Ángel Garrido, posando ante un cartel de su nueva formación, Ciudadanos, el 26 de abril
Ángel Garrido, posando ante un cartel de su nueva formación, Ciudadanos, el 26 de abril

La espantada de Garrido que tambalea al PP madrileño

Desencuentros en un partido pendiente de un congreso que elija la dirección regional

MADRIDActualizado:

En «shock». Así están,todavía, en el Partido Popular de Madrid tras la tocata y fuga del ex presidente regional Ángel Garrido hacia las filas de Ciudadanos. Una decisión individual, sin duda, pero que aflora como la punta del iceberg de un desencuentro mayor que ha crecido en el corazón mismo del PP madrileño.

Ángel Garrido pasó la Semana Santa en un pueblo de Ávila, combinando naturaleza y lectura, y rumiando una idea que llevaba tiempo en su cabeza: marcharse del PP. Un partido en el que llevaba militando media vida, con el que había conseguido llegar a su cumbre política, como presidente autonómico, y que le había asignado un puesto seguro en las listas europeas; un retiro de lujo.

Herida abierta

La humillación de enterarse en el último momento de que no era el elegido para liderar la lista autonómica abrió una herida que aún supuraba. Y que reventó al ver que personas cercanas a él habían sido borradas de las listas electorales o situadas en puestos inferiores.

La noche del domingo al lunes, desvelado, tomó una decisión de las que cambian la vida. A la mañana siguiente, dio el primer paso para convertirse, a los ojos de sus compañeros, en un tránsfuga. Muchos siguen sin entenderlo, incluso en su círculo más cercano. Lo hizo todo en silencio, sin comentarlo con nadie «para no comprometerlos».

«Cuando me lo dijeron, pregunté que dónde estaba la cámara oculta»

De hecho, hubo quien estaba al teléfono negando a los medios la salida de Garrido cuando lo vio, en la pantalla del televisor, entrando con Aguado en la sala de prensa de la sede de Ciudadanos. El impacto fue demoledor.

Nada hacía augurar, en las horas previas al anuncio, que esto iba a ocurrir. En los cuarteles de Ciudadanos, la sorpresa fue también mayúscula: «Cuando me lo dijeron, pregunté que dónde estaba la cámara oculta», confiesa una persona muy próxima a la dirección naranja. La estupefacción era idéntica en el PP, con la diferencia de que en esta formación, se pasó del pasmo a la indignación.

La mayor parte de los consejeros se enteraron por sus equipos de prensa, y vieron en directo, con los ojos como platos, al que había sido su jefe de filas hasta unas horas antes, definirse como «muy cómodo en Ciudadanos». Esa misma tarde se convocó una reunión informal del consejo de Gobierno. Todos seguían atónitos y desconcertados, además de enfadados: más de uno estaba fuera de las listas y, recordaban, no por eso daban la espantada.

Pero pronto tuvieron que enfrentarse con otro problema: demostrar su inocencia. Porque la primera reacción de la dirección popular fue dudar de todo y de todos: no podían concebir que nadie en el entorno del ex presidente supiera lo que tramaba. Durante las siguientes 48 horas, prácticamente todos los consejeros alzaron la voz para aclarar que ni entendían ni compartían la marcha de Garrido, aunque en muchos pudo más la lealtad y también añadieron que la respetaban en lo personal.

Tensas relaciones

En medio de un ambiente «irrespirable» según algunos, las relaciones entre Génova y la Puerta del Sol –sede del Gobierno regional– se tensaron aún más de lo que ya lo estaban desde meses antes: desde que comenzó la carrera electoral para la Comunidad, a la que Garrido se postuló sin éxito. El ex presidente y sus más próximos sintieron que otros candidatos recibían más respaldo que él de la dirección regional. La finalmente elegida, Isabel Díaz Ayuso, y su equipo también dejan entrever su malestar por el poco apoyo que creen percibir desde Sol.

La actual dirección del PP de Madrid llegó en mayo de 2018, tras la dimisión forzada de Cristina Cifuentes, y fue designada por la cúpula popular de Mariano Rajoy. Se puso a la cabeza del PP madrileño a Pío García-Escudero como presidente y Juan Carlos Vera como secretario general. Dos veteranos de la casa, con más de 20 años de militancia a sus espaldas, y a quienes algunos ahora apuntan como promotores de una regeneración de la que no son ejemplo.

En la dirección del PP desconfiaban: no podían concebir que todos en el entorno del ex presidente ignoraran lo que tramaba

La fórmula elegida por la dirección del PP no quiso llamarse gestora –«no lo es», insistían en su día los populares– pero se le parecía mucho. En todo caso, es una solución de tránsito hasta que se celebre un congreso regional que elija a la nueva dirección madrileña.

