La crisis empuja a un 15% más de familias a pedir ayuda a Cáritas para subsistir

M. J. ÁLVAREZ | MADRID
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Son los nuevos pobres. O van en camino de ello. Han pasado de tener un trabajo y una vida normal a sufrir grandes apuros económicos para llegar a fin de mes. A no poder hacer frente a los créditos y a los pagos mensuales y a estar agobiados por los impagos que se acumulan.

La famosa crisis es la causa de ello. Su azote se ceba siempre con los más vulnerables: parejas españolas con varios hijos que se hipotecaron hasta las cejas en pleno «boom» inmobiliario cuando los bancos se caracterizaban por su manga ancha y el empleo abundaba.

Entre los que más están notando sus efectos se encuentra también la población extranjera plenamente asentada y estabilizada que, con su documentación en regla y ante la bonanza económica, decidieron invertir en una vivienda ante el elevado precio del alquiler, al igual que en el caso de los españoles. También son núcleos familiares con hijos que fueron viniendo paulatinamente por la reagrupación familiar.

El desempleo que azotó primero a la construcción y que se ha ido extendiendo a otros sectores, agudizando la recesión, es la causa que ha provocado que cientos de familias se encuentren con la soga al cuello.

Un 15% más de familias se están viendo obligadas a pedir ayuda para subsistir a Cáritas, una circunstancia que no habían tenido que hacer nunca hasta el momento, motivada por la mengua de sus ingresos al quedarse alguno de sus miembros en el paro y no poder hacer frente al pago de la hipoteca. Así lo aseguró a ABC Concha García, responsable de la diócesis de Cáritas Madrid.

El perfil tipo es el de una pareja con dos hijos y unos ingresos mensuales de 1.300 euros. Si tienen de media entre 700-800 euros de hipoteca las cuentas no salen y cuando la situación supera su capacidad económica acuden a pedir ayuda inmediata.

¿Dónde? Al lugar más cercano, la iglesia de su barrio, donde en cada una de ellas existen oficinas de Cáritas parroquiales (425) en donde apoyan todo tipo de necesidades básicas (ropero, alimentos, pago de mensualidad de guardería, hipoteca...), explica la responsable de la diócesis de Cáritas Madrid, que abarca toda la capital y municipios de la sierra repartidos en ocho vicarías.

«Nosotros hemos empezado a notar los efectos de la crisis en febrero de este año; y de forma más acusada este verano, una época en la que, habitualmente, apenas tenemos actividad por el receso vacacional de la población. Esta vez no hemos parado. En algunos distritos, como el de Carabanchel, no dábamos abasto», indica.

El perfil tipo de los nuevos peticionarios de ayuda económica a la entidad religiosa son varones desempleados de la construcción, tanto cualificados como sin cualificar, que al finalizar la obra o al reducirse la plantilla se han quedado en la calle, a la espera de cobrar el paro, así como personal del sector servicios. En el caso de las mujeres, estas aportaban ingresos trabajando en el servicio doméstico; y, ahora, cuando todo el mundo se aprieta el cinturón, en lugar de ir a hacer faenas dos veces por semana, van una o menos horas, con lo cual obtienen menos dinero.

Los datos se disparan

Prueba de cómo están afectando los primeros zarpazos de la crisis a los sectores más desfavorecidos (viudas, ancianos, familias monoparentales...) es el número de personas atendidas por Cáritas en las parroquias. Si en el curso 2006/2007 fueron 55.179, sólo en los seis primeros meses del año la cifra se ha disparado hasta llegar a las 66.804.

