Decenas de sintecho esperan en Atocha el autobús que los transporta al albergue de Vallecas
Decenas de sintecho esperan en Atocha el autobús que los transporta al albergue de Vallecas - Isabel Permuy

El colapso de los albergues municipales deja a decenas de indigentes en la calle

El Ayuntamiento mantiene a familias solicitantes de asilo durmiendo en camas plegables en dos centros no acondicionados

MADRIDActualizado:

Cae la noche en Atocha y el paseo de la Infanta Isabel se llena de historias por contar, de mendicidad y de personas cuyo único deseo es cambiar su destino. Ese fue el motivo por el que llegaron a España, en muchos casos, huyendo de lo que la vida les tenía establecido. Son las 20.15 y en la rampa de Cercanías se dan cita hombres de todas las nacionalidades. Como en una especie de ritual, la mayoría de ellos se saludan y ríen, con nostalgia, contando sus últimas andanzas. Unos hacen fila al lado de las marquesinas de autobús, flanqueadas por dos coches de la Policía Nacional; otros, por orden de llegada, repiten la metodología pegados a la estación de BiciMad.

Todos forman parte de los sintecho que buscan cobijo en los Servicios Sociales del Ayuntamiento durante la Campaña contra el Frío. Las gélidas temperaturas en la capital –de hasta menos seis grados– dificultan su situación. El Samur Social se encuentra «saturado», no tiene medios técnicos ni humanos para poder hacerse cargo de todos. Según el último estudio municipal, en Madrid viven 2.200 personas sin hogar; de ellas, 1.623 son atendidas en la red de albergues destinados para acogerlos durante este periodo del año. La demanda supera con creces la oferta de un Consistorio «desbordado».

En sus manos algunos sostienen la tarjeta del Samur Socialque les garantiza cobijo durante siete días en el albergue municipal del Pozo del Tío Raimundo. Allí solo se proporciona atención a hombres, en total, 140 plazas. «Son personas que estarían en la calle si no les atendiésemos, aunque no son el sintecho habitual, alcohólico o drogadicto. El perfil ha cambiado por la llegada masiva de inmigrantes. Este centro se destina para ellos», indican desde el organismo municipal.

Pasan los minutos y el autobús que los llevará a Vallecas está a punto de llegar. Ya hay más de 40 hombres que esperan en orden. Cuando llegan los operarios del Samur, toman nota de los nombres y hacen preguntas a todos aquellos que no tienen garantizada la plaza: «¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes? ¿Por qué has venido Atocha?». Entrarán en el segundo autobús, que sale a las 22.00 horas, siempre que queden camas disponibles en el centro. No tienen tarjeta, con lo cual dependen del orden de llegada, por eso hacen fila incluso desde cinco horas antes. Aún no lo saben pero, esta noche y según datos oficiales, 20 de ellos dormirán en la calle.

El primer autobús parte a las 21.15. Los que no han podido entrar, esperan pacientes. Es el caso de Abdelaziz, un marroquí de 37 años que llegó a Algeciras en los bajos de un camión. Su cama en el albergue es la 82.

Voluntarios reparten comida a los mendigos de la Plaza Mayor
Voluntarios reparten comida a los mendigos de la Plaza Mayor - I. Permuy

La saturación del Ayuntamiento llega a tal extremo que, según ha podido saber este diario, existen dos centros fuera de la red de control y no acondicionados en los que están acogiendo a familias con menores pendientes de asilo. Uno, en la antigua central del Samur; otro, en Hermanos Álvarez Quintero. No forman parte de la campaña de frío, pero sí se utilizan estas fechas para poder hacer frente a la demanda. «El objetivo es diferente. Estas familias tienen niños pequeños. No tienen dónde estar y pasan a formar parte de la red de emergencias. Pero no se pueden mezclar con los demás sintecho. El objetivo no es que solo pasen la noche al abrigo, sino hacer con ellos una intervención para que se integren en la sociedad como cualquier familia y que los niños puedan ir al colegio», cuentan fuentes oficiales. El problema es el uso de espacios no acondicionados. En el primer sitio, las familias conviven en una sala diáfana y duermen en camas plegables de emergencia; en el segundo, hay habitaciones individuales y compartidas; pero el colapso ha obligado a habilitar otro espacio abierto para que puedan estar allí. «Se está superando el número de personas. Ya aumentándolo mucho, están preparados para acoger a 20, pero en ocasiones han podido llegar a ser el doble», indican personas conocedoras de la situación a este diario. El Ayuntamiento confirman esta situación: «Estamos desbordados, hacemos lo que podemos, pero no tenemos recursos suficientes. Mejor aquí que en la calle».

El 15 de enero se abrirá otro centro en Vallecas con 120 plazas. Estas familias solicitantes de asilo y también algunos desahuciados, según el Ayuntamiento, vivirán allí: «Esperamos que el centro nuevo no se colapse y que nos ayude a descongestionar la situación. Se está acondicionando y eso lleva tiempo para que puedan vivir en unas condiciones mínimas de habitabilidad». Marta Higueras ha definido la situación como «preocupante». «Las familias demandantes de asilo y refugio constituyen una problemática que antes no existía y un nuevo perfil al que atender. Vienen con muchos niños y no los podemos dejar en la calle. Aunque esto sea competencia del Ministerio, el Ayuntamiento pone a su disposición todos los recursos», asegura la primera teniente de alcalde. Los sindicatos ya han denunciado la carencia de recursos que está generando «una situación de emergencia de carácter humanitario y habitacional en la ciudad de Madrid».

Un indigente monta su vivienda de cartón
Un indigente monta su vivienda de cartón - I. Permuy

Otro tema son los indigentes que prefieren no ser ayudados o los que, por la falta de plazas, se ve obligado a dormir en la calle. Muchos acuden a la Plaza Mayor y a la de las Provincias. Cada noche llegan a cifrarse más de 80 indigentes en estas zonas. Cuentan tan solo con lo que ganan pidiendo limosnas y con la ayuda desinteresada de iglesias que reparten comida. Antonio, granadino, come sopa de un bol que le acaban de entregar voluntarios. A veces sueña con dejar la calle pero, de momento, no entra en sus planes: «Tener un sueldo y un trabajo significa empezar a pagar, pagar y pagar. Eso no es vida. Estoy contra el sistema».

En medio de su realidad, hay resquicios de fantasía. Jessy, nicaragüense, lleva en la Plaza Mayor desde septiembre. «Tengo frío», repite. La verdad, o la fiebre, la lleva a decir que escapó de su país fruto de una persecución por el Gobierno de los Estados Unidos: «Me envenenaron y me internaron en Psiquiatría. Conseguí salir. Ahora me han dejado tranquila». Con Jessy está Eduardo Carlos. Biólogo en Perú, vino a España por deseos de su mujer. Ahora está en la calle, sin empadronamiento ni asilo: «Yo no existo en Madrid. Soy un fantasma».