Sergio muestra un pez. A la derecha, Miriam, su presunta víctima - ABC / Vídeo: Primera noche en prisión para el presunto asesino de Meco

Crimen de Meco: el asesino de la habitación de al lado

Relato de los siete meses en los que se investigó a 300 personas hasta dar con el novio de la mejor amiga de la víctima, muerta de 24 puñaladas, con quien convivía

MadridActualizado:

Empieza agosto y a la casa de la familia Vallejo en Alcalá de Henares (Madrid), como casi todas las semanas, toca el timbre Sergio Sáez Medina. El que fuera compañero de piso de Míriam, la hija de quienes va a visitar, y exnovio de su mejor amiga, Celia, con la que también habían convivido, acude a interesarse por cómo se encuentran los padres de la chica que tristemente protagonizó a mediados de enero el llamado crimen de Meco. El matrimonio comparte con él su pena, como hicieron en el tanatorio y en el posterior funeral de su hija. Sergio siempre ha estado ahí, pero todo era, a la luz de lo que se ha desvelado esta misma semana, un macabro teatro por parte del presunto asesino de la muchacha, de 25 años. Tantos como cuchilladas recibió el anochecer del 16 de enero cuando sacaba a pasear a sus cuatro perros. Desde el viernes, Sergio duerme en la prisión de Alcalá-Meco, a poca distancia de los tres escenarios principales de una investigación que ha durado siete meses.

Celia conoció a Sergio en el laboratorio químico donde trabajaban, Envirobat, en un polígono industrial de Azuqueca de Henares (Guadalajara). Él, técnico de mantenimiento eléctrico y mecánico, ahora tiene 29 años y ella 31 y se emplea en el laboratorio. Se ennoviaron, parecían hechos el uno para el otro. Sergio es un chico tranquilo, muy aficionado a la pesca e incluso hace publicidad de una tienda especializada de Alcalá. También le gustan los videojuegos, una afición que acabaría rompiendo su coartada. Pero de eso hablaremos más adelante.

Hermanadas

Celia es abierta, muy alegre y tiene a su ángel de la guarda en su amiga Míriam, casi seis años más joven que ella, que ha trabajado como dependienta, ahora también en las oficinas de una multinacional textil y que, además, es voluntaria de Protección Civil en algunos ayuntamientos, como Villalbilla y Torrejón de Ardoz. Son como hermanas, y así lo dejan ver en numerosas fotos juntas en redes sociales. Además, comparten pasión por los caballos y los perros, y con los cuatro canes que tienen se mudan ambas, con Sergio, a vivir en una casa de la pequeña localidad de Villanueva de la Torre en octubre de 2018. La convivencia apenas duró tres meses, truncada por la mayor de las tragedias.

Era Celia la que solía sacar a pasear de noche a los perros, tras llegar de trabajar. Pero aquel fatídico día, Mimi, que es como llamaban a su amiga, les pone los collares de vivos colores (para que pueda verlos en la oscuridad) y los lleva a pasear a un descampado muy cercano a su vivienda, ya dentro del límite municipal de Meco, en la provincia de Madrid. Sergio se queda jugando a la Play Station frente al televisor, en línea, con el chat abierto. Pero la convivencia no es buena. Ambos no se llevan bien y la Guardia Civil cree que esa tarde en la vivienda o quizá horas antes se produjo una discusión entre Sergio y Mimi. Estaban solos, porque Celia había marchado al gimnasio.

Sea como fuera, la muchacha se adentra en la zona, poco transitada, y, según las pruebas recabadas por los investigadores, él la ataca y le asesta 24 puñaladas, con tanta rabia, que deja parte de la punta del cuchillo clavada en el cráneo de la joven. No la agrede sexualmente, pero ella, en su vano intento por defenderse, le araña en una mano, la cara y un brazo (herida que, luego, aprovechando que es invierno, se tapará utilizando siempre manga larga). La deja allí tirada, entre colillas y algunos envases que no llevan mucho tiempo tirados en la zona y de los que también, por si acaso, se extrajo ADN, como de las bocas de los perros. Y se vuelve a la casa a jugar a la Play. Son las 20.50 horas y, solo tres minutos después, dos jóvenes llaman a los servicios de emergencia: «Hemos encontrado a una chica muerta al final de la calle Monte Encinas».

