Emergencia

IGNACIO RUIZ QUINTANO
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La Constitución es lo que tienen los pueblos que carecen de sentido constitucional. Inglaterra tiene sentido constitucional. España, Constitución, que es un puente, y sobre aguas tan turbulentas que se nos ponen los pelos como a Garfunkel, el que iba con Simon cantando «Bridge Over Troubled Water». La España culta que se va de puente para celebrar un texto político como si fuera religioso es ajena al número de la zarza ardiente montado en el Parlamento para leer los mandamientos de la Democracia: en la tribuna, cuando a un joven se le escapa la risa al llegar al capítulo de los sindicatos verticales, una tal señora Cunillera -eso quiere decir España, tierra de conejos- lo manda a callar... en el Parlamento. El sindicalismo vertical es el que planea una parada en Madrid para protestar contra los empresarios, con tren o autobús y algún dinero de bolsillo para los liberados. El sindicalismo vertical vive del Estado, y por eso se puede permitir el lujo de señalar al enemigo en la empresa. ¡Merluza de Casa Hortensia! ¡Rabo de Casa Sierra! Ésas serán las consignas de su gran líder, el Largo de Badajoz, Largo por lo de Caballero y Badajoz por lo de la cuna, que gusta de las frases de sobremesa, como ésa de que la Constitución es «un ser democrático vivo», como los fetos de Bibiana (Hipatia de Gades) o los «alguien» de Bono (Mozart de la Teología de la Liberación). La Educación para la Ciudadanía del filósofo Marina (Diógenes de Toledo) dirá otra cosa, pero esta Constitución que tan largos puentes nos da tiene una madre, la Constitución alemana, y dos padres: Abril Martorell (don Fernando el Caótico para Campmany) y Alfonso Guerra (el hermano de Juan, para el pueblo), reunidos en el comedor de Casa Manolo, el de las croquetas, frente al Teatro de la Zarzuela. Es una historia graciosa, pero una emergencia mundial nos reclama: hay que salvar de «la caló» al planeta en Copenhague. Que un «hacker» haya gritado «¡el rey va desnudo!» no importa. Pues, anda que no hay pasta en juego.

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