Batalla campal en Arturo Soria durante la noche de San Juan entre jóvenes y policías

En la noche de San Juan, unos comparten su pan y otros, como los jóvenes y adolescentes a la orilla de Arturo Soria, tragos de vino y rosas a la luz de la tradicional hoguera y de los consiguientes

Vicente A. Pérez
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En la noche de San Juan, unos comparten su pan y otros, como los jóvenes y adolescentes a la orilla de Arturo Soria, tragos de vino y rosas a la luz de la tradicional hoguera y de los consiguientes fuegos artificiales que celebran la llegada del 24 de junio. Tras la medianoche, niños y mayores habían regresado a sus casas y los muchachos se reunieron en el Parque San Juan Bautista a seguir compartiendo botellones y jolgorio, pues la noche es breve, la más breve del año, y el amanecer está más cerca que nunca. A eso de las tres de la madrugada, ya apagados fuegos y hoguera, incontables sombras (tal vez quinientas, pues no es fácil contar las sombras) se amontonaban sobre el césped del parque o sobre el cemento de la próxima cancha de deportes. Desde la cercana calle Agastia, media docena de policías municipales observaban el devenir de aquella cita que ya se ha convertido en habitual todos los viernes, pero que en esta ocasión había roto todas las previsiones por tratarse de la noche de San Juan.

A esa hora, pasadas las tres, el estruendo de tambores y timbales que un grupo de jóvenes llevaban toda la noche aporreando, fue tal que los agentes decidieron que ya era hora de que la música, o lo que fuera, parara. Vano intento. Media docena de agentes estaban perdidos entre aquella multitud y sólo contaban con el apoyo solidario de los vecinos que, asomados a las ventanas de los cercanos edificios, aguardaban el momento de poder regresar a sus camas. El segundo intento fue con más refuerzos y ya con agentes pertrechados para hacer frente los disturbios que anunciaba el tantán que atronaba la noche y al vecindario. Fue entonces cuando de entre las sombras surgió una botella, cruzó la noche y se estrelló en la cabeza de un agente. Se desataron las hostilidades: las botellas de cristal, más vacías que llenas, de litrona o de güisqui o de ron, llovían sobre los policías, quienes se veían impotentes ante lo que se les venía encima.

A las tres y media, la batalla campal recordaba imágenes recientes: contenedores volcados, carreras, cristales por doquier, coches destrozados. Las emisoras de los coches policiales, municipales y nacionales, no daban abasto; en quince minutos, la calle Manuel del Valle, que une la de Arturo Soria con el Parque de San Juan Bautista, se colapsó con más de cuarenta vehículos, cuyas luces dejaban ver a los primeros jóvenes esposados y a una decena de agentes contusionados que eran ayudados por sus compañeros. Dos furgonetas del Samur y el helicóptero sobrevolando la zona, se sumaron al espectacular escenario. También decenas de policías de paisano, confundidos entre vecinos y alborotadores, tuvieron que colgarse al cuello el medallón con la placa identificativa para cumplir con su misión. Durante al menos quince minutos, las carreras por las calles de Agastia, Cidamón y Torrelaguna se sucedieron ante el asombro y el temor de los vecinos que ya apenas se atrevían a asomarse a las ventanas. Sólo a las cuatro de la madrugada, cuando el imponente despliegue policial, uno de los mayores que se recuerdan en los últimos meses en Madrid, consiguió despejar el parque, esos vecinos se atrevieron a bajar a la calle, a su calle, convertida en una alfombra de basura y cristales rotos.

«Diez de nuestros compañeros se han jugado la vida», comentaba con el nerviosismo en la mirada un policía municipal. Otros agentes comprobaban los daños en los vehículos, tanto en los oficiales como en los particulares que estaban aparcados en la zona; una zona en la que se dan la mano los edificios de ladrillo pobre secado al sol y los lujosos pisos de ladrillo vitrificado y gresificado. Son precisamente los vecinos de viviendas más humildes quienes tienen a la puerta la inseguridad que ha llegado a su parque y a sus calles, aunque tampoco se libran del miedo los cercanos y lujosos bloques que ocupan los solares de los coquetos hoteles unifamiliares que ideó Arturo Soria. Al decir de los jóvenes que allí habitan, el parque que antes fue festivo y pacífico, ahora se halla sumido en la violencia, desde los robos y apuñalamientos a los intentos de violación; dicen estos jóvenes que el lugar se ha convertido en campo abonado para una minoría de camorristas y pedencieros que campan a sus anchas ante la escasa vigilancia policial y la facilidad para la huida por las numerosas y sombrías calles.

A las cinco de la madrugada, mientras la Policía levantaba el dispositivo y alguna sombra aún buscaba entre la basura botellas perdidas en la batalla para apurar el último trago, el personal de limpieza se puso a la labor, a una ingente labor que se prolongó hasta las ocho de la mañana pues la noche de San Juan, que es la noche más corta del año, acabó como el rosario de la aurora: al amanecer y dejando tras sí contenedores repletos de violencia.