AVENIDA ATLÁNTIDA

Melancolías electorales

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Apesar de vivir y morir en Madrid, durante muchos años seguí empadronado en Vigo. Eso me permitía seguir votando allí. Era un buen pretexto para volver a casa por un par de días. Antes me inquietaba el porvenir de Galicia. Cuando me fui a estudiar periodismo a Madrid tenía la firme determinación de regresar al noroeste en cuanto terminara. No albergaba la menor duda. Madrid era un monstruo ineludible. Entonces no había xornalismo en Compostela, ni en ninguna otra urbe del antiguo reino. Pero en segundo de carrera empecé a ver las cosas de otra manera. Seguía empadronado (en realidad lo seguí muchos años después de terminar los estudios y de tener la suerte de encontrar trabajo), pero pronto tomé la decisión de que no volvería.

¿Qué es lo que perdí? Supongo que ciertos vínculos que se fueron desvaneciendo. Todavía me deja perplejo algo que me ocurrió en mi época de no-estudiante compostelano. Contaba (así lo creía) con una buena amiga que formaba parte del núcleo duro del nacionalismo gallego (hasta mucho después no supe que del politburó de la UPG).

Un día, muy seria, me dijo que teníamos que poner fin a nuestra amistad: no estaba bien visto que tuviera tratos con alguien que denotaba inclinaciones un tanto ácratas. La verdad es que durante aquella época mis simpatías políticas -como un barco ebrio- oscilaban entre los nacionalistas menos ortodoxos, menos dogmáticos, y los anarquistas menos aguerridos. Sentimientos, más que fundamentos ideológicos. Y los sentimientos no se pueden fingir. Ni hacia otro ni hacia un territorio.

Además, lo que siempre me subyugó de Galicia fueron los inviernos, la lluvia, el mar... Nada específico del país. Empecé a dejar de darle importancia el hecho de haber nacido allí. Había sido un accidente. Hay elecciones. Ya no estoy empadronado al noroeste. Seguiré con interés el resultado. Quiero pensar que no dan lo mismo hunos que hotros.