El director de cine y clarinetista Woody Allen (2-i), acompañado de The Eddy Davis New Orleans Jazz Band
El director de cine y clarinetista Woody Allen (2-i), acompañado de The Eddy Davis New Orleans Jazz Band - EFE

La «curiosidad» por ver (y de paso escuchar) al gran Woody Allen

El cineasta ha animado con su New Orleans Jazz Band la primera de las Noches del Botánico

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Las entradas de ayer para el Botánico de la Complutense estaban agotadas desde hace tiempo, pero apenas nadie podía nombrar o tararear alguno de los estándares que Woody Allen y la Eddy Davis New Orleans Jazz Band improvisaron a lo largo de la hora y media escasa de concierto. «Compramos las entradas en febrero, aunque venimos más por nuestra admiración por su cine que por su música. Sabemos que toca dixieland, pero no qué temas», reconoce Víctor, acompañado de su mujer y su hijo.

Al cineasta, sin embargo, no le hizo falta más que aparecer sobre el escenario después del resto de músicos para que todo el auditorio se pusiera en pie para ovacionarle. Y arrancó la primera pieza entre más aplausos y algún grito, como si fuera el mismísimo Louis Armstrong, en Nueva Orleans, allá por los años 20 del siglo pasado. Así ocurrió el domingo en Bilbao, el martes en Barcelona y ayer en la primera jornada de las Noches del Botánico, que traerá este mes a nombres como Los Planetas, Juanes, George Benson, Chick Corea, Ben Harper y Michael Bolton, entre otros.

Toda la banda toca sentada, como un grupo de amigos en un club pequeño. Allen se recuesta sobre su silla casi tumbado, como si quisiera esconder su cabeza en el cuello de su camisa, pero relajado y moviendo el pie a ritmo de ragtime con gracia. A los pocos minutos el ambiente ya está animado y el director pega un brinco juguetón para acercarse al micrófono y recordar su primera visita a Madrid, en la gira de 1996, y comentar lo sorprendidos que están de que haya venido tanta gente. Entonces suena «Down By The Riverside», ese espiritual publicado en 1918 que tantas veces tocaron Armstrong o Nat King Cole, y la gente da palmas.

En uno de los puestos comentan que han vendido casi todos los guiones de Allen, pero casi ningún vinilo de sus bandas sonoras. A Aitana y Lucía, de 17 años, les han traído sus padres porque les gusta el director y el jazz, «aunque hasta hace poco no sabíamos que tenía una banda. Teníamos curiosidad». Y dos turistas chinas dicen estar contentas de haber venido a ver «al famoso» y se ríen como avergonzadas. Aún así, no está mal para un aficionado al jazz que, eso sí, lleva décadas actuando casi semanalmente en clubes de Nueva York. Algunos aficionados, incluso, bailaron ayer, sobre todo cuando el grupo hizo un guiño con «Para Vigo me voy». No hay escándalo último de Allen que no se le pueda perdonar al ritmo de Nueva Orleans. No importa tampoco que en algunos de sus solos parezca ahogarse y no llegar a las notas, provocando las miradas desconcertadas de algunos espectadores, porque cuando recupera la melodía todo es admiración.

Durante la noche, el público se levantó varias veces dando palmas. Poco importó que el cuatro veces ganador del Oscar no sea ni de lejos el autor de «What a Wonderful World» para atraer a 2.000 seguidores. Y tampoco que su banda no suene como Jelly Roll Morton, Joe «King» Oliver u otro de los pioneros que invoca. Al menos se le puede reconocer haber ido más allá que cineastas como Orson Welles, Spike Lee o Clint Eastwood en su devoción por el jazz, cuando hace 36 años tuvo el arrojo suicida de coger su clarinete, desvalido de técnica, y recorrer el mundo con cierta dignidad… entre rodaje y rodaje, eso sí.