Heroísmo y silencio

ANDRÉS FREIRE
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Un coche roto, unas pintadas, amenazas en pasquines y en su casa, insultos, ataques, presiones. ¿Qué delito ha cometido Gloria Lago para merecer tanto ataque? En el fondo, no es otro que el que llevó a Sócrates a la cicuta: «No cree en los dioses en los que la polis cree». ¡Y en menudos dioses cree hoy nuestra polis galaica! Identidad, Historia, Pueblo, Lengua... Dioses arcaicos y reaccionarios que un europeo del siglo XXI no puede decir en voz alta sin provocar risas o espanto.

Gloria Lago, junto a unos pocos, osó hace años romper el vano consenso de la mal llamada normalización lingüística. Un consenso que se basaba en leyes importadas de Cataluña a las que nadie hacía caso, y el reparto de sinecuras al nacionalismo para mantenerlo callado. Cuando el bipartito quiso apretar las clavijas con esas leyes, cuando alguien en respuesta dijo «basta», se acabó al momento la preciada tolerancia gallega, y apareció entre nosotros la torva faz del feo odio.

No protesto hoy contra la muchachada radical nacionalista. Ya tenemos leyes e incluso fiscales para detenerlos. Protesto, en cambio, por el silencio cómplice de muchos. Los muchos que atizan el odio con insultos impropios de una sociedad democrática. Los muchos que aseguran ser progresistas y tolerantes pero nada dicen contra esos ataques, callando y otorgando con su silencio.

Baste como prueba su iracunda respuesta a quienes han alertado del peligro de batasunización en Galicia. En vez de aceptar la obviedad, en vez de observar las pintadas y pasquines de nuestras calles, las incipientes bombas, las manifestaciones sitiadas por furia vociferante, en vez de reconocer la verdad que grita ante sus ojos, se rasgaron hipócritas las vestiduras y protestaron no por la violencia, sino a quien alertaba de esa violencia. ¿Acaso piensan, en el fondo, que necesitan de las amenazas de unos pocos para que la mayoría acobardada acepte su proyecto nacionalista?

¿Y qué decir de los otros, los equidistantes? Se sirvieron de Gloria Lago y sus gentes para ganar las elecciones y hoy la motejan de «radical». Su «radicalidad» consiste en solicitar el derecho a ser educado en la lengua materna, lengua oficial de Galicia. Tan radical es esa propuesta que es un derecho reconocido en todos los países, exceptuando la extravagante España.

Todos sabemos a dónde conduce el camino que algunos llevan tiempo hollando. Lo hemos visto en otros tiempos, lo vemos en tierras cercanas. Sin embargo, cierta Galicia persiste en pensar que el individuo no cuenta, lo importante es la tribu; que la libertad es irrelevante si obstaculiza la construcción nacional; que la educación ha de ser instrumento de adoctrinamiento patriótico... Cierta Galicia persiste, en fin, en esa quincalla volkish cuyas consecuencias conocemos demasiado bien.

Ante tanto ataque y acoso, muchos prefieren mirar a otro lado. Permítanme que sea yo, desde esta modesta columna, quien salude el coraje heroico de quien se enfrenta, valiente y casi sola, a tanto fanatismo.