el caleidoscopio

Poder y responsabilidad

La mayoría absoluta del PP en España sería beneficiosa para el buen gobierno de Galicia, puesto que neutralizaría los tirones particularistas de las comunidades más pobladas

pedro arias veira
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EL devenir natural del país se rompió con el atentado de Madrid de 2004. Tras el trauma, subió a poder un candidato insólito al que los viejos notables de su partido llamaban «Bambi», apodo que en clave política es eufemismo de inane, inexperto o inconsciente. Realmente lo era. Pero tenía su contracara ambiciosa y con las facultades de gobierno numerosas oportunidades para destrozarlo todo, como un elefante acorralado.

Hasta los de la ceja y cineastas canonizados por la protección digital olvidaron las lecciones del mejor cine negro: las caras bonitas de ingenua expresión pueden convertirse en monstruos involuntarios ante los dilemas humanos decisivos. Así puede ocurrir en el mundo de los gobernantes, cuando el miedo a la incompetencia propia es tentado por la demagogia de las falsas salidas y las soluciones aparentes. Es lo que escogió Zapatero y todo su círculo de complicidad, de izquierda y nacionalista. Endeudamiento masivo, empréstito exterior, la fiesta del gasto interior y el empleo artificial a corto plazo como estrategia central de triunfo y engaño electoral. Como otros pícaros de distintas naciones defraudadas.

Hoy se está aprendiendo la lección a base de paro, hipoteca y desesperanza. Una dura educación de ciudadanía. Coherente con un voto de pronunciamiento decidido e indignado, claramente polarizado en la alternativa que —a pesar de los fallos y limitaciones— llevaba razonablemente bien las cosas de España. Es la razón de la coincidencia general de los sondeos en un triunfo amplio del PP, que semeja una corrección de errores pasados, una reparación del 2004.

La corriente de rectificación se inició en Galicia en marzo del 2009. El PP supo escucharla y atenderla en su práctica efectiva de gobierno; una experiencia realmente simbólica, la prueba de toque para retomar la línea de alternativa amputada por una cruel anomalía democrática. Funcionó la memoria histórica cercana, la experimentada en carnes y haciendas por la propia mayoría de la población que vota. Ahora se ha extendido a toda España a la vez que sigue su curso ascendente en nuestra tierra.

El PP, tanto en Galicia como en España, está mentalizado para la recepción de unas cotas de poder de mayorías absolutas generalizadas en municipios, comunidades autónomas y gobierno central.

En su Programa Electoral declara que «debemos actuar para convertir la crisis en una oportunidad», y que «nuestra tarea es difícil, pero la haremos». Es una concepción del poder como voluntad de responsabilidad. Rajoy lo plantea como un compromiso, con la consciencia de que todo el poder estará en el PP, que a nadie más se puede culpar si las cosas no salen bien; pero también que no habrá duda ni confusión si, como en 1996-2004, se remonta la crisis, se regenera la vida pública, se cohesiona la sociedad y el conjunto de España, y nos damos oportunidad de ganar el futuro, para nosotros y nuestros descendientes.

Feijóo también lo sabe. Verá confirmados sus esfuerzos y modelo de gobierno con un perceptible aumento de respaldo electoral en las provincias gallegas. Tendrá también un gobierno no hostil en Madrid, cuando no dialogante y comprensivo de las necesidades de vertebración de la España occidental y del Noroeste.

La mayoría absoluta del PP en España sería beneficiosa para el buen gobierno de Galicia, puesto que neutralizaría los tirones particularistas de las comunidades más pobladas y de las más avanzadas. Se necesita poder bastante para ejercitar la responsabilidad territorial en materia de vertebración nacional. Como se necesita para abordar cambios sociales y culturales.

De confirmarse las encuestas, la ciudadanía habrá optado por la alternancia racional tras dos legislaturas entre la irresponsabilidad satisfecha y el ridículo terminal. Nada será definitivo como tampoco lo ha sido, a pesar de los costes que aún tendremos que pagar, las legislaturas actuales. La democracia, como la vida misma, es prueba y error, conjetura y experiencia, tentativas en las brumas opacas de los intereses, las emociones y las realidades que nunca terminamos de aprender y dominar. Pero a veces las decepciones son tan intensas que terminamos por decidirnos sin titubeos de que otra conducción de las cosas es imprescindible. Por eso es probable un gran delegación de poder para que se haga frente a las complejas tareas que exigen una gran voluntad de responsabilidad.