FOTOS: F. SECO/C. BARROSO/CSIC.
FOTOS: F. SECO/C. BARROSO/CSIC.

Una cárcel bajo el microscopio

POR SARA MEDIALDEAFOTOS: F. SECO/C. BARROSO/CSICMADRID. Una cárcel cerrada es un ejemplo de «patrimonio indeseado»: nadie sabe qué hacer con ella. La definición es de Carmen Ortiz, investigadora del

POR SARA MEDIALDEA. MADRID.
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Una cárcel cerrada es un ejemplo de «patrimonio indeseado»: nadie sabe qué hacer con ella. La definición es de Carmen Ortiz, investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que dirige en la actualidad un estudio sobre la cárcel de Carabanchel. Un lugar diseñado para la represión y, que diez años después de su cierre, se ha convertido en una completa ruina con un futuro por definir. Los investigadores apoyan la petición vecinal de mantener el complejo, dándole usos hospitalarios, educativos y culturales.

La cárcel de Carabanchel, construida por un millar de presos políticos en los años 40, cerró sus puertas en octubre de 1998. Muchas de sus celdas habían estado ocupadas hasta poco antes: quedaron llenas de vestigios de los que las «personalizaron». Como la pintada de «Javi, el niño», junto a la cual escribió la fecha en que recuperaba la libertad. Él no lo sabía, pero cuando llegó el día, la cárcel ya estaba cerrada.

El estudio -financiado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología-, lo realiza un equipo encabezado por Carmen Ortiz, que forman Cristina Sánchez y Virtudes Téllez -del Centro de Ciencias Humanas y Sociales-, Fernando Figueroa -especialista en graffitis-, los arqueólogos Víctor Fernández y Alfredo González-Ruibal -este último experto en arqueología del presente- y el antropólogo Javier Arteaga.

Su trabajo es «un estudio de urgencia» -ante el tremendo deterioro del edificio-, que contemple no sólo la situación actual, sino la reutilización del edificio tras su abandono.

Cuando se construyó -por orden del BOE de 15 de junio de 1939-, seguía una estrategia clara: sacar a los presos políticos del centro de la ciudad, pero a la vez recordar a la población su existencia con su impresionante aspecto. Se le dio a su planta la forma de una estrella con un punto de vigilancia central, según el sistema panóptico diseñado en 1791 por el filósofo Jeremy Bentham: «Ocho brazos fornidos que parten de un ojo central que nunca dormía», un modelo que permite que un solo vigilante pueda ver a todos los prisioneros sin que éstos sepan si están siendo observados o no.

Si regresiva fue su construcción -con presos como mano de obra-, también lo fue su diseño: las galerías con interminables pasillos o las escaleras abiertas lanzaban al preso un mensaje, «la sensación de que siempre le vigilan».

Diseño represivo

La idea es «controlar no sólo la mente, sino también el cuerpo», explica Ortiz. «Todo estaba organizado para reprimir la libertad individual». Por ejemplo, el comedor: «El recorrido impide que haya dos personas juntas y, una vez pasado el torniquete, es imposible volverse atrás».

Porque «la vida de un edificio no acaba con su abandono» y «es importante encontrar las trazas de la represión antes de que sean destruidas» -lo que ocurrirá si se derriba-, el equipo de investigadores ha pasado meses dentro de la prisión, recopilando datos. En este caso, las paredes, literalmente, hablaban: «La cárcel descarnada permite ver detalles que antes sólo vieron unos pocos».

Así, hay celdas que conservan, junto con las fotos de «cochazos y mujeres semidesnudas, cartas a la madre o a la novia de algún preso»; otras recogen dibujos y pintadas; y se han recopilado testimonios de personas que vivieron en el interior de la cárcel, como reclusos o trabajadores.

Y también se ha estudiado lo que ocurrió durante los diez años transcurridos desde su cierre: «Han entrado todo tipo de grupos marginales; hubo okupas; sus materiales fueron expoliados o reutilizados; el lugar se ha convertido en un centro de peregrinación de grafiteros de toda España». Las paredes interiores y externas del antiguo penal están, de hecho, invadidas de dibujos, y en muchos de ellos el humor se convierte en la mejor de las armas contra la desesperanza.

Los tiempos han cambiado: pegado a la cárcel por la que pasaron preventivamente reclusos de toda España -a la espera de los juicios del Tribunal de Orden Público-, funcionan hoy dependencias de la Brigada de Extranjería; «las colas que antes eran de familiares de presos, son ahora de inmigrantes que van a regularizar sus papeles», explica Carmen Ortiz.

Un «estigma» en el barrio

El barrio, que «estuvo obligado a convivir con este enorme edificio», a «sufrir su estigma», quiere ahora recuperarlo. Su propuesta: mantener la «estrella de ocho brazos», cambiando su uso por el cultural, y rodeándola por un hospital, una facultad y un centro de la tercera edad. «Y estamos de acuerdo con su reivindicación», dicen estos expertos.

Pero los investigadores no deciden: ofrecen sus conocimientos a quienes tienen la competencia de gestionar esta instalación. Y recuerdan que en varios lugares del mundo, las cárceles se han convertido en hoteles; y en otros, se las ha mantenido como lugar de evocación y memoria.