FRAGUA HISTÓRICA

Reformas, ¿cuándo, cómo, en qué?

Llegan tiempos más duros y de reajuste, también del estado de bienestar

ABEL VEIGA
LUGO Actualizado:

APENAS hay discurso político, también económico, en el que no se hable de las reformas. Llevamos dos años escuchando una retahíla de propuestas de reformas, término multívoco, plural, convertido incluso en arma arrojadiza por una profesionalizada clase política que se perpetúa en el poder. A unos días de un cambio de gobierno que sí tendrá que afrontar éstas, los programas electorales se mueven en la ciénaga de lo genérico, lo suficientemente ambiguo, etéreo y tal vez evanescente.

¿Por qué ahora y no antes? Acaso no eran igualmente necesarias hace meses, hace años. Ha sido el ímpetu brutal de la crisis la que ha afligido y está afligiendo a un país entero y que le abre, por fin, su conciencia crítica pero envuelta en un halo de pesimismo y castigo, castigo en las urnas al gobierno. Mas, ¿es responsable único el gobierno socialista de los cinco millones de parados?, ¿podrá crearlos el siguiente del partido popular esta vez sin burbujas inmobiliarias? Llegan tiempos más duros y de reajuste, también del estado de bienestar. Un país estancado, apático y abúlico, roto y zaherido por su propia inequidad e inoperante acción. Su necesidad de sensatez ante una deriva autocomplaciente y amnésica, hedonista y materializada en el vacío y la insolidaridad. Primero salimos de la austeridad, para comportarnos a continuación como nuevos ricos donde democracia y público, progresía y estado benefactor y subvencionador lo podía todo. El milagro español era mentira, falso, superficial, un castillo sobre un túmulo de arena inconsistente pero que aparentaba rigidez, asombro y arrogancia. Bruselas pagaba, inyectaba, invertía y nosotros a consumir, público y privado. La deuda crecía, también la familiar. Nadie quiso cortar la hemorragia, se hacía como si la misma simplemente supurase. Qué ciegos y amnésicos hemos estado voluntariamente, de aquellos lodos estos barros. Lo público y lo privado han sufrido por igual el viento de la desidia, la dejadez, la permisividad total. Reformas sí, pero ¿cuándo, cómo, cuáles y sobre qué o en qué ámbitos?

Racionalización y rigor, simplicidad y austeridad, transparencia y eficiencia parecen ser ahora los verdaderos axiomas de la actuación pública, política y económica, también social, aunque en menor plano. Hasta ahora sobre el papel. Aliviar y modernizar la excesiva y lenta burocratización. Pero, ¿por dónde y quién va a empezar? No parece que se prodiguen a corto plazo pactos de estado entre las dos grandes fuerzas de este encorsetado bipartidismo. Con los partidos periféricos no es posible ahora mismo sentarse a dialogar siquiera medidas de constricción total, de racionalización administrativa, política y sobre todo económica. La abulia administrativa de algunas comunidades donde el nacionalismo impera, decide e impone, coloca y multiplica fagocita todo acuerdo. Han mimetizado pero también superado los defectos y desidias del estado central y del gobierno de la nación. Asidos a lo público y al presupuesto el gasto se ha multiplicado hasta lo insostenible. Aeropuertos, campus universitarios, televisiones autonómicas y locales, empresas y entes públicos, organismos donde colocar a los acólitos del partido, protocolo y publicidad, y así un largo etcétera,

¿Qué necesita este país y qué calado de reformas son prioritarias? Todo, o casi todo, debe regenerarse, reconstruirse, readaptarse a una realidad distinta, vertiginosa, sin memoria. A la reforma laboral ha de seguirle una reforma fiscal, reforma financiera, reforma en la función pública, en las instituciones políticas y administrativas, reformas en la seguridad social, en el sistema de pensiones, reforma en la sanidad, en la educación en todos sus niveles, desde primaria a la universidad, y probablemente en el modelo territorial y competencial del poder en España. Estamos dispuestos a no perder más tiempo y evitar la quiebra no sólo económica, sino como país, como nación, como presente y futuro? Sin reformas nos vamos a la deriva. Sin enderezar un rumbo claro, firme y seguro nos resquebrajamos. Sin apelar a los valores, a los principios, al ahorro, a la austeridad de nuestras propias posibilidades, a erradicar los comportamientos corruptos que cimbrean tanto lo público como lo privado con una pasmosa laxitud y permisividad social, nos debilitamos como sociedad y comunidad. Pero no caigamos en el error de distorsionar funcionalmente la realidad.

