EL CALEIDOSCOPIO

El urbanismo coruñés

Todo aquello que ha dependido de la mano del poder desprende un aroma megalómano, chapucero, distante y de presentida segregación

SANTIAGO Actualizado:

LA historia pudo haber sido diferente. La primera corporación democrática salida de las municipales de 1979 aprobara el primer Plan General de Urbanismo de la era moderna por consenso, casi por unanimidad. Algo muy infrecuente, casi insólito. El ayuntamiento tuviera un primer alcalde campeón gallego de ajedrez, el nacionalista Domingos Merino; un segundo alcalde ingeniero y de centroderecha liberal, Joaquín L. Menéndez; y un concejal de urbanismo abogado laboralista y comunista, el llorado Rafael Bárez. Y muchos concejales cultos, creyentes en la regeneración democrática y en el sueño de la ilustración actualizada, documentada. Encargaron la redacción del Plan General a un equipo multidisciplinar, de técnicos municipales y asesores catalanes, madrileños y profesionales universitarios gallegos, que dirigió José G. Cebrián. En el que quien esto escribe tuvo el privilegio de participar.

El PGOU, aprobado en 1982, diseñó el Paseo Marítimo, numerosos parques y zonas verdes, un sistema de Nuevo Ensanche para Lavedra, la multiplicación de las vías de acceso, la preservación posibilista del casco histórico, un nuevo modelo de densidades de edificación, sistema de calles y plazas convivenciales, y núcleos múltiples para el desarrollo productivo. Nuevas técnicas de gestión, como las Transferencias de Aprovechamiento, permitirían equipar y dotar de espacios verdes y cívicos las áreas congestionadas por los abusos especulativos del pasado.

Todo terminó con las elecciones de 1983. Ganadas por mayoría absoluta, el PSOE introduciría precozmente en Coruña lo que extendería sistemáticamente en España: supeditación del interés general a los intereses de grupos organizados, propaganda masiva frente a la desvertebración urbanística y territorial, sectarismo y discriminación en la gestión, sacrificio del potencial del desarrollo y prioridad sistémica a la dinámica del ladrillo. Una reproducción provinciana del modelo de los Lynd en su obra clásica «Middletown». Y al igual que en España, su final vendría por la insostenibilidad de los desórdenes acumulados en la generalizada crisis actual.

Hoy Coruña es un mosaico urbano sin directrices claras, una sociedad dual entre la oficial y la real, un artefacto viario plagado de estrangulamientos y atascos, con nuevos desarrollos zonales sin estilo ni funcionalidad humana. Su atractivo sigue dependiendo de la calidad vital de su gente y de una naturaleza privilegiada. Pero todo aquello que ha dependido de la mano del poder desprende un aroma megalómano, chapucero, distante y de presentida segregación.

La acción municipal no ha carecido de resistencia y oposición. Durante un tiempo el cemento y el ladrillo taparon las vergüenzas —al menos hacen obras, decían los desencantados peatones históricos del lugar— y los togados de máximo rango consentían. Pero los excesos estaban rebosando el vaso de la permisividad y los tiempos cambiaban incluso los substratos del juicio institucional. Los poderes comenzaron a perder recursos urbanísticos, que por la demora de los tribunales se han cargado en los deberes de la nueva corporación municipal.

El último ha sido ejemplificador: una recalificación urbanística de unos terrenos expropiados a bajo precio para un supuesto campo de fútbol de un club de los modestos, el Relámpago, y luego recalificados para pompa y aprovechamiento de vanidades públicas y rentabilidades privadas. Los propietarios engañados reclamaron, y ahora los tribunales les han reconocido unas indemnizaciones millonarias a pagar por las nuevas arcas locales. Un verdadero agujero negro.

Con reflejos y sentido de futuro, el alcalde ha propuesto una Comisión de Investigación Urbanística para el ya denominado «Caso Relámpago». Con los habituales matices, ha sido aceptada por la oposición. Para la ciudadanía es una gran oportunidad de convertir la recalificación del polígono de Someso en una reflexión colectiva sobre la Memoria Urbanística de la ciudad. Porque todo cambio sincero, real y profundo, debe comenzar por el reconocimiento objetivo de lo que nos ha llevado al callejón sin retorno en el que estamos perdidos. Ya hemos tocado fondo, debemos perder el miedo a encarar la responsabilidad de la regeneración.