Torcuato Fernández-Miranda durante el debate del proyecto de Constitución Española en 1978
Torcuato Fernández-Miranda durante el debate del proyecto de Constitución Española en 1978 - EFE
PROTAGONISTAS DE LA TRANSICIÓN

Fernández-Miranda: de la ley a la ley

El que fuera presidente de las Cortes redactó el borrador de la Ley para la Reforma Política en tan solo un fin de semana de agosto de 1976

MadridActualizado:

- «¿Torcuato, quieres ser presidente del Gobierno o presidente de las Cortes?»

Finales de 1975. La salud de Franco empeora y el Príncipe Juan Carlos se prepara para asumir la Jefatura del Estado. Lleva años trabajando junto a su principal consejero, quien en los años 60 había sido su profesor de Derecho Político, Torcuato Fernández-Miranda (Gijón, 1915-Londres, 1980), con quien desde entonces mantuvo una excelente relación. Una vez que el Rey sea proclamado la prioridad es cubrir los dos puestos claves para lanzar su plan reformista. Cuando Don Juan Carlos le da a elegir, Fernández-Miranda se enfrenta a la decisión más difícil de su vida política. La respuesta había sido largamente meditada:

- «Señor, el hombre político que soy quiere ser presidente del Gobierno, pero le seré más útil en la Presidencia de las Cortes».

Al tomar esa decisiónFernández-Miranda renuncia a su mayor ambición y lo hace por su sentido de la lealtad, del deber y de la responsabilidad. ¿Y por qué Fernández-Miranda tiene en 1975 la conviccción de que sería más útil en las Cortes? Por dos motivos vinculados a su doble condición: el catedrático de Derecho Político que se esforzó en desenmarañar la Historia de España y que estudió a fondo la arquitectura legal del franquismo; y el político que se preocupó por conocer a las personas que en el régimen ejercían el poder. De la combinación de ambas facetas surgió la estrategia que Fernández-Miranda puso al servicio de Don Juan Carlos y que él mismo expresó con nitidez: el proceso de Transición del franquismo a la democracia se debía realizar «de la ley a la ley a través de la ley». Sin rupturas traumáticas que dieran paso a la revolución, como quería la izquierda en el exilio; sin continuismos inmovilistas que excluyesen de nuevo a una parte de los españoles, como pretendía el sector más ortodoxo del franquismo; y sin vacíos de poder que dieran lugar a la violencia.

El presidente de las Cortes y el del Gobierno hablaron uno por uno con todos los procuradores para que avalaran la Ley para la Reforma Política

Desde la Presidencia de las Cortes -cargo que ocupó desde diciembre de 1975 hasta mayo de 1977- Fernández-Miranda se centró en sacar adelante la que fue su gran obra jurídica y política: la Ley para la Reforma Política. El borrador de la Ley lo redactó en un fin de semana de agosto de 1976 antes de entregárselo al presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, («Aquí tienes esto, que no tiene padre»), que se ocupó junto a sus ministros de perfeccionarlo y llevarlo a las Cortes para su tramitación y votación. Ya en las Cortes, Fernández-Miranda modificó sibilinamente el reglamento para propiciar un debate abierto en torno a la reforma. El presidente de las Cortes y el del Gobierno se encargaron de hablar uno por uno con todos los procuradores (ni más ni menos que 540) para convencerles de que avalaran con su voto un texto que en la práctica suponía la derogación formal del franquismo. Aquella operación jurídica y política, que Torcuato dirigió magistralmente desde la Presidencia de la Cortes, fue el día que desapareció el franquismo. La Prensa lo bautizó como el «harakiri». Y Fernández-Miranda supo que su labor al servicio del Rey y de los españoles había terminado. En la unión de su vocación universitaria y de su ambición política estuvo la esencia del comportamiento de Fernández-Miranda, una persona capaz de renunciar a su gloria personal por el bien común: un hombre de Estado.

TEODORO NARANJO DOMÍNGUEZ
TEODORO NARANJO DOMÍNGUEZ

Ojos y oídos del Príncipe

Dos veces catedrático de Derecho Político (Universidad de Oviedo, 1945 y Universidad de Madrid, 1968), su tránsito hacia la política fue una evolución. La primera vez que se sentó en las Cortes como procurador lo hizo por su condición de rector de la Universidad de Oviedo, un cargo que ocupó en 1951 con tan solo 30 años por designación del renovador Joaquín Ruiz-Giménez, ministro de Educación. A partir de ahí fue poco a poco escalando en la Administración durante más de veinte años: en los cincuenta, director general de Enseñanza Media y de Universidad; en los sesenta, delegado nacional de Cultura y director general de Promoción Social; y en los 70 ministro secretario general del Movimiento y vicepresidente del Gobierno hasta el atentado que acabó con la vida del presidente, el almirante Luis Carrero Blanco. En aquel momento la lógica castrense de Franco dictaba que el sucesor fuera el vicepresidente Fernández-Miranda. Además, en los quince días posteriores al atentado demostró sus habilidades políticas gestionando con serenidad la mayor crisis política de las postrimerías del franquismo. Sin embargo, Franco cedió a las presiones del búnker («cualquiera menos Torcuato») y le expulsó de la política. Esa fue la primera vez que estuvo a punto de ser presidente, y no lo fue.

Fernández-Miranda aceptó el cargo para convertirse en los ojos y oídos del Príncipe Juan Carlos

Era enero de 1974 y, tras 20 años en política, Torcuato fue nombrado director del Banco de Crédito Local, por lo que dispuso repentinamente de tiempo. Un año después publicó «Estado y Constitución», una obra científica atravesada por la lógica democrática y que revela las raíces de su pensamiento. En las entrevistas que concedió a distintos periódicos aprovechó para renovar su compromiso de futuro con el Príncipe Juan Carlos.

No era la primera vez que Fernández-Miranda proclamaba públicamente su lealtad al Príncipe y su compromiso con el aperturismo. Seis años antes, en 1969, protagonizó dos escenas poco comunes en las altas esferas del régimen. Fue nada más ser nombrado ministro secretario general del Movimiento, un cargo que aceptó («pero si no soy falangista», le dijo a Carrero cuando se lo propuso) para convertirse en los ojos y los oídos del Príncipe («Hay que ser ministro, aunque sea de Marina», explicó a un colaborador que le alertaba de las consecuencias de ocupar un cargo tan señalado).

A diferencia de todos sus antecesores, juró el cargo con camisa blanca, y no azul Falange, en un gesto valiente y casi revolucionario que le generó importantes enemigos entre los falangistas (los mismos que en 1973 dirían «cualquiera menos Torcuato» e impedirían su nombramiento como presidente). En el primer acto público que presidió como ministro mostró la preceptiva lealtad a Franco, pero añadió unas palabras: «Y lealtad al Príncipe de España». En la suma de esas dos lealtades se explica la trayectoria de TFM, el pasado y el futuro. Es la comprensión de que España debía subirse al tren del futuro.

La extensión de la cultura

Más allá del respeto al Estado, de la firme convicción de que la ley está por encima de todo y de todos y del rechazo a toda forma de violencia, hay otra característica en el pensamiento y en la ejecutoria de Fernández-Miranda: la educación es el único camino para el proceso social. La extensión de la cultura y la inquietud social, la búsqueda de la justicia social, está siempre presente en su vida. Tal vez por ello, cuando Alianza Popular fracasa en las elecciones de 1979, publica una Tercera en ABC en la que se ofrece a «construir una derecha con fuerte sentido social». Tal vez por eso en los años 60 pone en marcha el Plan de Promoción Obrera, que permitió ofrecer formación profesional a 800.000 personas. Tal vez por eso en los años 50 una de sus principales medidas como rector fue impulsar la cátedra de Extensión Universitaria, cuyo objeto era acercar la enseñanza superior a pueblos y ciudades que le son ajenas.

Cuando el Rey tuvo que frenar en 1981 un golpe militar, se preguntaba a sí mismo: «¿Qué haría Torcuato en un momento como este?»

Fernández-Miranda siempre se esforzó por aplicar criterios racionales en todas las facetas de su vida y siempre actuó con gélida independencia: cuando opositó lo hizo sin maestro, nunca se afilió a organización política alguna, nunca formó parte de ninguna familia del régimen... Su principal apuesta política fue colaborar con Don Juan Carlos para traer a España la democracia en forma de monarquía parlamentaria. Por ello, en 1977 el Rey le nombró caballero de la Orden del Toisón de oro, la máxima condecoración que concede la Corona española, y le otorgó el Ducado de Fernández-Miranda con grandeza de España. En 2015, cuando se conmemoró el centenario de su nacimiento, el Rey renovó su «reconocimiento» y su «honda gratitud»: «Como leal consejero siempre, o como presidente de las Cortes, Torcuato participó activamente en el diseño de la inmensa tarea de recuperar las libertades bajo el signo de la reconciliación y de la concordia».

Cuando en febrero de 1981, un año después del fallecimiento de Fernández-Miranda, el Rey tuvo que frenar un golpe militar contra el sistema democrático, se preguntaba a sí mismo: «¿Qué haría Torcuato en un momento cómo este?».