Imagen de «El cementerio de automóviles», montaje del Centro Dramático Nacional y que, según Juan Carlos Pérez de la Fuente, «huele a España por los cuatro costados: obsesiones, miedos, sueños negros y ansias de libertad»

La Abadía estrena hoy «El cementerio de automóviles», en montaje del Centro Dramático Nacional

MADRID. Carlos Galindo
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En «El cementerio de automóviles», obra escrita en 1957, Fernando Arrabal presenta una sociedad moribunda, en desintegración, carente de valores. Los personajes ocultos en coches inutilizados, están condenados a una desagradable convivencia y reaccionan violentamente, preocupados solamente por las funciones vitales básicas. A esas relaciones enfangadas, entre las que sobresale la extraña pareja de Milos y Dila, ahora dominadora y cruel, ahora dominada y sumisa, se opone la llegada de un personaje, Emanu, un músico que respira la caridad y cuya historia se alienta en los ecos de Jesucristo, y que funcionará como víctima propiciatoria.

Este montaje, una de las últimas creaciones del Centro Dramático Nacional, se estrenará hoy viernes en la Sala San Juan de la Cruz, del teatro de La Abadía, uno de los escenarios ajenos al del María Guerrero, que continúa en obras.

Arrabal comenta de su propia obra: «Las aventuras iconoclastas me seducían. La belleza o el horror eran las últimas expresiones de lo verdadero. Incluso cuando delante de mí pasaba la vida por la calle del Pez, como un arroyo en un anubarrado atardecer sombrío».

Para el autor, el protagonista de «El cementerio de automóviles» casi siempre lo interpreta un actor de gran belleza. Como si mi cuerpo no me hubiera abrumado en mi primera adolescencia. Intentaba escribir al dictado de mi miseria física, de mi síquica inquietud y del frenesí animal que me arrebataba. Pero también lo hacía a la “escucha” de mi padre fugado, de mis congojas, de mi esperanza loca y de mi desesperanza cuerda. Porque mi existencia (como la de muchos adolescentes españoles de aquella época, como la de los “okupas” de hoy) era tan hermosa como superflua. Quizás sea ésta la misteriosa razón por la que “El cementerio de automóviles” se alzó casi inmediatamente (hasta hoy) como testimonio de la desgracia del ser humano y de la gracia de las cosas».

«¿Era esta función el reflejo del alma y del cuerpo de lo que me rodeaba en el Madrid de los primerísimos 50? —continúa el autor en la presentación de la obra— ¿Era el espejo de la Humanidad marginada de ayer y de hoy? La magia o la rudeza de las diferentes representaciones aparecen como si la obra no me perteneciera. Confundido por las “puestas en escena” tan contradictorias pregunto: ¿qué quise decir? Como cuando la misma semana veo el mismo “Cementerio” interpretado al borde de la histeria genial en la Vallée de Joux y de la inocencia más pura en Berlín».

«...Este cementerio de automóviles arrabaliano huele a España por los cuatro costados: obsesiones, miedos, sueños negros y ansias de libertad. Diablos que saltan de los lienzos de El Bosco a la atormentada mente del poeta, y aguafuertes de Goya, y reglas de curas que rasgan la piel blanca de las manos inmaculadas de un niño, y letanías infinitas, y madres represoras y padres encarcelados... Siglos de España» comenta Pérez de la Fuente sobre la obra de Fernando Arrabal.

Bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente, a su vez responsable del Centro Dramático Nacional, que ha recuperado esta obra de un autor español vivo para la compañía nacional, dan vida a los distintos personajes «arrabalianos» en este drama contemporáneo, que ya tuvo una primera puesta en escena madrileña a finales de los años 70) Carmen Belloch (Lasca), Paco Maldonado (Tiosido), Juan Gea (Milos), Natalia Millán (Dila), Alberto Delgado (Emanu), Juan Calot (Topé) y Roberto Correcher (Foder), además de los «habitantes» de los automóviles: Israel ruiz, Humberto Orozco, Rodrigo R. Sáenz de Heredia y Jaime Morate.