«¡Oh yo!»

«¡Oh yo!»

IGNACIO RUÍZ QUINTANO
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La España ZP (Zombis Parados) celebra su marcha en Madrid, donde las gentes quieren que uno les hable de amor, como si uno fuera Marañón. El que quiera saber algo de amor, que no pregunte hoy a un plumilla -ni siquiera a un poeta-, sino a un doctor, aunque venga de Cuba, como Llamazares. «¿Y el amor? ¿Para qué sirve el amor?», preguntaron a Luis Miguel Dominguín. «Para todo -respondió-. El amor es la gran fuerza, porque el amor es egoísta. Es, sobre todo, absolutamente necesario para todos los que somos tímidos». Si en vez de preguntar a Dominguín preguntaran a Zerolo, que sabe del amor por lo que ha leído en los libros, contestaría que, según Al-Sari Al-Siqtî, autor que todavía no ha llegado a las Escuelas Aguirre, el amor sólo logra la perfección cuando el amante le dice al amado: «¡Oh yo!» ¿Oh yo? Como lo oye: «¡Oh yo!» Eso no viene en la más bella doctrina humana del Amor, que nació a los postres del «Simposio» platónico. Platón, como se sabe, era incapaz de deslindar la matemática de la erótica. Por cierto, ¿se acuerdan ustedes de la pelandusca veneciana del asqueroso Rousseau? A la pelandusca, que se llamaba Zulietta, le faltaba un pezón, y como al príncipe del sentimentalismo criminal le diera por hacerle ascos, Zulietta lo despachó con lo que en buena literatura forense se conoce por cajas destempladas: «Zanetto, lascia le donne e studia la matemática». (Juanito, deja las mujeres y estudia las matemáticas.) El filósofo Sloterdijk, que lo ha escrito todo sobre las esferas, sugiere que toda historia de amor no es en el fondo sino un ejercicio geométrico, concretamente una tentativa de acceder a la redondez y de reconstruir la primera esfera. Como sé que un San Valentín sin novia es como una Nochebuena sin madre, en darle vueltas a la sugerencia de Sloterdijk tienen los solterones un buen entretenimiento para la noche de sábado. Los solterones son hombres superiores, y las mujeres asnas son la perdición de esa clase de hombres: los cenobitas, decía el mejicano Julio Torri, secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones. Mas no sólo de mujeres vive el hombre. Ni sólo de ellas muere.

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