabrera, a los pies del pico Cancho Gordo, cuyos orígenes se remontan al siglo XI

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La belleza que rodea al pico de Cancho Gordo no esconde el carácter, a priori, inhóspito de este rincón de La Cabrera. En su ladera, a 1.200 metros de altitud, sobrevive al paso de los siglos uno de los mejores ejemplos del Románico madrileño: el convento-monasterio de San Julián y San Antonio. Entre riscos y berrocales, se mimetiza dibujando una discreta estampa en algo que la arquitectura moderna ha definido como un «diálogo» entre lo que crea el hombre y el poder sobrecogedor de la naturaleza. La Comunidad de Madrid acaba de proteger su valor histórico y artístico tras incoar, el pasado 11 de abril, el expediente de declaración de este conjunto monacal como Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de monumento.

Su interés trasciende lo puramente arquitectónico. El nuevo BIC regional pone en valor no solo la iglesia románica sino todas las intervenciones que el hombre realizó en su entorno a lo largo de los siglos para convertir este espacio en habitable. Entre ellos, y de manera especialmente singular, destaca la red de canales que conectan los manantiales que rodean al convento-monasterio. Caminos labrados en piedra que generan una suerte de saltos que traen la pureza del agua hasta las fuentes monacales. El líquido elemento baja desde el Manantial del Arca, situado a 550 metros, y va pasando por el de la Teja, a 163 metros; el de la Taza, junto a la cerca del complejo; y el propio del Convento, a 26 metros del muro que encierra San Julián y San Antonio. Es el único caso conservado de este tipo de infraestructuras ligadas al desarrollo de un conjunto monacal en Castilla.

Rodeado por un muro de mampostería de 533 metros de perímetro, en su interior alberga un crisol de elementos arquitectónicos en el que cobra protagonismo su iglesia. Una rara avis por su morfología y ubicación que comparte similitudes estructurales con los templos que los benedictinos fundaron en la zona del Rosellón y su área de influencia. Por ejemplo, con la iglesia de San Martín del Canigó –del año 1001–, muy parecida a la de La Cabrera. Su interior se parece también al de Santa María de Montbui –de 1032–. «Por todo ello podría tratarse de una iglesia levantada durante el segundo tercio del siglo XI, lo que haría de esta construcción religiosa la más antigua de la Comunidad de Madrid», explica a ABC Paloma Sobrini, directora general de Patrimonio.

Interior del templo, levantado en granito en el siglo XI
Interior del templo, levantado en granito en el siglo XI - GUILLERMO NAVARRO

Los expertos ponen de relieve el carácter único de este templo. Entre otras cuestiones llama poderosamente la atención las medidas de su planta, un cuadrado perfecto de 16,10 metros de lado. «Es una medida relacionada con las construcciones carolingias», refleja el expediente. Otro de los aspectos que vinculan la iglesia a los benedictinos es la presencia de cinco ábsides, una característica vinculada a la nueva liturgia impuesta por la orden que requería de un mayor número de altares y de «la proliferación de las reliquias que se veneraban en los templos».

Huella benedictina

«De la etapa benedictina no se conoce ninguna fuente documental, pero se sabe que la presencia de los benedictinos en el territorio madrileño era un hecho, sobre todo a partir del nombramiento de don Bernardo de Sahagún como arzobispo de Toledo en 1086», señalan en el expediente.

La importancia histórica de este lugar, sin embargo, tuvo un punto de partida nítido con la fundación del Señorío de Buitrago, concedido por el rey Pedro I a Pedro González de Mendoza en 1366 y cuyo término incluía La Cabrera. «Después, en 1444, Juan II concedió a sus descendientes el título de marqueses de Santillana, y los Reyes Católicos el ducado del Infantado, quedando así La Cabrera ligada a la Casa de los Mendoza hasta el siglo XIX, lo que aportó importantes beneficios a la población y al convento», señalan entre los argumentos para su declaración BIC.

En los jardines sobreviven los restos de una arquería del primer claustro franciscano que se fundó allí a partir del año 1400. Se tiene constancia de doce frailes se hicieron cargo del monasterio bajo la dirección de Pedro de Santoyo –falleció allí en 1431–. Los franciscanos conservaron el nombre de San Julián pero emprendieron una reforma eremítica basada en la vida contemplativa a través de la clausura, la pobreza extrema y la oración. Los monjes contaron con el privilegio real de abastecerse de leña en los montes de Buitrago de los reyes Enrique III, Juan II, los Reyes Católicos, Juana «La Loca», Carlos V y Felipe II.

Uno de los canales que conecta el monasterio con los manantiales
Uno de los canales que conecta el monasterio con los manantiales - GUILLERMO NAVARRO

El monasterio vivió su verdadero apogeo entre mediados del siglo XV y del XVII. Casi doscientos años en los que funcionó como una casa para el estudio de la Gramática que atrajo a grandes personajes de la orden franciscana como el cardenal Cisneros. El fundador de la Universidad Complutense desarrolló un vínculo especial con este lugar que escogió para enterrar a su padre en 1488. Se tiene constancia de que también fue visitado por Felipe III en 1601. «Los duques del Infantado mantuvieron siempre una estrecha relación con el convento y hacia 1566 don Íñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, mandó construir un «cuarto con muy buenos aposentos dentro del monasterio» para sus retiros espirituales.

Saqueado por Napoléon

El declive y el abandono paulatino del conjunto monacal empezó a finales del siglo XVII cuando el número de monjes que lo habitaban disminuyó considerablemente. El Consejo de Indias salió a su rescate en varias ocasiones con «limosnas» para intentar solventar las precariedades que sufría el monasterio en los primeros compases del siglo XVIII. El momento crítico se vivió en 1706 cuando la casa de los Mendoza retiró su protección y dejó de aportar los quinientos ducados que daba para su mantenimientos. Abocado a la ruina el edificio pasó a convertirse en cárcel eclesiástica.

«En 1808, cuando Napoleón atravesó Somosierra para dirigirse a Madrid, el convento fue saqueado. Una vez acabada la guerra siguió cumpliendo la función de cárcel. En 1812 quedaban solo doce frailes y en 1836 el monasterio fue subastado como consecuencia de la ley», explican desde Patrimonio. El atractivo del lugar sedujo al nieto de Goya, Mariano de Goya, que lo compró en 1865. Pasó por las manos de sus sucesores hasta que en 1934 fue comprado por el doctor Carlos Jiménez Díaz. El monasterio estaba ya en condiciones ruinosas. Tras su muerte en 1967, su esposa cedió la nuda propiedad a los padres franciscanos de San Francisco el Grande.

«Durante ese periodo, el monasterio fue expoliado, transformado y muy alterado debido a las intervenciones llevadas a cabo por los sucesivos propietarios, principalmente por Jiménez Díaz, quien realizó importantes obras –en la residencia, en la iglesia, en las huertas, así como en el sistema hidráulico–», destaca el informe regional. Restaurado entre 1989 y 1994, volvió a tener uso religioso en 1991 con una nueva comunidad de franciscanos. En 2004 estos lo cedieron a los Misioneros Identes, quienes mantienen hoy su uso religioso, pero también cultural con conciertos y conferencias. Respetar, recuperar y estudiar el legado cultural que atesoramos es una obligación de la administración, que trabaja por acercar la cultura a los ciudadanos», concluye sobre su declaración BIC, Jaime de los Santos, consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid..