Baden Baden

Por MANUEL MARÍA MESEGUER
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Alguien tenía que vérselas con don Francisco Silvela y refutar de una vez por todas la única frase de su larga vida pública que ha llegado a la posteridad popular madrileña. Puede desazonar que después de una vida dedicada a la política, con una trayectoria que le llevó desde el ala liberal del Partido Conservador, en el último cuarto del siglo XIX, a presidir el Consejo de Ministros y convertirse en un regeneracionista del 98 solamente quede de Francisco Silvela, además del nombre de una ruidosa avenida, una frase más bien tontorrona y como de pícaro castizo tirando a farruco. "Madrid en agosto, con dinero y sin familia, Baden Baden", dicen que dijo el prócer, aunque la simple contemplación de la imagen de este caballero y la actividad política que desplegó hacen dudar que se le ocurriera a él sentencia tan picante y como de guiño a sus presuntamente rijosos contertulios.

Pero procediera de él o no la frase, hizo fortuna y se ha venido repitiendo a cada oleada de inmigrantes, nacionales o extranjeros, como si se tratara de un lema de obligado aprendizaje para los nuevos madrileños. Sin advertir que a caballo de los siglos XIX y XX, en Madrid no habría más allá de medio millón de habitantes y una docena de automóviles cuyos estertores debían de espantar a las caballerías de los coches de punto que llenaban de bostas las calles de la capital. Madrid no llegaba ni de lejos a los límites del Arroyo del Abroñigal, actual M-30 de nuestros pesares, el más depurado cepo para automovilistas ideado por administración municipal alguna. Además, por elegante que fuera, Baden Baden debía de ser una ciudad balneario bastante aburrida, aunque sin duda hermosa, al estilo de las checas Karlovy Vary, Marienbad o Frantiscovy Lazne, repletas todo el año por la senectud alemana y rusa, indistintamente.

Desde aquella ciudad tan magra de gente, don Francisco Silvela nunca hubiera sospechado un Madrid como el de ahora. No tanto la ciudad minada, desforestada y creativamente destruida que nos amenaza, sino la de los barrios multiculturales como Lavapiés o las terrazas de la Castellana repletas de veraneantes madrileños (250.000 más que el año pasado, según informó este periódico) o plazas como la de Olavide o los espectáculos estivales que se desperdigan por las cuatro esquinas de la ciudad. Si encima amanece como ayer, orvallando agua tímida, entonces sí, don Francisco, Baden Baden.