FAIR PLAY

IGNACIO RUIZ QUINTANO
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Al juego limpio los ingleses lo llaman «fair play». Pero ¿qué es el «fair play»? «La cándida ilusión de un pueblo que cree haber descubierto una manera leal y caballeresca de pescar truchas y cazar zorras», contesta Camba, para inmediatamente preguntarse qué se les dará a las zorras ni a las truchas del ceremonial con que las cacen o las pesquen. Bueno, pues en Madrid todavía se habla del «fair play» del público madridista que aplaudió los goles del Barcelona en el Bernabéu. -C'est magnifique, mais ce n'est pas la guerre-. «Es magnífico, pero esto no es la guerra», dijo famosamente Pierre Bosquet tras presenciar la carga de la Brigada Ligera. Fue magnífico, pero eso (aplaudir a los goles del Barcelona en el Bernabéu) no es «fair play». Si acaso, es una bobada. O un consuelo de bobos. «Hemos perdido, pero... ¡qué finos somos!» La mosca perdida perdonando a la araña. Ocurre que no hay forma de explicar un misterio según el cual en Barcelona, con lo agarrados que son, el público se vacía los bolsillos contra los jugadores forasteros (botellas, teléfonos, llaveros, monedas, tuercas, cochinillos...), mientras que en Madrid, en un estadio repleto de liberales, el público no suelta ni una colilla. A falta de explicación, surge el mito: el mito del «fair play», que es un mito de advenedizos del madrileñismo, como, por ejemplo, el delegado del Gobierno en la capital, un señorín de Pontecesures que, en nombre del «fair play», se ha puesto a afear la conducta de una señora (la presidenta de los madrileños) en un plantón político llamándola «filibustera», como para que se vea que uno, aun viniendo de la Galicia profunda, tiene estudios. Y sí que los tiene: nada menos que una carrera de Derecho en Santiago, donde torres más altas que ésta de Pontecesures no pasaron del primer curso. Otra cosa son las maneras. Las suyas parecen las de aquel muchacho del sombrero que en «El halcón maltés» trabajaba para Sydney Greenstreet (el gordo). ¿Recuerdan cómo lo maltrataba Bogart? No sabemos quién será el gordo del nuestro. Pero el nuestro sabe que, para hacer méritos con su gordo, debe meterse con esa señora.