Ahí empieza una investigación en la que se ha seguido el rastro de más de 300 personas, aunque desde un principio la Guardia Civil sospechaba que el asesino (o asesina, como también se barajó en la primera fase) era alguien que conocía a Mimi, de su entorno más o menos cercano. Por dos razones fundamentales: los perros no ladraron ni atacaron al criminal y porque se cebó con ella con una vesania extraordinaria. Celia y Sergio fueron de los primeros en pasar por la Comandancia de Tres Cantos, para prestar declaración. Él, barbudo y corpulento, se mostró consternado y explicó que en el momento del crimen estaba conectado al videojuego y hablando por teléfono con su hermano. Los agentes lo comprobaron. La coartada parecía de libro. Pero, aunque permaneció en línea entre las 20.40 y las 20.50 horas, no se registró actividad alguna en el juego en esos diez minutos. Tiempo más que suficiente para ir con (o a por) Míriam al descampado, darle muerte y regresar. Eso, y la coincidencia del ADN hallado bajo las uñas de la víctima, acabaron con él entre rejas.

50 pruebas de ADN

Han sido siete meses en los que la frase más repetida era que «se manejan todas las hipótesis». Y así fue. Una de las piezas más escudriñadas fue el teléfono móvil de la víctima, hallado con el cadáver. Míriam era asidua, como tantísimos jóvenes en la actualidad, a las aplicaciones sociales, para conocer a gente. Sobre todo, Tinder y Lovoo. El laboratorio de Criminalística realizó un análisis exhaustivo de los mensajes, WhatsApp y también contactos de esas «apps». En los últimos meses, su perfil había tenido interacciones con 300 personas. Eso no quiere decir que se escribiera con tanta gente, sino que había recibido «likes» o conversaciones a la mayoría de las cuales no había respondido. De vez en cuando, quedaba con alguien para conocer, no tenía compromiso sentimental con nadie en aquel momento. Y las relaciones anteriores no habían acabado tan mal como para ese desenlace violento. Pero aquella noche, según se supo, no lo hizo con nadie de esas redes sociales.

Aun así, se tiró del hilo y consiguieron identificar a cincuenta hombres, de las provincias de Madrid y Guadalajara, que habían entrado en el perfil de Míriam. Son aquellos cuyos correos electrónicos, números de móvil o direcciones pudieron conocer los agentes. Fueron llamados al cuartel e interrogados, y voluntariamente se sometieron a pruebas de ADN, sin que se hallara coincidencia alguna.

La triangulación de los móviles fue otro elemento analizado, aunque la cercanía de la casa de Sergio, Celia y Míriam al descampado evidenciaba que sus teléfonos fueran captados por el mismo poste o repetidor. Nada fuera de lo normal.

Hasta que el martes y 13 pasado, a las siete de la mañana, los coches de la Unidad de Seguridad Ciudadana (Usecic) de la Comandancia cortaron un tramo de la calle Guerrero, en Azuqueca de Henares. Unos tres meses después del asesinato, Celia y Sergio cortaron, y él se había vuelto a casa de sus padres, aunque de vez en cuando se encontraban de nuevo, con idas y venidas. Continuaba activo en su Facebook, repleto de fotos pescando y luciendo las piezas que conseguía, saliendo de fiesta... Pero esa mañana todo se truncó para él.

Durante cuatro horas, registraron el domicilio familiar. Incluso los perros policía buscaron rastros de sangre, sobre todo entre la ropa del sospechoso, por si, aunque la hubiese lavado, quedaban trazas que lo incriminaran aún más. Muchos vecinos de esa urbanización de adosados estaban ya de vacaciones, pero los que quedaban se arremolinaban, asustados primero con la posibilidad de que se hubiese producido un robo en casa de los Sáez Medina.

La Guardia Civil se llevó ropa, material informático, un cuchillo de pesca y a Sergio, serio, engrilletado y detenido, camino de Tres Cantos. Ha permanecido en los calabozos tres días, las 72 horas máximas legales antes de pasar a disposición judicial. Querían ver si se venía abajo y confesaba. Pero su abogado le recomendó lo habitual, no declarar. Solo dijo que era inocente.

El viernes por la mañana, la juez del caso, en Alcalá de Henares, ordenó su ingreso en prisión provisional, sin fianza y comunicada, por un delito de asesinato. No cree las explicaciones que da: vuelve al tema del videojuego, a la llamada a su hermano y a que ella salió sola con los perros, que no se movió de la casa hasta que Celia regresó de hacer ejercicio y se preocuparon al ver que su amiga no regresaba. El móvil del crimen, según fuentes policiales, es el «profundo odio» que sentía por Míriam, quizá por la mala convivencia y los celos por su buena amistad con Celia. No se cree que víctima y presunto verdugo mantuvieran una relación afectiva o sexual.

Y Celia, a la que insultaban y amenazaban injustamente en el pueblo y redes (la señalaban como la culpable) y que siempre pensó que el asesino era alguien lejano a ellas, vuelve a revivir una pesadilla al saber que la persona con la que dormía era, supuestamente, la que le arrebató a su ángel de la guarda.