Ángel Antonio Herrera - CARTAS A LA ALCALDESA

Botellón

Urge someter este desmadre del Dos de Mayo, alcaldesa, porque una cosa es el ánimo festivo y otra el picnic de basuras que se apareja en la zona

Ángel Antonio Herrera
MADRIDActualizado:

Como el invierno emigra, toca en la calle el despliegue del botellón, que pone orquesta de bullicio y cuplé de envases en la noche insomne, o casi, de Madrid. No vamos a hablar aquí del botellón, en general, sino del botellón en la plaza del Dos de Mayo y, de paso, en sus placitas aledañas, donde la costumbre del botellón se hace acampada de imposible convivencia por estas fechas, y hasta pasado el verano. Duele escribir contra el albedrío callejero, pero urge someter este desmadre del Dos de Mayo, alcaldesa, porque una cosa es el ánimo festivo del madrileño y otra el picnic de basuras que se apareja en la zona, a partir del crepúsculo.

Urge someter el desmadre, y urge desde siempre, lo que quiere decir que toda solución, aquí, ha sido estéril, y que el millar de multas impuestas por el Ayuntamiento a los consumidores, durante el año pasado, no sirve de nada. El futuro lo tiene todo del pasado que no cesa. Pasé en la noche de los libros, por esta plaza, y escribo pasé porque por ahí solo existe el paso, nunca el paseo. He vuelto una de estas noches recientes de medios fríos, y el panorama es el mismo, un cementerio de latas vivas y una afición que trasnocha dándole al frasco.

Conste que militamos en el amor a los bares, en la pasión por Malasaña, y en el embeleso por la juventud que anida bajo el cielo raso, a lo que venga, pero no se puede consentir que el cachondeíto del botellón apague la vida vecinal de la zona, que es lo que está pasando. El botellón es intratable, por faltón, y por sucio, y es intratable sobre todo para los vecinos que lo padecen, unos vecinos que son el alma de esta ciudad amable, charlatana, vacilona y cañí.

Estamos hablando de un barrio que tiene seiscientos bares, y que tiene poco más de treinta mil habitantes. Ojo, que los vecinos se acabarán yendo, porque el malestar obliga, y así dejaremos el centro de la gran ciudad bajo la obra de los pisos turísticos, el safari de los lateros y el desmadre de los bebedores de botellón, que naturalmente también convierten el barrio en urinario alegre. No creo que sea urgente la subida de las multas, alcaldesa. Pero la cosa urge.

Ángel Antonio HerreraTodos los artículos de Ángel Antonio Herrera

Ángel Antonio HerreraÁngel Antonio HerreraArticulista de OpiniónÁngel Antonio Herrera