Cuando se necesita una intervención a más largo plazo se deriva al usuario a los servicios centrales de Cáritas, donde, a través del fondo social, se presta ayuda económica -impagos pago de recibos de luz, agua, gas, comida para hijos- y se interviene en función de cada caso con formación para el empleo o un itinerario concreto. En este apartado, las prestaciones directas se han duplicado, al pasar de las 1.970 de 06/07 a las 2.829 hasta el pasado junio. Además, otras 20.000 familias se han visto beneficiadas de un nuevo programa puesto en marcha esta temporada para atender a menores de 0 a 16 años, a través de un convenio firmado con la Fundación la Caixa. «Alimentación infantil, higiene, equipamiento escolar (salvo libros, «cuyas becas se han recortado sensiblemente», subraya García), gafas o audífonos, se encuentran entre el material que los padres reciben. Si no fuera así, difícilmente podrían afrontar los gastos derivados del nuevo curso escolar», recalca. El 80% de las unidades familiares beneficiarias de la nueva iniciativa están terriblemente asfixiadas: no tienen ningún ingreso o éstos son tan exiguos, que, como mucho, alcanzan el salario mínimo interprofesional, 600 euros.

En cuanto al origen de los nuevos demandantes de ayuda hay muy poca diferencia entre españoles e inmigrantes: 49 y 51%, respectivamente, un aspecto que no sorprende a Concha García. «En los últimos cuatro o cinco años se fue produciendo la equiparación entre ambos grupos debido a la buena situación económica. Son los sectores más débiles de ambos grupos los que, ahora, dan pasos atrás y pasan de la normalidad a la exclusión».

Perfil emergente

A este perfil emergente de los nuevos demandantes de ayuda para subsistir llegan los madrileños como último recurso, cuando la situación se prolonga en el tiempo y se van acumulando, mes a mes, las deudas. Antes han agotado los apoyos sociales y familiares, explica la responsable de Cáritas.

No ocurre así con los extranjeros, si bien buscan soluciones que los españoles no suelen contemplar y que les permiten ir tirando. Alquiler de habitaciones, compartir su casa para dividir gastos o hacer portes o trabajos de montaje más baratos que las grandes cadenas, figuran entre ellas.

Con todo, apunta a que no hemos tocado aún techo y la situación empeorará aún más. La incógnita es cuándo empezará a remontar la crisis. «Ahora hablamos de personas que han reducido sustancialmente sus ingresos con un elevado nivel de gastos vinculados a la vivienda. Pero si esto se alarga cuando agoten el paro caerán en picado. Recibirán la prestación familiar (unos 500 euros) o la renta mínima de inserción (otros tantos)... Y agravarán su precaria situación.

Comedores sociales

Los que están en el escalafón más bajo acuden a la red albergues y comedores sociales que reciben más visitantes cada día. Allí duermen bajo techo y les dan un plato caliente. A las 11.30 de la mañana, en el de las Hijas de la Caridad-San Vicente de Paul, 80 personas esperan su turno para tomar un bocado. Algunos se sientan en bancos y otros guardan cola. Rostros jóvenes, maduros, blancos y cetrinos, con un presente precario y un futuro incierto. Abundan los bien vestidos y aseados, que contrastan con quienes llevan todas sus pertenencias en bolsas y mochilas y las huellas de las adicciones pasadas o presentes pegadas en la piel. «Cada vez hay más desempleados, entre ellos españoles, gente no habitual a acudir a estos centros. La cifra no es, por el momento, muy alta, pero la tendencia es significativa», indican responsables religiosos de estos servicios, como Paulino Alonso.

Es el caso de Luis, ecuatoriano, de 38 años. «Llevo seis meses en paro. Trabajaba de albañil, sin contrato. No tengo ingresos. Por ahora no puedo enviar dinero a mi mujer y mis dos hijos. Estoy arreglando papeles para solicitar el arraigo. De momento, estoy en un piso con compatriotas que me perdonan el alquiler. Aquí vengo una vez al día». Él es el ejemplo de los sin papeles que han subsistido con trabajos ocasionales, pero, cuando la crisis golpea, son los primeros en caer.

María, de 50 años, es española. «Antes estaba en el otro lado. Una serie de problemas encadenados me han hecho acabar así», explica a las puertas del María Auxiliadora. «Es cierto que cada vez hay más gente preparada y con un nivel cultural alto. Yo, por ejemplo, comparto mesa con un médico venezolano», afirma.

No entienden ni de euribor ni de indicadores bursátiles. Sólo saben que poco más pueden apretarse el cinturón; su pregunta es: ¿Hasta cuándo?