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MADRID

«Aquí no hay quien toque»

La lentitud en la concesión de licencias y la severidad de la normativa ahogan a las salas de música en directo

MADRID Actualizado:

La noche madrileña ya no es lo que era. En gran medida porque la música en directo pierde terreno. La severidad de la normativa vigente, unida a la exasperante lentitud de la burocracia municipal, que tarda años en tramitar las licencias para las salas de conciertos, ahogan los locales. Los músicos urbanos pierden así las madrigueras en las que se cobijan y la ciudad una oferta cultural diferente y entrañable para muchos. «Nadie tiene todas las licencias. Eso es imposible». Esta es la certeza que atormenta a los propietarios de salas de música en directo de Madrid, una certeza que los deja además a expensas de la discrecionalidad sancionadora del Ayuntamiento y en una situación de dudosa legalidad difícilmente compatible con la mínima seguridad jurídica necesaria para cualquier actividad empresarial.

Los locales de música en directo son una de las señas de identidad de las ciudades con más pedigrí cultural. No se concibe Nueva Orleans sin sus clubes de jazz, ni París sin sus cafés. En Madrid, este sector se ha ido desertizando y los empresarios y músicos tienen claro a qué se debe: «Desde el Ayuntamiento te lo ponen imposible. Tardan muchísimo en tramitar las licencias», señala Dick Angstadt, propietario de la afamada sala Bogui Jazz. El Bogui, en la calle Barquillo, se ganó un público fiel programando actuaciones de jazz. Pero el piano dejó de sonar cuando una inspección municipal comprobó que Dick llevaba a cabo las obras necesarias para la insonorización del local y no molestar a los vecinos sin la licencia pertinente. Han sido 27 meses con la sala cerrada, de grave perjuicio económico para Dick y con este refugio para los amantes de este género musical en Madrid condenado al silencio.

No es este panameño de nacimiento afincado en Madrid el único que asegura que la parquedad municipal en la concesión de licencias propicia un incumplimiento general de la ley. Colman Gota, que lleva casi 20 años tocando el bajo de su banda, Insanity Wave, allí donde le dejan, lo confirma: «Me atrevería a decir que el 90% de los locales de este tipo no cuenta con todas las licencias, pero sencillamente porque el Ayuntamiento no las tramita».

Desde el Ayuntamiento anuncian que la nueva ordenanza mejorará la situación

Ángel Viejo, propietario de la sala Galileo, una de las resistentes de la noche madrileña, corrobora que el plácet consistorial puede en ocasiones demorarse más que una dispensa papal. Su caso da una idea de cómo de desesperante puede llegar a ser la cosa. Siete años tardó en llegar el papelito dichoso para la sala Galileo. Y eso que él se considera «afortunado».

Desde el Ayuntamiento aseguran que se limitan a aplicar la Ley de Espectáculos de la Comunidad de Madrid, pero también anuncian que la situación va a mejorar. Un técnico municipal asegura a ABC que «en abril entrará en vigor una reforma de la ordenanza que permitirá que se agilicen mucho los trámites, quedando muchos de ellos suprimidos, y se creará una Agencia en la que participarán empresas homologadas». Pero también recuerdan que estas licencias son las más delicadas: «Intervienen muchas áreas, hay que valorar criterios de seguridad y de protección civil». Y concluye: «no podemos permitirnos que vuelvan a pasar cosas como lo de la discoteca Alcalá 20» A la rémora de la lentitud se suma el caos legal existente en la materia, que posibilita que cualquier pretexto le baste a las autoridades para echar el cierre de uno de estos negocios. La cosa se reduce al final a la voluntad sancionadora o no de la Administración. En palabras de Angstadt, «existe una infinidad de ordenanzas, algunas están derogadas, otras se contradicen entre sí; cumplir con todas es imposible».

Sin acústicos en Malasaña

Pero no son solo los empresarios y los artistas quienes muestran su descontento. También un público cada vez más desamparado está dejando patente su malestar en diversos foros de internet en los que se trata el tema. Ha sido a raíz de la denuncia pública de los propietarios de algunos bares del barrio de Malasaña. Dicen que ya no celebran los conciertos acústicos que eran habituales en muchos locales porque la Policía Municipal está especiarmente vigilante. Así que, al parecer, se acabó eso de degustar una cerveza mientras se deleitaba uno con la actuación voluntariosa de músicos anónimos, la mayoría de las veces simplemente un tipo con un instrumento y una banqueta.

Los músicos aseguran que en Madrid no se apoya esta forma de cultura

Dice Dick Angsttadt, que tal y como están las cosas, él no recomendaría a nadie que se embarcara en la aventura de abrir un negocio de este tipo. «Estos locales no dan mucho dinero. Si uno lo hace es por pasión, pero son demasiados los impedimentos y trabas». Los músicos tienen una percepción similar. Héctor García, integrante de la banda Fractal, corrobora que «cada vez está más complicado desarrollar una carrera. En Madrid no se apoya nada a la cultura».

Ángel Viejo añade al pesimismo de Dick y de Héctor algo de perspectiva histórica. «Esto antes no era así. Hubo una época en que Madrid fue un referente en toda Europa». Se refiere a los tiempos de la añorada «Movida». Pero ha llovido mucho ya. «Ahora son ciudades como Berlín las que están en vanguardia». Por el camino en estos años se han quedado infinidad de salas que, como Revolver, La Redacción o la legendaria Rock-Ola, figuran en la memoria de roqueros a los que en la mayoría de los casos la historia no recordará, pero que son parte del alma de la noche de Madrid, una noche cada vez más huérfana y plana.