«No puedo con mi hijo...»

«No puedo más. No sé qué hacer con mi hijo. No estudia. No obedece. Rechaza sistemáticamente todo lo que le decimos...». Éstas son las principales quejas de los padres que se dirigen a la Unidad de

POR M. J. ÁLVAREZ. MADRID.
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«No puedo más. No sé qué hacer con mi hijo. No estudia. No obedece. Rechaza sistemáticamente todo lo que le decimos...». Éstas son las principales quejas de los padres que se dirigen a la Unidad de Orientación a la Familia ante Momentos Difíciles, un recurso de la Consejería de Servicios Sociales que lleva funcionando dos años en la Comunidad de Madrid.

Los problemas de comunicación son especialmente llamativos en las parejas (60%), mientras que las malas relaciones intergeneracionales son, en todos los tramos de edad (cinco grupos), las que provocaron el grueso de las consultas realizadas en 1.632 llamadas, que desembocaron en 3.607 personas atendidas. En total, 2.049 familias. De este modo, los conflictos entre padres e hijos alcanzan porcentajes que oscilan entre el 26% en los adultos y el 27% de los ancianos, hasta el 40% en adolescentes y el 43% en jóvenes.

Escalada de enfrentamientos

Ambas dificultades - comunicación y relaciones familiares- se convierten en el trasfondo de las conductas violentas que muestran algunos adolescentes (30%) y jóvenes (10%) en sus casas. No obstante, esos comportamientos violentos no suelen acabar en agresiones propiamente dichas, al menos no son representativas.

«A lo sumo, un empujón o manotazo hacia sus progenitores, pero poco más», afirma Gabriel Dávalos Picazo, responsable de la Unidad de Orientación. A su juicio, algunos padres no saben cómo ayudar a sus hijos en una época tan difícil como la de la adolescencia. Tienen que enfrentarse a la indisciplina y al desafío de la autoridad propia de la edad; y, en ocasiones, se ven empequeñecidos y enfrentados a sus vástagos. El riesgo que se corre en situaciones conflictivas es que un niño rebelde termine siendo un adolescente tiránico. «Los padres ven, con estupor, cómo sus hijos no sólo no aceptan sus normas y las sobrepasan, sino que imponen las suyas y el qué hacer y cómo. De ahí, el consabido «no puedo con él».

En las sesiones a las que acuden juntos, o por separado, a los adultos se les facilitan pautas para cambiar de actitud. «Hay que sumar y no restar, y la forma de expresarse y el lenguaje es esencial», afirma Dávalos. Lo básico es ayudar a que los hijos crezcan, marcándoles límites y señalándoles las conductas que tengan que cambiar de forma positiva.

Así, explica que es contraproducente usar expresiones del tipo: «Eres tonta, desobediente, contestona...», porque conducen al enfrentamiento abierto. «¡No me hubierais tenido!» es la frase favorita de los vástagos, además de otras típicas, por ambas partes: «Tú no me entiendes», «Nada te parece bien»... Basta cambiar el tú por el yo. «Cuando suspendes, yo me siento...», con lo que la rivalidad se diluye, dice Dávalos.

Separación de los padres

Tras las sesiones, el 82% afirma que ha aprendido a resolver el problema. Sólo cuando la situación llega demasiado lejos y el nivel de conflicto es muy alto, se impone devolverle la competencia a los padres y rescatar al menor de la indefensión en la que se encuentra provocada por su rebeldía exacerbada, indica el coordinador de la unidad.

Son en estos casos extremos cuando las oficinas judiciales pueden dictar la separación del menor de los padres, una medida excepcional que sirve para proteger a ambas partes y ayudar al hijo a construir su autonomía sin desafíos en un escenario neutral. «El porcentaje es tan escaso que ni aparece reflejado en las estadísticas», afirma Dávalos.

Otras cuestiones planteadas por los padres tienen que ver con los más pequeños de la casa, que aglutinan el 9,32% de las consultas. Sus principales preocupaciones son los problemas de comportamiento límites (32%) y los trastornos adaptativos evolutivos (29%). El coordinador del servicio lo tiene claro. «Se trata de un problema de competencia de los propios padres y de la dificultad de poner normas, sobreprotegiendo al menor, por exceso de reconocimiento y alabanzas únicamente, descuidando los límites, lo que supone un freno en la autonomía personal y en el desarrollo futuro al causar desequilibrios.

La incomunicación y las malas relaciones entre padres e hijos centran las consultas recibidas en la Unidad de Orientación Familiar de la Comunidad de Madrid _ En 2006 atendió a más de 3.600 personas

ABC

La falta de límites, principal causa de los problemas con los hijos