Agua solidaria para Perú

POR LETICIA TOSCANOPISCO (PERÚ). Cuatro horas de viaje en autobús a través de un seco e inhóspito desierto separan Pisco de Lima, la capital de Perú. Siete meses después del terremoto que acabó con la

POR LETICIA TOSCANO
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Cuatro horas de viaje en autobús a través de un seco e inhóspito desierto separan Pisco de Lima, la capital de Perú. Siete meses después del terremoto que acabó con la vida de cientos de pisqueños y de habitantes de las localidades limítrofes, la ciudad parece bombardeada. El seísmo del pasado 15 de agosto, el más fuerte sufrido en Perú en los últimos 50 años, destruyó más de 35.000 viviendas, y muy pocas se han vuelto a poner en pie.

Así, grandes explanadas vacías sorprenden al visitante entre las calles; en algunas, apenas se mantienen en pie tres casas. Donde se levantaba el hotel Embassy, de seis plantas, ahora no queda nada. Tampoco queda una piedra en lo que era el hospital. Las dos torres laterales de la Iglesia de San Clemente se mantienen como testigos mudos de la tragedia que se vivió bajo los muros del templo: allí murieron sepultados doscientos fieles que asistían a misa cuando se desató el terremoto de 7,9 grados en la escala Ritchter.

La ciudad sigue con su vida, ahora sin escombros, mientras los damnificados sobreviven en casas prefabricadas de madera esperando a que el Gobierno rehaga las viviendas. La mayoría de los habitáculos, ni siquiera tienen techo. Pero Pisco, al fin y al cabo, es una ciudad de relativa importancia, en la que los residentes vuelven a disfrutar de los servicios mínimos, como la canalización de aguas.

Poblaciones aisladas

Sin embargo, a pocos kilómetros de la ciudad más damnificada, pequeñas localidades sufren las graves consecuencias del terremoto. En estos pueblos aislados, en los que apenas viven un centenar de familias, el seísmo no sólo acabó con los inmuebles, sino que también destrozó las precarias canalizaciones de agua existentes, dejando a los lugareños sin agua potable. Es el caso de El Palmar, donde los niños enfermaban constantemente al beber agua de un pozo, contaminada con excrementos fecales humanos y animales, que hervían como única medida profiláctica ante posibles afecciones.

Con este panorama se encontraron los miembros de la ONG Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF) cuando llegaron después del terremoto. Hoy, siete meses más tarde, los habitantes del poblado de El Palmar cuentan con una planta potabilizadora de agua que les permite beber con seguridad y evitar las enfermedades infecciosas que atacaban, sobre todo, a los niños y a los ancianos. La instalación de la planta se incluyó dentro del proyecto «Agua Solidaria» que está llevando a cabo el área de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid. Además de la potabilizadora de El Palmar, los municipios de Humay y San Tadeo-Paracas también cuentan con una planta con la que abastecen a miles de familias y a un total de 20.000 personas. En esta zona, el Ayuntamiento ha invertido 122.000 euros.

Gratitud

La gratitud de los lugareños hacia los representantes de la ONG y del Consistorio madrileño, que visitaron recientemente los proyectos, es más que patente. La comitiva es recibida con aplausos y banderas que intentan simbolizar el hermanamiento entre ambos países. «Por primera vez bebemos agua cristalina», explica Jenny, una madre de familia del poblado de Los Bernales, con lágrimas en los ojos a Tomás Vera, asesor del área de Medio Ambiente en el Ayuntamiento. La mayoría de los que reciben a los visitantes son mujeres y niños: los hombres están en el campo, ya que la forma de vida de estos pueblos se basa en la agricultura y la ganadería. «Que la gente ya esté trabajando en sus cosas es buena señal, significa que todo va hacia delante y siguen con su vida», comenta Fernando Carballo, vicepresidente de BUSF, al tiempo que bebe agua de la potabilizadora: «Es segura, cumple con los parámetros de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y no hay ningún peligro», sentencia.