No puede hacerse todo a la vez, pero tampoco demorar todas las partes para perder el resto o la totalidad. Hace falta audacia y coraje, decisión y contundencia desde la convicción y una profunda credibilidad y transparencia. Las economías europeas están estancadas. La constricción atenaza el futuro, la recesión vuelve a estar ahí, asomándose. Incluso los motores alemán y francés se ralentizan de nuevo. La crisis de confianza que los mercados no hacen sino hacer más patente está minando la esperanza en un crecimiento continuado. Los mercados, amén de especulación e inversión, son también el reflejo de cómo nos ven y se valoran y analizan las cosas, por mucha estrategia y dilemas que se emplean. Juegos de suma cero. Dilemas del prisionero. España necesita adoptar ya una política de reformas integrales, indubitadas, contundentes. Atajar la hemorragia, pero también practicar cirugía. Ya no valen apósitos ni contemplaciones ni tardanzas. Grecia es un espejo distorsionador y convexo, Italia está ya en la miríada de lo que puede suceder.

Sin una reforma laboral de verdad, donde el coste y el despido se flexibilicen no se creará empelo. Racionalicemos y ajustemos contratos, modelos, ayudas y convenios. Son cientos de miles las empresas que han cerrado o concursado. Sin una reforma en profundidad en la seguridad social y en el cálculo y ponderación del sistema de pensiones éste quebrará y lastrará las arcas públicas. Sin una reforma fiscal impositiva adecuada a la nueva realidad, sea con imposición directa o indirecta, pero sobre todo luchando contra la evasión fiscal y las prácticas societarias que distraen el beneficio y maquillan el resultado a través de grandes operaciones estructurales seguiremos debilitando el músculo de ingresos del estado. El músculo sigue siendo una clase media cada vez más dejada por todos a su propia suerte. Ni grandes patrimonios ni fortunas, para ellos las fronteras y las leyes se rinden a sus pies. Sin una reforma educativa de los pies a la cabeza, consensuada y reflexionada, seguiremos a la cola del informe Pisa y entraremos en una decadencia generacional que ni siquiera una endogámica y excesiva universidad puede mitigar. Fusión de Universidades, de campus, optimización de la calidad, la investigación y la innovación.

Sin una reforma en la función pública, en los funcionarios, en su retribución, en su control de productividad y trabajo, en su acceso y sobre todo cercenando la colocación a dedo, el armazón administrativo del estado en cualesquiera de sus administraciones acabará generando un ejército de diletantes insostenible, apático, ineficiente e ingobernable. Miles de empresas y entes corporativos públicos sin acción ni beneficio ahondan la hemorragia. Sin una reforma estructural autonómica y local, así como en un tejido único competencial a nivel estatal o autonómico, la sangría de recursos y multiplicación de burocracia ahogará la vitalidad de un país entero. Ahora se habla de techo de gasto público, pero ¿por qué no antes? Reformas en la sanidad, copagos o no copagos pero sí responsabilidad en los usuarios de las prestaciones. Racionalización del gasto, control. Racionalización del gasto farmacéutico, genéricos y catálogos, sin servidumbres a la industria y a los laboratorios internacionales. Mayor apuesta por la investigación, por el desarrollo, por la tecnología. Sólo son unos apuntes de reformas. De regenerar la vida pública y privada desde la corresponsabilidad de todos. No sólo de unos pocos. Faltan élites dispuestas a hacerlo, a trasvasarse de lo privado a lo público, y falta por la prepotencia y el nepotismo de los partidos políticos, maquinarias monolíticas de poder y aferrarse a la prebenda pública. Racionalizar y reformar también el sistema partitocrático, ciertas instituciones, así como los poderes del estado, para una mayor calidad democrática y separación de los mismos. ¿Se imaginan a alguien dispuesto a ser líder por una vez en este país, en este ruedo ibérico goyesco y tumultuoso, irresponsable y chabacano, capaz de no rebelarse o de pensar por sí mismo si quiera una vez al otear estos nubarrones de conformismo, de deriva y rémoras? Reformas sí, con cabeza, cuanto antes. Nos jugamos mucho. Tal vez demasiado y no queremos ser conscientes. Lo triste de la última encuesta del CIS es que casi el 70 % de los encuestados no confían en sus políticos, no confían en el próximo presidente del gobierno. Llega la hora de la prosa no del verso, de construir y deconstruir, de imprimir un cambio y un giro efectivo y eficiente, una hora de responsabilidad para el país entero y su sociedad, pasiva, conformista, hedonista y acrítica.