CAMBIO DE GUARDIA

El paseante

«Recuerda haberle oído a Garci evocar a la Gran Vía como nuestra única patria. Un día. Se sabe apátrida ahora»

Gabriel Albiac
MADRID Actualizado: Guardar
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De esta ciudad quedará sólo un día «lo que a través de ella pasó: el viento». En eso piensa el paseante. Madrid se abre ante él como una inabarcable ruina: es la gangrena final que Walter Benjamin adivinaba en el declive de las ciudades. Al paseante no le tientan paraísos bucólicos. Nunca amó otro paisaje que el de las calles, su trajín, su desorden regulado. Recompone, como bien puede, versos de Brecht: «En la ciudad de asfalto estoy en casa. Desde siempre / provisto de toda extremaunción: / periódicos». Pero apenas quedan ya quioscos de prensa en la Gran Vía. Cines, aún menos. ¿Permanece algo de lo que él amó, cuando se vino a vivir aquí, hace cuatro decenios? En la esquina de la Plaza de España, recuerda haberle oído a Garci evocar a la Gran Vía como nuestra única patria. Un día. Se sabe apátrida ahora.

Bastaron tres años sólo a la banda de Carmena para de esa patria hacer un zarrapastroso basurero. Este, a contracorriente del cual él se va abriendo paso con perezosa cabezonería. No tiene coche, nuestro paseante. Es raro, pero no imposible. Nunca lo necesitó para sus expediciones urbanas. Deambula –deambulaba– con esa desprevenida indolencia propia a los espectadores; un poco la del Pitágoras que decía venir a los juegos, no para competir ni para comerciar, sino para mirar tan sólo. No hay oficio más noble que el de espectador, se dice, mientras va sorteando los primeros obstáculos, sobre la acera de lo que para él fuera un cine y es hoy exitosa escena de horteradas que él ignora. A medida que va avanzando hacia Callao por la acera izquierda, las zanjas y las vallas ensanchan su imperio de ruido y polvo. Peatones embotellados se maldicen por haber salido de casa.

Se diría que, a partir del codo de Callao, las nuevas disparatadas aceras, en su fealdad mastodóntica, debieran facilitar el tránsito de los viandantes. Vano error. Los tramos que ostentan ya la desproporción soñada por los bucolizantes de Carmena, están aún más colapsados. Hace ya muchos meses que el ingenuo paseante se pregunta por la función de este adefesio. Jamás, desde el algo más de un siglo en que existen, las aceras de la Gran Vía fueron insuficientes: se andaba de maravilla por ellas, se remoloneaba, uno podía pararse a ver la cartelera de los cines o a cotillear ante un escaparate. Sin el menor problema. Este plan de enormes superficies muertas le parecía ininteligible. Lo comprende ahora, frente a la ruina de lo que una vez fue Palacio de la Música. Las aceras son un proyecto filantrópico: Carmena ha apostado por regalarlas para montar sobre ellas un zoco norteafricano. La acera izquierda, desde Callao hasta la Telefónica es un mugriento montón de baratijas sobre mantas de pulcritud nada dudosa. Abrirse paso a través de ellas es una ingrata aventura. Los gestores del zoco –tras los cuales, todos sabemos el peso de las mafias– se apuestan para evitar que los viandantes puedan sortearlo: de las faraónica aceras, no queda ni un milímetro cuadrado exento. Ninguna inhibición afecta a los del zoco: el territorio es suyo, se lo regaló la alcaldesa y no va a ser un municipal «racista y asesino» quien se lo discuta. Los munipas se repliegan avergonzados. Y el paseante hace cálculos trigonométricos para acertar en donde poner el pie entre un Gucci de plexiglás y un Rolex de hojalata.

Alguna vez, el paseante trató de eludir ese tramo, desviándose hacia las laterales que bordean la Telefónica. Error. La espalda de la Telefónica es un espontáneo urinario, desde donde los proxenetas pastorean, ojo avizor, a su ganado. No hay línea de repliegue. Gran Vía es la apología perfecta de la mugre.

¿A cuento de qué este inmenso disparate?, debe de estar preguntándose ahora nuestro paseante. Es difícil que dé con la respuesta. No hay respuesta racional. Quienes añoran en Madrid la pulcritud y la belleza de las calles son fascistas, dictan los muchachitos de Carmena: la belleza es reaccionaria. Tres años han bastado para consagrar esta religión del basurero. De la ciudad, muy pronto, quedará sólo la melancolía «de lo que a través de ella pasó: el viento», se dice el paseante. Resignado.

Gabriel AlbiacGabriel AlbiacArticulista de OpiniónGabriel Albiac