Los porteros, en la puerta del local, en Vallecas
Los porteros, en la puerta del local, en Vallecas - ABC

El Patio de VallecasEl «after» infernal que aterroriza a un barrio de Madrid

Los vecinos de Vallecas no entienden cómo el Ayuntamiento no cierra el local, pese a las peleas y agresiones

MADRIDActualizado:

«No se puede vivir así». «Aquí no hay quien duerma». «No necesitamos despertador». «No hay derecho a soportar esta situación». «Estamos hasta las narices». Eso, entre otras cosas, dice un grupo de vecinos de varios edificios situados en la confluencia de la calle de Santa Julia con Puerto Alto en el casco viejo del distrito de Puente de Vallecas. El motivo de sus protestas y de su hartazgo es un «after» ilegal, denominado El Patio, que, según explican, lleva unos tres años haciéndoles la vida imposible.

Aluden al alboroto, griterío, a las peleas, agresiones con cuchilladas incluidas, robos... Que protagonizan los clientes del establecimiento. Este hace esquina, ya que está enclavado en el número 28 de la calle de Santa Julia y linda con el número 15 del inmueble situado en la calle Puerto Alto. Aunque son los bloques más afectados no son los únicos. «El local tiene licencia de bar-cafetería, pero obviamente no funciona como tal. El horario es restringido: de cinco o seis de la mañana hasta las nueve o diez», dicen.

«Abre unas cuatro horas al día y se ve que ese tiempo es suficiente para que consiga beneficios o hacer negocio, sino no lo entiendo», explica una de las afectadas, que prefiere no decir su nombre. Tienen miedo a las represalias de los encargados del local, todos dominicanos, y de los fornidos vigilantes que aparecen de vez en cuando en cuanto intuyen la presencia de los periodistas.

«Hasta cocinan dentro. Por eso, sabemos cuándo van a abrir, porque durante el día guisan», agrega María, nombre ficticio. El local estaba antes regentado por heavies que no les daban ni un solo problema, indica: «Desde que llegaron los dominicanos no nos falta ninguno».

Aunque han cambiado de dueño y ahora lo regenta una mujer, la situación no ha mejorado, ha ido a peor. «Cada dos por tres está aquí la Policía. El otro día vinieron media docena de coches patrulla y hasta el comisario. Creo que fue cuando se apuñalaron. Hemos denunciado en la Junta Municipal los olores, ya que, como no tienen una salida de humos en condiciones, se cuela por la escalera de uno de los edificios, por el patio interior y la calle, al margen del ruido, pero no hemos conseguido nada», dice esta mujer, resignada. Ella coincide con Pedro: «Les deben de avisar, porque cuando ha llegado el técnico de medioambiente no tenían cocina ni armaban follón»

Para colmo, ahora con el calor apenas pueden dormir. «Cuando te has echado el primer sueño, llegan en manada un grupo grande y se ponen a esperar a que abra el establecimiento. Hablan, gritan, consumen drogas, y así es imposible conciliar el sueño», tercia Manuel. Desde luego, los vecinos lo tienen muy claro. «Nos hacen la vida imposible. Y, si les llamas la atención, toman represalias. A unos que salieron al balcón a recriminar su actitud les lanzaron botellas», agrega Matías.

Consumiendo en la calle

«Yo no sé lo que hay dentro; solo te puedo decir que una mañana vino a primera hora de la mañana un técnico para instalarme la fibra óptica y estaba asustado. Me dijo que había chicos consumiendo drogas en el capó de los coches y peleándose», precisa.

Pedro, otro de los afectados, asevera: «A mí no me molesta que esté abierto. Lo que me molesta es vengan a las 5.30 un montón de chavales, que tiren los contenedores de basura, que pasen con el coche con la música a todo trapo...». Los residentes dicen que la encargada lo niega todo y que lo que ocurre es que les hemos cogido manía y que hay que respetar las diferencias. Y a nosotros, ¿quién nos respeta? No puede ser que nos tengamos que aguantar o que ir nosotros por su culpa después de llevar aquí toda la vida. No hay derecho», espeta Jesús.

Otra vecina dice que, además de trapicheos, las movidas entre los clientes del «after», hacen sus necesidades fuera y lo dejan todo perdido. «Yo no sé lo que hay ahí dentro, pero nada bueno. Hay niñas muy jovencitas», dice otra señora que tilda la situación de «horrorosa».

Tal es así que dice que ha cogido miedo. «En el portal no abrimos a nadie (damos fe de ello) si no estamos seguros de quienes son;no sabemos con quién nos vamos a encontrar. Esta zona está fatal; se ha deteriorado mucho: «Estoy deseando vender el piso e irme. Yeste punto negro –por el «after»– es la guinda al pastel»: «Yo, cuando salgo y vengo tarde, cojo un taxi hasta la puerta de casa y le digo que espere. A ver si el Ayuntamiento hace algo porque esto es inaguantable».