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Un clan organizado traslada el tráfico de heroína desde Lavapiés a Huertas

La banda vende droga mediante una red de pisos de alquiler, repartidores de «flyers» y mendigos. Un italiano y una «contable» latina la lideran

MADRID Actualizado: Guardar
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Son las siete de la tarde y algo capta la atención del vigilante de Metro de Antón Martín. Una mujer consume cannabis en las escaleras de acceso al suburbano. Cuando sale a retenerla, ajena a la infracción, continúa con su tarea hasta que llega la Policía. A los vecinos no les sorprende esta escena. La conocen. Desde hace tres meses, los moradores del barrio de Las Letras han detectado un auge en el consumo y venta, sobre todo, de heroína en sus calles. Una banda organizada –aseguran ellos– se ha hecho con el control de la zona y suministra esta sustancia, y demás estupefacientes, a los «yonkis» del barrio. «Algo que no veíamos desde los años 80», coinciden. La mujer del suburbano es una de las habituales. «Solemos verla consumiendo por las calles aledañas. Algunas veces, en compañía de otros toxicómanos», dicen.

El clan, proveniente de Lavapiés, está liderado por un italiano afincado en la calle de Atocha, desde donde también hace negocios. «Ese es el más protegido, tiene a todos los compinches velando por sus intereses», cuentan los comerciantes. En la estructura piramidal de venta que ha formado le sigue la «contable», una mujer latinoamericana que organiza a los demás: dos españoles. «Esos son los que siempre están en la calle trapicheando», reconocen, con hartazgo, los residentes, que demandan más presencia policial y políticas de presión.

El organigrama del grupo no termina aquí. Los vecinos sospechan que existen varios narcopisos en la zona: uno en la calle de Moratín; y otro, al menos, en la calle de la Magdalena. «El trasiego es constante. Se da la casualidad que en los dos inmuebles hay apartamentos turísticos. No sabemos si los alquilan para hacer negocios o incluso si los hacen en alguna de las habitaciones de las pensiones que hay», explican. Durante tres meses los han observado. Entran y salen sin ningún reparo y, obviamente, sin arrastrar ninguna maleta.

Asimismo, hacen hincapié en la degradación que estas personas están causando al céntrico barrio. Algo que también está afectando al ocio nocturno. «Los repartidores de tarjetas de algunas discotecas los llaman para que les suministren la droga y así poder dársela a los clientes. Lo mismo pasa en otro “after” que hay cerca de Antón Martín. Todo queda en el círculo de estas cuatro personas», continúan los vecinos, que piden mantener el anonimato por miedo a las represalias.

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Espera paciente

Pero a la organizada banda no le hace falta esconderse. A plena luz del día, en la calle del León, pueden hacer de las suyas. Los alrededores de un locutorio, que nada tiene que ver con ellos, es el punto neurálgico de la venta diurna. Los toxicómanos llaman desde los teléfonos del local a alguno de los dos españoles. Esperan pacientes en un banco hasta que llegan. Les da igual quién pase por la calle: uno da el dinero; el otro entrega la papelina. La salida de emergencia trasera del Teatro Monumental es el punto elegido para meterse el «chute». Utilizan también a cualquier persona que está en la calle «para incluirla en su red de mercadeo».

Entre los vecinos y comerciantes ha crecido la sensación de inseguridad y miedo. A uno de ellos, que regenta un local en una de las calles afectadas, le robaron en julio. «Podemos conseguir lo que quieras», le dijeron al entrar en la tienda. Cuando el hombre se negó, aprovecharon para apoderarse de algunos productos. Ha denunciado. La mala suerte hizo que, tan solo un mes después, las mismas personas le diesen un empujón para hacerse con su móvil. «Roban todo lo que pueden para conseguir dinero para su dosis. En ocho años que llevo trabajando aquí nunca había vivido esto», relata.

Carmen, nombre ficticio, manda siempre un mensaje a su socio cuando sale de la tienda de alimentación que tiene en la zona. Otro cuando llega a su casa. «Muchas veces te paran. Te preguntan si quieres algo. No sabes qué te puede pasar o si te pueden hacer algo al negarte», dice con miedo.

Amor de Dios es otra de las vías señaladas. La tenue iluminación la hace perfecta para que los drogadictos puedan ocultarse de las miradas indiscretas. «Algunas veces se meten entre los coches; otras, lo hacen en el portal y dejan manchas en la loseta de quemar el aluminio», relata otra vecina, que explica que mayoritariamente son «marroquíes, rumanos y españoles». «Te los puedes encontrar a las dos de la tarde o a las tres de la mañana. Un día de madrugada había cinco personas sentadas en el portal. Me dio miedo entrar. Tuve que esperar a que llegase la Policía», prosigue. Cuentan que si se les dice algo es todavía peor: «Se vuelven agresivos al pedirles que te dejen entrar en tu casa. Te increpan y hacen que se lo pidas por favor». La ruta, y área de actuación, continúa por Doctor Cortezo, San Pedro Mártir, Cabeza, la Rosa, plaza de Matute y Santa María.

La presión policial en Lavapiés ha hecho, según los vecinos, que los toxicómanos se desplacen a Huertas, al ser el barrio más cercano. En Tirso, donde se siguen viviendo tensos momentos, han sido los africanos quienes se han hecho con el control. En el Área de Seguridad indican que no tienen constancia de que el menudeo haya aumentado, aunque sí reconocen la existencia de quejas vecinales. Hacen hincapié en el plan de choque en Centro que han puesto en marcha con 98 nuevos agentes.