Juan, cocinando en la casa que comparte con dos de sus compañeros, en Las Tablas
Juan, cocinando en la casa que comparte con dos de sus compañeros, en Las Tablas - JOSÉ RAMÓN LADRA

La casa de la esperanza

La región cuenta con un centro donde ocuparse de personas sin techo con enfermedades graves o terminales

MADRIDActualizado:

Dormir en la calle durante las frías noches del invierno madrileño es una experiencia terrible. Que se convierte en insoportable si la persona padece, además, una enfermedad grave. Un sin hogar que necesite tratamiento médico por una dolencia severa, como quimioterapia tras la extracción de un tumor, no puede recibirlo si no tiene un domicilio: precisa unas mínimas condiciones de higiene. Para atender a estas personas sin techo y con problemas de salud es por lo que nació el centro Carmen Sacristán, en el barrio madrileño de Las Tablas.

En sus 40 plazas se atiende cada año a unas 80 personas –83 en 2018– en esta complicada situación. Como el caso de Juan, hijo de españoles y nacido en Venezuela: hace dos años se encontró sin casa y con una grave enfermedad, un tumor cerebral del que fue intervenido en el Hospital de Getafe. Pero después necesitaba un entorno estable y con las mínimas condiciones para recibir el tratamiento adecuado: «Y yo no tenía nada; estaba en la calle y sin trabajo». Los servicios sociales del propio hospital le hablaron del centro Carmen Sacristán: «Y aquí llegué el 12 de diciembre de 2017», para convivir con «esta otra familia».

Allí ha podido hacer frente a sus problemas de salud: «Actualmente, tengo metástasis cerebral y un cáncer de pulmón, y participo en un ensayo clínico del Hospital Ramón y Cajal para tratarme». Los trabajadores del centro le han ayudado a tramitar la discapacidad –del 51 por ciento, sin derecho a prestación– y a encontrar trabajos, de momento temporales: como suplente de conserje en un centro de mayores, en una escuela de artes o en una casa de cultura.

Ahora, confían en lograr un empleo estable que le permita «alquilar un piso o una casa y marcharme allí con mi hijo». Mientras, comparte vivienda con varios compañeros como Isabel, que muestra orgullosa unos coloridos cuadros que ha elaborado con arena coloreada.

El centro Carmen Sacristán es el único de su género en Madrid. Funciona desde 2015, mediante un convenio con la Fundación RAIS, que lucha contra la exclusión de las personas sin hogar. «Es un espacio en el que reciben atención aquellas personas que vivían en la calle y necesitan una estancia para una convalecencia porque se ponen enfermos», explica Jorge Ferreruela, uno de los trabajadores. «Los albergues no cuentan con recursos para esto», añade. «Esto» son casos como una rotura de fémur, que obliga a la persona a contar con ayuda; u otros pacientes que necesitan curas: «No te vienen a curar a casa porque no hay casa», apunta.

A la vista de la necesidad, la Consejería de Asuntos Sociales, que dirige Lola Moreno, financió la construcción del centro y contrató a los expertos de RAIS para que lo gestionaran. Aquí cuentan con cuatro casas individuales, cada una con su jardín, con habitaciones para 10 personas y algunos espacios comunes, como cocina o salón, en cada una de ellas. Además de facilitarles un hogar, se les ejercita en las actividades diarias: poner lavadoras –«cuando llevas siete años sin hacerlo, hay que aprenderlo de nuevo»–, a ducharse a diario –«y que la gente no les mire como a un bicho raro cuando van a la consulta del médico»–, a elaborar un menú equilibrado, hacer la compra con un presupuesto cerrado, cocinar...

También reciben asesoramiento y ayuda a la hora de realizar gestiones como la renovación del DNI o la tarjeta de residencia –muchos han perdido estos documentos durante sus estancias en las calles–. «Se trabaja con ellos a todos los niveles: psicólogos, terapeutas, educadores sociales...».

Paliativos

Aunque en general por su situación es complicado que consigan un empleo, en algunos casos, como el de Juan, lo logran: «Él y otros seis están ahora en el mercado laboral, pero hemos atendido a más de cien personas, recuerdan en el centro. En algunos casos, se les ayuda a solicitar prestaciones. Y la evolución que aprecian en ellos es el mejor estímulo para los trabajadores de la casa: «Hoy se va uno ya a vivir de forma autónoma a una vivienda en Vallecas; y otro se acaba de marchar a una residencia de mayores, después de pasar 40 años tirado en Atocha», explican.

No hay plazos prefijados para permanecer en el centro: depende de cómo progrese cada uno, explica Jorge Ferreruelo. Aunque hay algunos residentes que se quedan allí hasta el final: son los que reciben cuidados paliativos: «Vienen aquí a morir. No queremos que el final de estas personas sea en la calle, ni en un albergue solos; al fin y al cabo, eso es un fracaso de todos, el reflejo de un sistema enfermo».

«Lo de dormir en la calle no se lo recomiendo a nadie», recuerda Juan. No poder asearse, «no poder lavar la ropa, la violencia... No se duerme tranquilo».