El misterio de la calle de la Cabeza

POR MABEL AMADOILUSTRACIÓN: CG. SIMÓNMADRID. Todavía hoy su desarrollo urbano acoge en pie alguna corrala del siglo XVII, pero su denominación como calle de la Cabeza data de cien años antes. En esta

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POR MABEL AMADO

ILUSTRACIÓN: CG. SIMÓN

MADRID. Todavía hoy su desarrollo urbano acoge en pie alguna corrala del siglo XVII, pero su denominación como calle de la Cabeza data de cien años antes. En esta ocasión, sin embargo, el paso del tiempo no ha logrado cambiar su placa del callejero ni borrar un despiadado crimen que pervive junto a la memoria.

Remontémonos a los primeros años del siglo XVII, con la Corte de nuevo establecida en Madrid tras su corto paso por Valladolid. Cerca de la plaza de Cascorro, el primitivo Rastro madrileño ya bullía de animación y trasiego, sobre todo de reses camino del matadero y de las tenerías cercanas donde se preparaban las pieles antes de curtir.

Por este lugar, cercano a la Ribera de Curtidores, paseaba un día un aparente caballero. Al pasar ante un puesto de despojos, se le antojó una cabeza de carnero para cenar, vianda muy arraigada en el pueblo llano pero poco indicada para quien se hacía pasar por hombre de linaje. La vendedora envolvió el artículo y el comprador, muy ufano, siguió su camino con la cabeza de animal bajo su capa.

Reguero de sangre

Cuando apenas había caminado unos metros, una pareja de «corchetes» -agentes de la ley en aquella época- le dio el alto. Conminado por la autoridad y asustado, miró a su alrededor y observó el reguero de sangre que dejaba su peculiar paquete.

En este punto comienza la leyenda que ha traspasado la memoria popular. Cuenta la tradición que al abrirse la capa y deshacer el lazo del hatillo para tranquilizar a la autoridad, la cabeza de carnero se había convertido en humana. Ante la sorpresa, el supuesto caballero volvió a repetir su versión hasta que se rindió ante la evidencia y confesó un horrendo crimen.

Así lo relató. Años antes, este asesino entró a trabajar como ayudante del clérigo Don Gil, un sacerdote adinerado que hasta entonces vivía sólo con su ama de llaves. Esa desahogada posición volvió avaricioso al rufián, quien sólo soñaba con un supuesto tesoro escondido en la vivienda del religioso. Por ello, un día, tras una pequeña discusión, decapitó al cura. Huyó entonces con todos los objetos de valor y los escudos de oro que encontró y buscó refugio en la vecina Portugal, en concreto, en Lisboa.

En el país luso logró reunir una pequeña fortuna y con el paso del tiempo decidió volver a España convertido en supuesto caballero. Pero una vez más, la justicia devolvió a cada uno al lugar que se merecía.

Cuenta la leyenda que los policías, tras la horrenda visión de la cabeza del sacerdote, le detuvieron y tras un corto proceso fue condenado a muerte. La sentencia -a la horca- se hizo efectiva días después en la Plaza Mayor.

Orden real

El amplio calado que tuvo este hecho luctuoso en la sociedad madrileña del momento vino marcado por una orden real. Felipe III, tras conocer todos los promenores del suceso, mandó colocar una cabeza de carnero de piedra en la fachada de la casa del sacerdote. Desde entonces, la calle tomó esa denominación.

Continúa la leyenda recordando que tras este hecho, los ciudadanos no querían parar por esta zona y los vendedores de carne de este animal se tuvieron que trasladar a la actual calle del Carnero, entre la Ribera de Curtidores y la calle de Arganzuela, en un intento por olvidar la tragedia.

También recuerdan que tras ejecutar al maléfico sirviente, la cabeza del sacerdote volvió a convertirse en la de un animal...

Dicen que, tarde o temprano, todo asesino termina pagando su crimen. ¿Justicia divina o justicia terrenal? Saquen sus conclusiones leyendo esta historia que, según crónicas antiguas, ocurrió en tiempos de Felipe III...