Las nuevas ardillas del Retiro llevan un microchip para estar localizadas

El misterio de las ardillas del Retiro

Las ágiles ardillas rojas del Retiro se volvieron demasiado confiadas. Capturadas como mascotas, intoxicadas con chucherías, atropelladas... En cinco años la colonia se redujo de 150 a 10 ejemplares. El Ayuntamiento soltó ayer 5 nuevas parejas con un «chip» para evitar que las roben

ELENA MOHÍNO
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Trasteaban sin miedo y se encalomaban visto y no visto a los árboles de El Retiro para bajar a la misma velocidad y comer de la mano de algún niño un trozo de miga de pan de su merienda. Las ardillas que se «mudaron» al Retiro en 1986 estaban perfectamente aclimatadas a la vida en el parque y al contacto permanente con los madrileños, hasta el punto de que componían una de sus estampas más tiernas. Sin embargo, desde hace un par de años esta imagen cada vez es menos frecuente.

A primera vista podría parecer que simplemente se han vuelto más esquivas y autosuficientes, pero la realidad es que de las más de 150 que vivían en los troncos, sólo quedaban diez, únicas «supervivientes» del proceso de despoblamiento que han sufrido.

Por ello, el Ayuntamiento de Madrid realizó ayer una segunda suelta de crías, con la particularidad de que las nuevas cinco parejas con las que se quiere empezar a agrandar la extinguida colonia llevan un collar con un transmisor dotado de un sensor de mortalidad, y un chip subcutáneo para poder identificarlas y tenerlas localizadas en todo momento.

El sensor avisa si mueren

Con ello, se puede detectar con rapidez si las ardillas sufren cualquier problema. Cada una emitirá unas ondas que se convertirán en su nombre y apellidos para poder reconocerlas si se extraviaran o las robaran. Y el sensor de mortalidad avisa de forma inmediata de la muerte del animal.

Si este tipo de control se hubiera seguido con las primeras ardillas que se soltaron en el parque y con sus crías, se habría evitado su «misteriosa» desaparición, que no ha dejado huellas. La hipótesis es que eran avispadas, pero también cariñosas y excesivamente confiadas, lo que fomentó que muchas fueran capturadas por algún desalmado que quiso ponerles una correa y llevárselas a casa. No faltó incluso alguna detención por maltrato, por individuos que las golpeaban por el gusto de verlas sufrir.

Pero, además, campaban a sus anchas por el parque, y muchas eran atropelladas por bicicletas o monopatines y otras se perdían hasta llegar a abandonar el parque y deambular por las calles adyacentes. Se las ha visto correteando en el Jardín Botánico, el paseo de la Castellana o, incluso, en el Rastro. En otros casos, tenían el enemigo en casa: principalmente perros y gatos callejeros con los que se enzarzaban en violentos «combates».

La «comida basura» también hizo mella en su salud. Ya fuera porque los niños compartían con ellas las «chuches» y patatas fritas, o porque ellas no dudaban en zamparse cualquier resto de alimento aunque no fuera un fruto seco o una piña, sus preferidos, muchas han muerto por trastornos digestivos. Por ello, los ecologistas piden «máquinas expendoras» con granos aptos para ellas. Sin embargo, lo más llamativo es que los servicios municipales no han hallado apenas cadáveres, lo que deja abiertas posibilidades como que se los llevaran para disecarlos.

Las primeras crías, en primavera

Los ejemplares que ayer liberó el alcalde, José María Álvarez del Manzano, y el edil de Medio Ambiente, Adriano García-Loygorri, son ardillas rojas y proceden de centros de cría, como el que se está construyendo en la Casa de Campo.

En los pinos cercanos se han colocado comederos, para facilitar su adaptación a la subsistencia en libertad, esencial porque se busca que la próxima primavera empiecen a dar «retoños». La acomodación es esencial para que esta fertilidad no se frustre por el «estrés». De hecho, una de las parejas que se iban a soltar ayer en el Retiro tuvo que ser reemplazada, pues murió tras el cambio de aires