A la cárcel

Alberto y Alfredo, como gustan llamarse en público el alcalde de Madrid y el ministro del Interior, han acordado que la cárcel de Carabanchel comience a ser derribada en octubre, una vez que esté

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Alberto y Alfredo, como gustan llamarse en público el alcalde de Madrid y el ministro del Interior, han acordado que la cárcel de Carabanchel comience a ser derribada en octubre, una vez que esté lista la licencia provisional de demolición que dará luz verde a unas obras que acabarán con una de las «principales heridas urbanísticas y simbólicas» de la capital. Aunque tanto el Ayuntamiento como Interior se han jactado de que el proyecto «concilia los intereses de las partes y de los ciudadanos», no parece que sea así. Entre otras cosas porque los vecinos ya han alertado de los deficientes equipamientos sociales que prevé este plan.

Ahora bien, lo que parece un sarcasmo es lo del monumento a pie de obra. No está de más lo de construir una estatua que honre la memoria de miles de presos políticos que dieron con sus huesos en estas mazmorras, pero tampoco estaría mal dar satisfacción a las necesidades de los más de 500.000 vecinos de Carabanchel y Latina, que viven en el área de influencia de la cárcel.

Y es que está de moda que en cualquier palmo de terreno construyamos un monolito para subrayar que no hemos perdido la memoria histórica, cosa altamente aconsejable cuando se llega a una determinada edad. Ahora bien, quizá convendría acordarse más de los coetáneos. Es algo parecido a lo que ocurre con el grupo de ecologistas que han llevado hasta Estrasburgo el desdoblamiento de la carretera de los pantanos, una infraestructura vital para que decenas de conductores no se dejen la vida en la peligrosísima vía actual. Pues bien, los verdes acuden a Europa para defender la naturaleza (los linces y otros animalitos altamente respetables) pero se olvidan de que el rey de la naturaleza, aunque a veces también de la selva, es el ser humano y ese sí que es un bien que hay que preservar. ¿O no?

Al final, lo políticamente correcto nos está secando el cerebelo hasta perder el sentido común. Ya sólo queda que delante del Ministerio de Igualdad levantemos un monumento a la defensa de la lengua española o en la plaza mayor de Estepona otro en homenaje a la moralidad pública.