Dos hermanos de 3 meses y un año mueren carbonizados en una chabola de Villaverde

La familia fue desalojada de El Salobral, pero la Comunidad no les dio ni un piso de realojo al incumplir los requisitos

CARLOS HIDALGO | MADRID
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Francisco y David apenas tenían, respectivamente, 1 año y 3 meses. Su corta vida, segada ayer por las llamas, la pasaron siempre entre techos de cartón. Los gritos del primero, que no cesaba de llamar a su madre, fue lo último que se oyó entre el crepitar de las llamas en el llamado Camino de la Rabia, un descampado entre la Colonia Marconi y la M-45.

Doce y media del mediodía. Saray, de apenas 20 años, sale como cada mañana de su chabola, enclavada en un solar compartido con otras dos y cercado por un tabique a medio caer, para limpiar escaleras. A Villaverde. O a Getafe. Eso qué más da hoy. Da de comer a sus hijos pequeños; los mayores están en la chabola de al lado, jugando con sus primos. David y Francisco se meten en el dormitorio, en la misma cama, para dormir. Es una de las tres piezas de la chabola, que, además, cuenta con una sala no habitada y un salón con cocina, donde hay una bombona de gas.

Pero el dormitorio, separado del resto de la infravivienda por cartones y sin ventana exterior, es también donde se encuentra la televisión. Y un cable alargador que está tirado por el suelo. La energía de la chabola está tomada de una construcción vecina, aseguran los moradores de la finca.

David y Francisco intentan conciliar el sueño. Su abuela paterna, Carmen Bonaque, se dirige a la chabola donde se encuentran sus nietos mayores, Alba, de 3 años, y Jose Ramón, de 5. El padre está trabajando en la chatarra.

«Fue sólo un minuto, salí y pasó todo. Cuando me di cuenta, vi humo hasta arriba, hasta el tejado. El mayor llamaba y llamaba a su madre», explicaba la abuela. Era la una menos cuarto de la tarde. La anciana intentó entrar por una ventana para salvar a sus nietos, pero los vecinos, también familiares, se lo impidieron.

Santiago, primo del padre de las criaturas, y José, su padre, no lo pensaron dos veces. Se echaron encima sendas mantas mojadas y patearon con todas sus fuerzas la puerta y los tablones de la chabola. Pero no consiguieron más que quemarse las manos. El mayor de ellos decidió entonces llamar a la Policía Municipal, que fue la primera en llegar. «Lo hemos intentado —explicaba Santiago, de sólo 21 años—. Los niños estaban chillando. Vimos salir humo. No paraban de decir: “¡Mamá, mamá!”. Esto es para vivirlo».

La abuela de los pequeños declaró que la televisión era el único aparato eléctrico que se encontraba encendido. Que había cables tirados por el suelo. Que la instalación era mala. Que no tenían calefacción. Y que el televisor estalló. Un cortocircuito es la hipótesis más probable, aunque tendrá que decidirlo la Policía Científica.

Poco después llegaba al lugar de los hechos Francisco Vargas, de 25 años y padre de las víctimas. Ni él ni nadie de su familia daba con su mujer, que no llevaba teléfono encima. El hombre apenas podía reaccionar a la tragedia que se había cernido sobre su familia. A ratos lloraba. A ratos callaba con la mirada clavada en el suelo. Nos recuerda que Francisco nació en Málaga y que a David le trajeron al mundo hace un puñado de meses en el Hospital Doce de Octubre.

Estuvieron viviendo en El Salobral hasta cinco días antes de que se firmara el convenio de desmantelamiento y realojo entre el Ayuntamiento de Madrid y el IRIS de la Comunidad. Procedían de Valencia. Les echaron del Salobral, se buscaron un lugar en el Camino de la Rabia, dieron la patada en la puerta en un piso de realojo vacío en Carabanchel, pero la Policía les echó. Tuvieron que volver al Camino de la Rabia, hace cuatro meses. La misma Policía Municipal fue la que, ayer, sofocó las llamas de su chabola con los extintores de emergencia, antes de que llegaran los Bomberos de la Comunidad —en un principio se creyó que el suceso ocurría en el término municipal de Getafe— y los del Ayuntamiento, en apoyo a los primeros.

Otras fuentes indicaron que el techo de la chabola, ardiendo, se desplomó sobre los cuerpos de Francisco y David. En la cocina había una bombona conectada a un aparato de calefacción. Al no haber una corriente de aire óptima, algún tejido debió de prender, y comenzó el incendio.

Cortinas y ropa por el suelo

El propio padre de los chicos realizaba un croquis a la Policía Científica indicando los detalles de su chabola: «Había unas cortinas y ropa mía por el suelo», les explicó. En total, en el recinto del Camino de la Rabia, residían los diez componentes de tres familias emparentadas entre sí.

La indignación entre el vecindario era máxima. Sobre todo, en Santiago, el joven que se jugó la vida por salvar a sus sobrinos. «El chico apenas andaba, iba a gatas. ¿Cómo quieres que se me quede el cuerpo?».

Y un serio toque de atención a los políticos: «El alcalde, tanto que promete, debería venir a ver cómo vivimos. Las ratas nos suben por encima. Somos personas como las demás, no perros». «Los padres —añadió— no van a poder dormir más aquí, donde han muerto sus dos niños. Me he roto hasta la pierna de pegarle a la puerta. A la señora Aguirre le gusta mucho salir en televisión y no da lo que promete. Por cinco días a mí no me dieron un piso, porque tenía que estar en El Salobral desde 2004».

Cuenta, además, que en el Camino de la Rabia han tenido que aguantar hasta que se les metieran coches con prostitutas y sus clientes. «¿Sabes lo que es estar aquí toda la noche sentado en la cama con una carabina para matar ratas, que aquí son como gatos? Siento rabia, dolor e impotencia. Ya no tengo ni fuerzas para llorar».

Y mientras, Comunidad (que realoja) y Ayuntamiento (que desmantela) se tiraban la pelota: que si las competencias son del uno, que si son del otro, que si la familia no cumplía los requisitos... «Estas personas justo antes de que se firmara el acuerdo, abandonaron Madrid, y cuando empezaron los realojos, volvieron pero seguían empadronados en Zaragoza», indicaron en la Comunidad. Pero junto a Marconi, entre prostitutas, porquería y los tanques de la empresa CLH, en un lugar que no tiene ni un nombre verdadero, dos niños yacían quemados en su cama. Tenían 1 año y 3 meses. No sabían de requisitos. Ni siquiera de la vida. Ahora están muertos.