Fiestas de La PalomaLimonada, farolillos y la Virgen: la fiesta más castiza del verano

Durante años, las fiestas de La Paloma han luchado contra el olvido de una ciudad en constante cambio

MadridActualizado:

Las fiestas de La Paloma son una frontera. Por un lado, marcan el final de los festejos populares de los barrios del centro durante el verano, después de las de San Cayetano y San Lorenzo. Por otro, son algo así como el último bastión de un Madrid más castizo, más de chotis, chulapos y verbena; más de pueblo que de capital del Reino. Durante años, las fiestas de La Paloma han luchado contra el olvido de una ciudad en constante cambio. Los farolillos y los mantones de manila, colgados de las ventanas, bien podrían haber quedado relegados al recuerdo de unos pocos nostálgicos. Pero, por fortuna, en Madrid la tradición muere despacio.

«Por ser la Virgen de La Paloma, un mantón de la China me vas a regalar. Venga el regalo, si no es de broma, y llévame en berlina al Prado a pasear». Es una de las seguidillas más célebres de la zarzuela La verbena de La Paloma, un libreto de Ricardo de la Vega con música del maestro Tomás Bretón. La obra encapsula todo lo que de castizo tiene la Villa, con sus chotis, sus intrigas amorosas y sus inolvidables personajes: don Hilarión, don Sebastián, la tía Antonia, el boticario... Y es que es posible que La Almudena sea la patrona oficial de Madrid, pero La Paloma es su patrona popular.

Imagen del archivo de ABC que muestra los «patios vestidos» de flores durante las fiestas de La Paloma, en 1954
Imagen del archivo de ABC que muestra los «patios vestidos» de flores durante las fiestas de La Paloma, en 1954 - Archivo de ABC

Por eso resulta algo chocante descubrir que el culto a la imagen de la Virgen, que cada año bajan los bomberos para la procesión, nació en un vertedero, cuando unos niños que paseaban encontraron el famoso cuadro. Los chavales, allá por el siglo XVIII, pensaron en utilizar el lienzo para hacerse una cometa, pero uno de ellos les convenció de vendérselo a una tía suya, Isabel Tintero, que tenía fama de beata. La pintura, una copia de la Virgen de la Soledad de Gaspar Becerra, se colgó del portal de la casa de Tintero, y empezaron a acudir los vecinos de la zona para rezar el rosario. Poco a poco fue adquiriendo el retrato un aire místico, como de milagro, y se le atribuyeron curaciones espontáneas como las del conde de Las Torres o Fernando VII. Esta última fue tan sonada que empezaron a formarse colas tan grandes para agradecer la intercesión de la Virgen que hubo que ampliar los lugares de culto. Para entonces, la imagen ya había sido trasladada del portal de Isabel Tintero a la recientemente construida ermita de La Paloma.

En peligro de extinción

El culto al cuadro, pieza central de los actos en honor de la Virgen de las fiestas de La Paloma, representa una idea de Madrid en peligro de extinción. Ahora son todo macrofestivales y salas de fiestas, pero antes celebrar era «vestir» los patios de flores, marcarse un chotis en la calle e invitar a los vecinos a una «limoná» bien fresca. La verbena madrileña, que tiene durante estos días su semana grande (con los festejos de San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma), lleva un tiempo resignándose a morir. Ya en los años setenta del pasado siglo había una corriente catastrofista que avisaba de la inminente desaparición del Madrid de barrio: «Cuando la verbena de La Paloma realmente existía, los bares servían limonada gratis a los parroquianos y en las esquinas se colocaban los chulos con sus organillos», publicaba el ABC en agosto de 1974.

Lo cierto es que, aunque cambiada, la tradicional verbena sigue marcando el ritmo de las últimas semanas del verano en la capital. Y aunque los patios no se «vistan» como antes, nunca faltan chulapas engalanadas paseando por las calles, y de las casas cuelgan farolillos y mantones, un techo diáfano y multicolor. Incluso algunas de sus tradiciones más castizas, como la de regalar limonada, pervive aún en la iniciativa de la Asociación de Hosteleros La Paloma: un vaso gratis por cada contribución al banco de alimentos de la Comunidad.