Escuela de Circo Carampa: diez años haciendo juegos malabares

TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE FOTOS: IGNACIO GIL/
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En un rincón de la Casa de Campo, pegado a las vías del suburbano, muy cerca del Parque de Atracciones, están acostumbrados a vivir en la cuerda floja y a hacer de cada día el mayor espectáculo del mundo. Pasen, aprendan y disfruten, la carpa de Carampa es suya

MADRID. En un lugar de La Mancha, de la Casa de Campo, escondida y discreta, aparentemente algo destartalada, junto a las vías del suburbano, la Escuela de Circo Carampa dispone su carpa y las «roulottes» que sirven de oficinas, de biblioteca, de despacho. Tiene ese aire provisional y titiritero, nómada y viajero, itinerante y bohemio del paisaje humano y escénico del mayor espectáculo del mundo. Sin embargo, en esas caravanas, en esa carpa, se trabaja duro, muy duro.

A media mañana, veinte chavales quieren ser artistas. Hay rastas y piercing, pendientes, coletas, un botijo, dos aguacates sobre la barra del pequeño bar, mesas decoradas con carteles de época de artistas legendarios, un tablón de anuncios («Vendo trombón casi nuevo», «Comparto piso», «Busco zapatones de payaso»...), alegría, camaradería, sonrisas, muchos sueños, y algo de sueño. Pero nada de pereza, nada de nada.

Primeras piruetas

El origen de esta escuela se sitúa en una iniciativa de varios miembros de la Asociación de Malabaristas. Y la verdad es ésa, justamente, que a lo largo de los años ha sido necesario hacer malabares, pero que muchos juegos malabares y unas cuantas acrobacias y piruetas, sin red prácticamente, para que el proyecto haya salido adelante. Así, hace ya quince años, y tras andarse por los berenjenales de la burocracia, consiguieron la carpa, y llegó el momento de «buscar contenidos y mantenerlos», como explica el neoyorquino Donald Lehn, director de Carampa. «Poco a poco -continúa- fueron apareciendo profesores, gente de aquí y de allá que quería unirse al proyecto, incluso un payaso del Circo Mundial de Moscú, el «Cambridge» del circo. Durante cinco años nos mantuvimos impartiendo los cursos trimestrales y semestrales, hasta que un día decidimos que debíamos embarcarnos en un programa anual, a sabiendas de que en principio sería deficitario. Y aquí estamos».

Hoy en día, en la Escuela se llevan a cabo, además de este curso anual, otros de tipo intensivo, actividades para niños los sábados y, por supuesto, todas las tardes se realizan distintos cursos de acrobacia, equilibrios, trapecio, danza y clown. «Generalmente -explica Lehn-, los alumnos llegan hasta nosotros por dos motivos, bien para dedicarse profesionalmente a este mundo, o bien para practicar un tipo de ocio, de diversión y de entretenimiento distintos».

Hacer cuentas

Además, Donald Lehn quiere hacer mucho hincapié en el hecho de que la escuela no es sólo y únicamente una escuela de circo, es también un lugar donde se procura a los alumnos una educación integral. «Hay gente -continúa el director de Carampa- que tiene muy claro que quiere prepararse para dedicarse profesionalmente a esto, y es bastante frecuente que después de un año aquí, que realmente se hace muy corto, muchos pasen a diversas escuelas europeas de formación. En cualquier caso, nuestro trabajo no es únicamente circense, sino que también practicamos una educación humana y cultural. Buscamos la formación integral de la persona; de hecho, hay casos como el de chicos que hasta que no han llegado aquí no habían leído un poema en su vida, por ejemplo». Vamos, que la idea es tanto «fabricar» artistas como «fabricar personas», pero además, en un mundo como éste, esclavizado por la dictadura de la cuenta de resultados, en Carampa también se enseñan cuestiones mucho más prosaicas, la otra parte del «negocio», como dice Lehn. «En estos tiempos -prosigue- hay que estar preparado para todo, por eso también impartimos clases de realización de facturas y de presupuestos, por ejemplo; es decir, intentamos que los alumnos acaben conociendo todas las fases de producción para que a la hora de montar su espectáculo sepan qué es lo que deben hacer para conseguir todo lo que necesitan».

Un tercio de los chavales proviene de Madrid; otro tercio, del resto de España, y el resto, de países europeos, como Francesca, una jovencísima italiana. La escuela es conocida y reconocida al otro lado de los Pirineos, y, de paso, estos alumnos aprovechan «para aprender castellano y conocer la cultura española».

Sudar la camiseta

«Barriga abajo, medio giro, puntas hacia el suelo, 1, 2, 3 ,4 y 5...». Estamos en una escuela de circo, en un taller de sueños, pero aquí, primero, hay que sudar la camiseta. La gloria tiene un precio. «No seáis folclóricos, ésa es una escuela diferente a la nuestra». Sorprende la paciencia con la que los muchachos, adolescentes prácticamente, trabajan, el cuidado y la delicadeza con la que se agarran, se complementan, se contorsionan, se estremecen. «Vamos apagando, vamos desenchufando».

Un gato negro se incorpora a la lección. No importa, aquí se trabaja y no se teme a la suerte, mucho menos a la mala. Francesca y sus compañeros repiten una y otra vez sus ejercicios. Mientras los alumnos hacen equilibrios por parejas, otro compañero vigila que no haya ninguna caída, ningún accidente. «Nosotros primamos sobre todo la seguridad. Aunque nuestros medios puedan parecer precarios, aunque tengamos alguna gotera, la seguridad de los chicos está por encima de todo; hay que seguir unas reglas muy concretas de comportamiento. Sí, es cierto que todo esto tiene un componente muy romántico, pero a mí me gusta decir que «ya nos lo hemos currado como héroes, ahora toca hacerlo bien».

La realidad y el deseo

Al otro lado de la carpa, separado por un gran cortinaje, otro grupo de jóvenes empieza a esbozar y ensayar lo que será su propio espectáculo, su salto del deseo de la escuela a la realidad del trabajo. Es probable que, dentro de un tiempo, alguno de ustedes se encuentre ante ellos, con todo dispuesto, con todo preparado, sobre la pista de un circo, de un teatro, en la televisión, en un anuncio. Eso es lo que ellos esperan, pero hasta entonces hay que pasar muchos exámenes, unas cuantas reválidas. Ésta es la otra cara de la moneda del éxito, la cruz del trabajo diario, del sudor, de alguna lágrima. Porque, quién sabe si por la ley de la gravedad, o por la ley de Murphy, los bolos se escapan continuamente de las manos. Hay sombreros que puede que hayan esperado mucho a Godot, pero que no hay manera de que se ajusten a una cabeza. Hay gestos «acharlotados» que no acaban de salir, bastones que es imposible hacer volar, botas de siete o más leguas que no hay quien pesque. Pero no hay una mala cara ni una palabra de más; sólo repetir, repetir y repetir. Sorprende el silencio, pero estos chavales exprimen hasta su último gramo de energía para perfeccionar su ejercicio. Tan sólo alguna escueta frase en francés, en italiano, en ruso. Como el Halcón Maltés, esta gente esté hecha con el material con el que se hacen los sueños.