El burlador

POR IGNACIO RUIZ QUINTANO
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Dice Gallardón que hoy, en Madrid, la mejor inversión es ir al teatro. ¿Qué tal «El burlador de Sevilla»? Dirige Hernández, un cubano al que no le gustan las monarquías -salvo la de los hermanos Castro-, y actúa Perea, un cómico con todos los papeles de los tribunales de depuración ideológica en regla, incluido el certificado de recta conducta zapateril: admira a Bardem y le preocupan el neoliberalismo y el calentamiento global. Como Burlador, en el escenario surfea sobre el as de oros de Isabel Pintor, y así ha llegado a la conclusión de que don Juan seducía a las mujeres no por follar, sino por luchar contra lo establecido, «como un revolucionario». Y es que estamos ante un Burlador republicano. Tal cual. Esto no viene ni en mi Marañón ni en mi Machado ni, ya puestos, tampoco en mi Jardiel. Marañón indagó incluso en la leyenda sobre la violación de la monja Margarita, lo cual, mezclado con un artículo de fondo de Almudena Grandes sobre la santa Maravillas y los balanos embravecidos de los garañones republicanos, puede haber llevado a Hernández y Perea a exclamar «¡Santo Cristo, qué final!», remedo del «¡Santo Cristo, qué principio!» de doña Inés al escuchar en su celda de labios de Brígida el comienzo de la epístola amatoria de don Juan. ¡Y nos lo queríamos perder! Tierno, que no leyó a la Grandes, pero que fue alcalde, sostenía que el de don Juan es un drama teológico: el único personaje universal que se ha olvidado de Dios. Tisbea: «Advierte, mi bien, que hay Dios y que hay muerte». Don Juan: «¡Qué largo me lo fiáis!» El hecho, según Tierno, es en sí inaudito: tiene mayor gravedad que la insumisión de Caín, pues es el más grave suceso del alma olvidarse de Dios. «Estar sobre sí dentro del vértigo de la vida más intensa es la actitud del Burlador cuando momentos antes de la entrega de Tisbea, la bella pescadora, ironiza haciendo apartes. Ésta es la esencia del barroco, la razón ebria de vida, y lo que un análisis somero descubre en Lope, Quevedo, Tirso y, en general, en el seno de lo español, que quizá no sea, hasta ahora, sino perenne barroco». Pero los cómicos zapateriles, que leen entre líneas, creen que Tirso quería traer la República.