La Virgen de La Soledad a su encuentro con el Cristo Yacente en la Plaza de la Villa
La Virgen de La Soledad a su encuentro con el Cristo Yacente en la Plaza de la Villa - EFE

La lluvia concede una tregua y propicia el Divino Encuentro

Miles de fieles arropan con fervor a La Soledad y al Cristo Yacente en la última procesión

MadridActualizado:

El cielo, encapotado durante toda la mañana, ayer fue clemente y se rindió ante la belleza de la Virgen de La Soledad. Unos rayos de sol se abrieron paso sobre las 16.30 horas para iluminar la salida de la talla del siglo XVIII de la iglesia de la Concepción Real de Calatrava (calle de Alcalá, 25). Pese a la incesante lluvia que obligó a suspender varias procesiones esta Semana Santa, ayer el aguacero concedió una tregua y propició elDivino Encuentroentre el Cristo Yaciente y su Madre en la plaza de la Villa, enclave donde desde hace tres años los dos pasos se funden en una sola procesión ante el fervor popular.

Ataviados con capirotes negros, en señal de luto, los cofrades arrancaron la marcha que recorrió las principales calles del casco antiguo de la capital entre olor a incienso y vítores en cada «levantá». Tanto La Soledad como el Cristo Yacente, que partió al mismo tiempo del real monasterio de la Encarnación, en la plaza homónima, estrenaron mantos este año. «¡Qué bonita viene la Virgen! Ya era hora de que llevase un mantón lucido», exclamó María Teresa, vecina del barrio de Las Letras mientras guardaba el paraguas y sacaba las gafas de sol para poder contemplar mejor la túnica negra con bordados de estrellas en hilo de plata que lucía La Soledad.

Las obras en el metro de Sevilla y en el entorno de la plaza de Canalejas, forzaron a los 32 anderos que portaban la talla de la Virgen, obra de Juan Pascual de Mena, a sortear los andamios y las vallas. El paso, engalanado con decenas de rosas blancas, llegó a la Puerta del Sol desde la carrera de San Jerónimo cerca de las 17 horas ante la emocionada mirada de miles de feligreses y turistas despistados.

Al son de los tambores de las bandas de la Soledad y de la Unión Musical «El Maestro», los capataces de ambas cofradías dirigieron los pasos de los anderos y dieron las órdenes para que elevasen las tallas con firmeza y delicadeza a partes iguales. «¡Con fuerza y decisión!», alentaba justo antes de la «levantá» de La Soledad ante la iglesia de San Ginés, en la calle del Arenal. Allí aguardaba el párroco del templo, el consejero de Cultura, Jaime de los Santos, y la directora general de Patrimonio de la Comunidad, Paloma Sobrini.

Sobre las 19.15 horas, con el cielo, de nuevo, amenazando lluvia, las cornetas anunciaron el esperado encuentro entre Madre e Hijo. El Cristo Yacente, imagen del siglo XX procedente de los talleres de Olot, se abrió paso entre la multitud por la calle de los Señores de Luzón. Minutos después, La Soledad hacía lo propio desde la calle del Codo. De nuevo, los elegantes guantes blancos de los anderos de la Virgen elevaron el paso e inclinaron la parte delantera en señal de veneración a Cristo. Sus rostros mostraban ya, cuatro horas después del inicio de la procesión, muecas de dolor por el sacrificio que acarreaban a sus espaldas. El silencio unánime creado en la plaza durante esos minutos sólo fue interrumpido por una larga y solemne ovación.