En el momento del terremoto, la ONG entregó a los damnificados carpas de plástico donde guarecerse provisionalmente. Hoy, estas soluciones habitacionales se han incorporado al interior de las nuevas casas: en muchos casos se utilizan para agregar una habitación a los domicilios y, en otros, aprovechan el plástico para proporcionar un mayor aislamiento a las casas, casi todas hechas de adobe. Precisamente, el material de las viviendas contribuyó a que la magnitud de la catástrofe fuera mayor, ya que las casas de adobe se desplomaron completamente, sin dejar huecos en los que pudiera haber supervivientes.

La sombra de la tragedia

Las nuevas construcciones, lejos de estar preparadas para los seísmos, siguen los patrones de las antiguas viviendas, por lo que la tragedia podría volver a repetirse. A pesar de que todo ha sido muy difícil, el ánimo entre los habitantes de Humay es positivo. «Aquí murió gente y nos quedamos todos muy bajitos de moral pero poco a poco volvemos a la normalidad», explica Mariana. En Humay, donde en algunos inmuebles hay desagües, todo un lujo en la zona, agasajan a los invitados con un plato de la región, el denominado «manchapechos», compuesto por tallarines y papas secas en salsa de tomate picante. Según explican las mujeres de la localidad, el picante, en contra de lo que podría pensarse, ayuda a combatir el calor, que en la zona pasa de 38 grados sin que corra aire.

Pero la región montañosa de Ica, donde se enclava Pisco y el resto de los pueblos afectados por el terremoto, no es la única que tiene problemas para acceder al agua potable en Perú. En la otra punta del país, la zona de Loreto acoge la vertiente peruana del río por excelencia: el Amazonas, donde, según fuentes de BUSF, se encuentra el 25 por ciento de las reservas de agua dulce del planeta. «Tan cerca y tan lejos a la vez» piensan los habitantes de la provincia de Maynas, en Loreto, donde muchas poblaciones no cuentan con agua potable.

En esta región, el trabajo de BUSF y del Ayuntamiento de Madrid comenzó en 2005 cuando cinco niños murieron por una enfermedad que se denomina leptospirosis, causada por ingerir agua en mal estado. A partir de entonces comenzaron a instalarse varias plantas potabilizadoras de aguas en poblaciones como Los Delfines, San Andrés o Isla Iquitos. Este año, se ha puesto la primera piedra de las que serán las plantas potabilizadoras de Quisto Cocha y Padre Cocha, dos enclaves paradisíacos a los que hay que acceder en barco y cuya población no dispone de los servicios más básicos. La inversión total ha sido de 2,5 millones de euros, y se benefician del proyecto 350.000 personas.

En esta zona de la selva amazónica, las casas, realizadas con madera y con techos de hojas de los árboles, están prácticamente vacías, y sólo en algunas hay algún que otro banco de madera donde sentarse y evitar el suelo. La pobreza de los habitantes de estas localidades, en las que la mayoría de los niños andas descalzos y no hay luz eléctrica ni alcantarillado, contrasta con el número de bares y tiendecitas que hay en sus calles: en ningún lugar falta un sitio donde beber Inca Kola -un refresco típico de Perú- o una cerveza Cuzqueña.

Además de las plantas potabilizadoras instaladas -se espera que a finales de este año se alcance la cifra de 12 instalaciones- las condiciones de la zona han facilitado la creación de dos embarcaciones medicalizadas que, continuando con la conexión madrileña, responden a las siglas de Samur.

Samur Amazónico

Estos vehículos atienden a 250 poblados y llevan a bordo a un médico, un obstetra, un odontólogo y tres enfermeras. Este equipo llega a localidades a las que se tarda más de 8 días en llegar en barco y ellos reducen el tiempo a ocho horas. Se pusieron en marcha hace un año, y en este tiempo han atendido a 8.000 personas que residen en la cuenca de los ríos Tigre, Putumayo, Nanay y Marañón, todos ello afluentes del Amazonas. Madrid está tan presente en esta parte de la selva amazónica que las dos ambulancias fluviales llevan el nombre de los conocidos hospitales madrileños «La Paz» y «12 de octubre». Además, hay dos barcos cisternas que surcan los ríos para llevar agua a los sitios más recónditos que reciben los nombres de «Cibeles» y «Neptuno».