Mientras, García-Escudero y Vera han tomado los mandos del partido y elegido a varios vicesecretarios jóvenes pero con experiencia. Y en octubre introdujeron más cambios en el comité ejecutivo, incluyendo unos nombres y despejando otros. Hubo consejeros de Garrido con mando en sedes locales que estuvieron a punto de verse sustituidos por una gestora pese a la oposición del aún presidente. La incomodidad en sectores del partido se hizo tan notoria que trascendió del ámbito de la formación. Garrido, preguntado por los nombres designados, llegó a decir en una rueda de prensa: «Yo hubiera elegido otros», lo que desató una tormenta interna en un partido, el PP, poco dado a airear sus trapos sucios fuera de casa.

Pero igual que el óxido no se puede ocultar con una capa de pintura, porque termina reapareciendo, las disensiones en el seno del partido en Madrid han seguido latentes, más allá de que hayan servido a Garrido como excusa (para unos) o como puerta de salida (para otros).

«Hay un problema estructural en el PP de Madrid», afirma un veterano dirigente. «El PP es un avispero», remacha otro. La dirección regional aprovechó un acto electoral el mismo miércoles de la «traición» para hacer un cierre de filas público, con los consejeros arropando a la candidata Isabel Díaz Ayuso. Desde entonces, oficialmente se ha hecho el silencio. Borrón y cuenta nueva, parecen decir. Pero la realidad es tozuda; y la preocupación, grande.

Reflexión

«Algunos hemos tenido estos días de atrás comidas y cenas con Garrido, de despedida, de agradecimiento, e incluso reconociéndole que el partido le había tratado mal. Pero no nos esperábamos esto; las bases están que trinan contra él», comenta un cargo del partido que prefiere el anonimato. Interpreta la actitud del ex presidente como «una vendetta, y muy retorcida».

Otra persona con carné del PP desde hace lustros, y que se define como «afín a Casado», aún sin entender el gesto de Garrido, pide a su partido una «reflexión de por qué hemos llegado a esto en Madrid». En su análisis, se está produciendo «un choque entre el PP actual y los dirigentes de la gestora que dejó Rajoy». Y no es una confrontación de ideas, sino «las maneras de tratar a la gente» lo que está causando, a su juicio, «que estén volando las estructuras del partido. Y eso, internamente, tiene un coste».

«Las maneras de tratar a la gente» están «volando las estructuras del partido. Y eso tiene un coste»

Decisiones como traer a dos políticas catalanas como Andrea Levy y Alicia Sánchez-Camacho a las listas madrileñas de Ayuntamiento y Comunidad han sido mal entendidos. Y también otras incorporaciones que entienden motivadas por la proximidad o amistad con la cúpula regional. «Hasta Ana Botella tuvo que llamar para salvar a alguno de los suyos», apuntan. En la dirección regional defienden la apuesta por la renovación de la candidatura: un 80 por ciento son nuevos, y la media de edad es de 41,5 años.

Mientras, los militantes de toda la vida han visto marcharse a auténticos referentes en el partido, como Íñigo Henríquez de Luna –mano derecha de Esperanza Aguirre–, o Fernando Martínez-Vidal –el hombre que hizo el logo de la gaviota, en «color azul Carlos III por indicación de Fraga», como le gustaba recordar. El mismo, por cierto, que recuperó en Madrid la memoria del asesinado por ETA Gregorio Ordoñez. Los dos están ahora en las listas de Vox.

La fuga de Garrido ha tambaleado los cimientos de un partido que sigue manteniendo el récord de afiliados en la región madrileña -más de 65.000-, que ha gobernado la Comunidad y el Ayuntamiento de la capital durante más de 20 años con mayorías absolutas y que apenas ha asimilado aún el tremendo varapalo de haber perdido, en 2015, el Gobierno de la capital y la hegemonía en la región. Un partido que cuando comenzaba a acostumbrarse a las incomodidades de un ejecutivo dependiente de los votos de otra formación, ha visto cómo la atomización de la derecha abría una nueva vía de aguas en su posición.

«Ha sido una venganza premeditada», dice Pío García-Escudero sobre el «affaire Garrido», en una de sus escasísimas entrevistas. «Si mañana se encuentra cómodo en Podemos, puede que intente ser consejero con ellos», ironizaba con dureza Díaz Ayuso. En poco más de un mes, ambos compártirán hemiciclo en la Asamblea de Madrid. Falta por ver si como socios o como oposición.