Mendigos rumanos en la fuente de la Plaza de España
Mendigos rumanos en la fuente de la Plaza de España - ABC

La dejadez municipal sume la plaza de España en su peor momento

La delincuencia, la basura y las mafias de mendigos son dueños y señores del eje entre la Gran Vía y Princesa

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Numerosos turistas se hacen «selfies» frente a las figuras de Don Quijote y Sancho Panza. El pavimento está en algunas zonas hecho añicos, las hojas se amontonan en el suelo, las escasas papeleras están a rebosar, parte de la pradera brilla por su ausencia en la zona que da a la calle de Ferraz y los quioscos y muchos edificios de la zona, además de estar en obras, están repletos de grafitis.

Es la plaza de España, uno de los ejes más emblemáticos de Madrid, por el que transitan cada jornada 53.778 personas y pasan más de 200.000 vehículos. Es paso obligado hacia la Gran Vía, Conde Duque, Princesa y la Cuesta de San Vicente, que sufren el «contagio» de ese deplorable estado cuanto más cerca están de la plaza. Pero este escaparate lleva años agonizando, a pesar de los intentos de los distintos equipos de gobierno de «reformarla». Así ocurrió con Alberto Ruiz-Gallardón, con Ana Botella y, ahora, con Manuela Carmena. Su estado, con suciedad, pintadas, mendigos, delincuencia y botellón no invitan al paseo.

«Esto está dejado de la mano de Dios desde hace mucho tiempo. Va a peor. Yo, que estoy aquí desde niño, he visto cómo se ha ido deteriorando poco a poco». Eso dice Pepe, un hombre que lleva décadas al frente de un quiosco que regentaron antes sus padres. «Cuando funcionaba el Edificio España, sus apartamentos de lujo, su hotel, esto era una maravilla. Ahora la basura se acumula junto a los árboles, los rumanos dormitan en los bancos, las losetas están llenas de manchas negras, muchas están levantadas con el riesgo de que la gente se tropiece y caiga, y los turistas y los autóctonos se quejan. No es para menos. ¡Vaya imagen! Es una metáfora de la decadencia del país!», apostilla. A pocos metros hay un viejo quiosco de prensa que lleva años abandonado, junto a un estanco que vende postales. «Los fines de semana los chavales hacen botellón y lo dejan todo perdido», se queja el dueño.

«La verdad es que podría estar más limpio», dice Flavia, una joven argentina recién llegada a nuestro país. «Está muy abandonado desde hace tiempo», apostilla Ion Bacu, un búlgaro que lleva 10 años en la capital, mientras mira la alfombra de hojas acumuladas en la zona próxima a Martín de los Heros.

Mendigos, rateras y «limpias»

El fantasma del polémico Edificio España, el que compró el Grupo Wanda por 265 millones de euros y que luce pintadas en toda la planta baja, es un ejemplo de la decadencia de este enclave; no es de los más bonitos, pero sí representativo de la ciudad. «Está a 300 metros del Palacio Real y no hay color. Las comparaciones son odiosas, pero el brillo de esa zona contrasta con el aspecto degradado de esta, al que contribuye también el scalextrix: «Aquí todo es feo y gris».

En los bancos, algunos indigentes se calientan en un eterno lunes al sol, mientras grupos de rateras rumanas y de magrebíes se dedican a robar en las escasas cafeterías de las inmediaciones, explica una camarera. «A las 7 de la mañana, 30 o 40 rumanos suben desde el paseo del Rey, distribuidos por las mafias, que reparten muletas para dar lástima. Algunos se dedican a pedir en semáforos e iglesias y vacían las papeleras para buscar vasos; otros limpian los parabrisas. Recogen el agua de la fuente, limpian sus bayetas y lavan sus enseres. Cuando terminan «su jornada laboral», comen en la zona ajardinada y dejan esparcidos todos los restos y la ropa sucia», asevera Matías.

La presencia de la Policía es constante. La Municipal tiene un puesto fijo de Atención al Ciudadano y la Nacional patrulla a caballo varias veces al día. «Si no pasaran tanto por aquí, no sé que sería esto con tanta gente», afirma. «A mí se me inunda el puesto cada vez que orinan o defecan. Los agentes me miran como disculpándose, pero esto parece un establo y lo tengo que limpiar yo», tercia Manuel. «Debería de haber coordinación y una respuesta inmediata, con camiones cisterna». Para la mayoría de las personas con las que habló este diario la inseguridad no es un problema. «Chorizos ha habido siempre», tercian. «Aunque se ve Policía, no hay sensación de seguridad, dicen dos empleados. Carlos, desde la visión privilegiada que le da su puesto de helados cercano a Ferraz, recalca que la limpieza de los operarios municipales es aleatoria. «Algunas semanas pasan casi a diario y otras solo una vez; y, en cuanto al riego, es curioso cómo hay zonas en las que se pone en marcha y en otras que no».

Hacan falta baños portátiles

En cuanto a los gitanos rumanos considera que habría que controlarlos: «Es alarmante, porque montan mucho escándalo al pelear y gritar entre ellos. Parece que se están pegando, se tiran botellas y la verdad es que asustan». Entre ellos hay varias categorías, los que dan vueltas permanentemente; los carteristas que conocen la ley y saben el valor de lo que sustraen para que la infracción no sea delito sino falta, y las hordas de rumanas menores que asaltan a la gente cuando los agentes cambian de turno. Junto a ello, añade el problema de la venta ilegal que llevan a cabo ciudadanos de origen chino en el Templo de Debob. «Esto es una vergüenza. Hay demasiada cochambre y pocas papeleras, y eso que han repuesto últimamente, por lo que están a rebosar y mucha gente tira las cosas al suelo. Deberían poner baños portátiles; esa es una de las preguntas más frecuentes de los foráneos. Les tienes que decir que vayan a un bar, para su sorpresa, y, además, por aquí con tanto edificio en obras no hay casi», explica Antonio, un anciano residente en la zona.

En la plaza de Emilio Jiménez Millás, que comunica con la de los Cubos, «los jóvenes en invierno hacen botellón y orinan. El hedor es horrible», se queja María, portera de una finca. Unos vigilantes de seguridad explican que algunos indigentes guardan los colchones en las alcantarillas y los utensilios para limpiar, provocando atascos en la época de lluvias. Para Teresa, la Plaza de España siempre ha sido cutre. Habría que cambiar su diseño. Pedro no es de la misma opinión: «Que no modifiquen su estructura ni cambien las cosas de sitio. Eso sí, necesita un lavado de cara». José, un taxista, afirma que, en la esquina con Gran Vía, los limpiacristales hacen sus necesidades en plena plaza, en la zona ajardinada, y que en el Edificio España se cuelan y pernoctan otros.