Chamberí, de estación fantasma a museo del metro

La historia del Metro transcurre indisolublemente unida a la de la ciudad de Madrid y tiene dos hitos importantes en la estación de Chamberí y en la sala de Motores de Pacífico. Ahora, el Ayuntamiento y Metro recuperan ambos espacios para revivir una época que transformó la imagen de la capital

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TEXTO: MILAGROS ASENJO FOTO: SIGEFREDO

MADRID. Situada en el corazón del castizo barrio que le da nombre, la casi centenaria estación de Metro de Chamberí permanece como un foto fija de la historia de Madrid, que el viajero trata de descubrir a través del cristal cuando el tren recorre un espacio ahora «fantasma». Se trata de una historia que, por imperativos de los avances técnicos y del crecimiento de la ciudad, se truncó o cuando menos se aletargó en la década de los 60. En aquellos años, la Compañía Metropolitana de la capital decidió aumentar la longitud de los trenes, lo que exigía el imposible de alargar la estación de Chamberí. Esta circunstancia, unida a la extraordinaria proximidad de la estación con las de Iglesia y Bilbao -233 metros de la primera y 310 de la segunda- llevó a los responsables de la compañía a clausurar definitivamente Chamberí, hecho que ocurrió el 22 de mayo de 1966. Desde entonces, en las entrañas de la plaza de Chamberí, bajo toneladas de polvo y recuerdos de lo cotidiano -billetes, carteles publicitarios, periódicos del día, lámparas o bancos- se oculta un tesoro que, gracias al convenio suscrito entre Metro de Madrid y el Ayuntamiento que preside Alberto Ruiz-Gallardón, saldrá de nuevo a la luz, a mediados de 2007, para formar parte de un «Centro de interpretación» de la historia del metropolitano madrileño. Y junto a Chamberí, la Sala de Motores de Pacífico, porque serán dos sedes para un mismo fin: sumergir a los madrileños en la historia de su ciudad y por ende en la del metropolitano e incluso en la de todo el transporte. En el proyectado museo, el visitante conocerá lo que fue una estación del entonces denominado «Ferrocarril Metropolitano Alfonso XIII», los medios técnicos, la maquinaria industrial de la época y la importancia de ese tradicional medio de transporte en la vertebración de la ciudad. Permitirá también realizar un «viaje sentimental» a la ingeniería, la tecnología, la arquitectura, la publicidad y el diseño relacionados con ese medio de locomoción.

Además, se quiere impregnar la muestra de un tono didáctico mediante reconstrucciones, audiovisuales, paneles divulgativos y recursos que hagan de la visita al Centro una actividad amena y participativa.

El proyecto suscrito entre la Concejalía de las Artes y Metro incluye la rehabilitación de la mencionada estación y de la Sala de Motores de Pacífico, «piezas fundamentales del patrimonio industrial de Madrid» y obras ambas de Antonio Palacios, uno de los arquitectos que transformó en mayor medida la imagen de Madrid.

En efecto, Chamberí es una de las ocho primeras estaciones de la línea 1 que diseñó Antonio Palacios y que fue inaugurada el 17 de octubre de 1919 por el Rey Don Alfonso XIII, tras poco más de dos años de obras.

Hermosas bóvedas revestidas de cerámica sevillana y azulejo constituyen una parte importante del legado que Palacios dejó en Chamberí. El pavimento de los andenes es parecido al caprichoso de las aceras de la Gran Vía de la época. La estación se conserva íntegra, excepto la boca de acceso a la misma que deberá construirse de nuevo, ya que no existen elementos para su restauración.

¿Y qué decir de la Sala de Motores de Pacífico?

Obra también de Antonio Palacios, data de 1923, conserva en su interior espectaculares motores diesel que en su día sirvieron para contribuir con su energía al funcionamiento de los trenes del Metro. De hecho, produjeron energía para el Metropolitano hasta el año 1972. Durante las restricciones provocadas por la Guerra Civil, también suministraron energía a la Unión Eléctrica madrileña que abastecía a Madrid. El estado de conservación del edificio, situado entre las calles de Valderribas, Paseo de Ronda Cavanilles y Sánchez Barcaiztegui, es «aceptable» y mantiene los zócalos, paramentos y rótulos cerámicos.