Cruz que abraza la tierra

Actualizado:

CÉSAR NOMBELA

Un año más, Semana Santa, la Historia se registra como un antes y un después de la Pasión de Cristo, días de vacaciones y descanso para muchos, pero, también, tiempo de evocación de la cruz. El dolor por causa de la injusticia, llevado al límite de las fuerzas de un Hombre, pero, sobre todo, el dolor que redime, el que precede al triunfo de quienes aceptan que todo puede tener un sentido.

Madrid, ciudad especialmente mártir hace dos años; muchas de sus gentes se unían así al dolor de tantos seres humanos, al hambre y la carencia de quienes nada tienen, a la violencia contra los más débiles, a la muerte de tantos inocentes, al muro que cierra las puertas del futuro a tantos que buscan un horizonte en otros lugares. Cómo no tener presentes a tantos niños condenados en cada minuto, cómo no recordar a quienes, ya gestadas, no nacerán por ser niñas, cómo no pensar en los miles cuya vida segó la violencia sin sentido. Las carreteras se llenan de vehículos, parecería que en huida hacia el olvido de todo, porque somos muy limitados para aspirar a entender si quiera un poco de lo que acontece a nuestra condición. Pero, no faltan muchos que también en estos días se preguntan por el significado de lo que ocurrió en Judea, hace casi dos mil años. La tradición se encarna en muchas de nuestras ciudades; una sociedad como la nuestra, cada vez más indiferente a la trascendencia de vida humana, se pregunta sin embargo en multitud de nuestros rincones, qué pudo sentir el Crucificado, qué supuso la presencia de su Madre, el por qué la cobardía y la indiferencia de muchos, a dónde puede conducir la injusticia, la envidia, la oposición a la Verdad.

Nos seguirá interpelando la cruz, la cruz sencilla de los versos de León Felipe, «con los brazos en abrazo hacia la tierra y el astil disparándose a los cielos». De una forma u otra a todos puede alcanzar alguna forma de crucifixión, pero hoy, Jueves Santo, es el día para aceptar una invitación: bucear en el misterio de cómo el amor puede ser más fuerte, más potente, más entero que el mal que tanto dolor causa, que la muerte que inevitablemente llega.

César Nombela

Catedrático de la Universidad Complutense