Ganar, perder, desaparecer

Los tres partidos afrontan la jornada de hoy de distinta manera: el PP examina su techo; el PSOE hasta dónde pueden caer; y el BNG, si salva este match-ball

JOSE LUIS JIMÉNEZ
SANTIAGO Actualizado:

Desde una perspectiva nacional, la decisiva cita con las urnas de este 20-N apenas dirime la amplitud de la mayoría absoluta del Partido Popular de cara a gobernar en solitario la próxima y trascendental legislatura, y el histórico suelo que puede tocar el Partido Socialista, así como las perspectivas de futuro de Alfredo Pérez Rubalcaba al frente de la formación del puño y la rosa.

Pero en el plano gallego hay otras variantes en juego, en manos de los 2.688.632 electores llamados a la participación en las elecciones: el PP examina la salud del «efecto Feijóo» dos años y medio después de llegar a la Xunta; el PSdeG, su grado de resistencia a la ola de cambio que previsiblemente va a recorrer España; y el BNG, si pone fin a su sangría electoral continuada desde 2003 o, por el contrario, la acentúa y desaparece del Congreso de los Diputados.

La pronosticada victoria del PP —todas las encuestas le dan una subida de entre tres y cuatro escaños— tiene para Alberto Núñez Feijóo un claro matiz de evaluación. Dado que Mariano Rajoy ha señalado repetidamente a Galicia como el modelo de gestión a seguir si finalmente se instala en la Moncloa, los populares entienden que la cita de hoy tiene cierto carácter de plebiscito sobre la gestión de la Xunta. En estos dos años y medio, desde aquel marzo de 2009 que marcó el inicio del fin del «zapaterismo», el gobierno gallego ha hecho de los ajustes y la austeridad la bandera de su administración.

Muy criticadas por la oposición, las reformas en algunos servicios públicos —ajuste del horario de los docentes, catálogo priorizado de fármacos, fin de la gratuidad de los libros de texto, introducción del plurilingüismo en la escuela pública, reordenación de los recursos educativos y sanitarios, etc.—, están hoy también a examen. Un buen resultado en esta convocatoria, más allá de la inercia del cambio de ciclo, avalaría a juicio del PP esta trayectoria. Alcanzar los 15 diputados devolvería a la derecha gallega a sus años dorados de la etapa de Manuel Fraga.

Incluso valdría a Núñez Feijóo para lucir músculo electoral después de su victoria por la mínima en las últimas autonómicas, y reforzaría las tesis de algunos sectores del partido que recomiendan al presidente un adelanto de los comicios gallegos para el próximo otoño. Quizás en marzo de 2013 la medicina de Rajoy para combatir la crisis sea un ricino perjudicial para los intereses electorales del PPdeG.

Cuestión de porcentaje

Los socialistas están preparados para sufrir una derrota como la padecida en las recientes municipales. El mismo «efecto Zapatero» que les permitió mantener en 2008 su techo de diez escaños conseguido en 2004 ahora juega en su contra. Aun así, Manuel Vázquez se aferra a los porcentajes. Si los guarismos de la federación gallega mejoran los de la media estatal, el PSdeG se dará por satisfecho, aunque en el camino se haya dejado un puñado de diputados.

Ese es el aval que ansía Vázquez para apuntalar su candidatura a la Presidencia de la Xunta, una nominación que lleva meses reclamando pero que Ferraz ha retrasado intencionadamente. En el seno del PSOE, todo está a expensas de ver qué ocurre a partir de mañana, con el congreso federal de la sucesión de Zapatero previsto para febrero.

La irrupción de la «operación Campeón» ha cercenado de raíz cualquier veleidad de José Blanco para aterrizar en la política autonómica, y con Francisco Caamaño enfilando el Congreso, a «Pachi» se le allanaría el camino si hoy logra salvar los muebles.

Cuestión diferente es la profunda y lacerada crisis interna que vive el PSdeG, a la que la cercanía de las elecciones puso sordina, y en la que Vázquez y Abel Caballero echaron un pulso de poder —con Carmela Silva por medio—, que acabó revelando las debilidades del secretario general frente a los barones locales y provinciales. Con Blanco —apagafuegos habitual y avalista en la sombra de los críticos— en franca retirada, «Pachi» podría salvar la partida. Por ahora.

Todo o nada

La encrucijada nacionalista ha adoptado un cariz imprevisto. Si al comienzo de la campaña se daba por hecho que mantendría sus dos representantes en el Congreso —y por tanto, que aguantaría su suelo de 200.000 votantes—, las encuestas de las últimas fechas abrían ya la puerta a seguir cediendo terreno y ver peligrar sus resultados. Todo lo que sea no mantener la situación actual sería considerado un fracaso, y haría peligrar la propia estabilidad de la organización frentista. A menor representación, menor financiación. Un golpe en la línea de flotación nacionalista.

Igualmente, haría saltar por los aires la tregua existente entre las corrientes del BNG, que ha evitado seguir aireando sus diferencias para no perjudicar sus expectativas electorales. Son los segundos comicios en los que la portavocía y el aparato nacionalista están en manos de la radical UPG. En las municipales hubo debacle. Otra ración podría fracturar un frente en el que los «irmandiños» de Beiras llevan meses amagando con la escisión. El prudente silencio de los moderados de Máis Galicia igualmene podría llegar a su fin.

Desde la marcha de Xosé Manuel Beiras en 2003, el Bloque ha acumulado retrocesos en todas las elecciones en que ha concurrido. Primero perdió el eurodiputado. Luego, se dejó cuatro escaños en O Hórreo en 2005, pero maquilló el fracaso con la entrada en el gobierno bipartito. El tropiezo en las siguientes municipales también se edulcoró por las alianzas con el PSOE, y en 2009 fueron los responsables de la derrota de Touriño. Suma y sigue en las pasadas municipales, mientras su lider interino, Guillerme Vázquez, no pone fecha a su salida ni a la elección del próximo candidato a la Xunta.