FRAGUA HISTÓRICA

Aquel Estatuto de 1936

Fue aquel un Estatuto sensato, consensuado, plural. No fue de máximos ni exclusiones, sino de ilusiones

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SE cumplen este 28 de junio setenta y cinco años de aquel plebiscito que con casi un millón de votos afirmativos y apenas seis mil en contra supuso adentrar a Galicia en la senda estatutaria. Tiempos convulsos, dramáticos, a punto de estallar la guerra civil que al final frustró las aspiraciones estatutarias y regionalistas. Dos semanas después entraría aquel estatuto plebiscitado y proyectado en las Cortes republicanas de la mano de Gómez Román y el propio Castelao, y apenas cuarenta y ocho horas después se producía el inicio de aquella guerra y los desastres de la misma, amén de la dictadura que seguiría. Galicia no llegó a disfrutar de aquel Estatuto, sino del actual, el de 1981. Aquel estatuto fue aceptado a trámite en febrero de 1938, apenas un año antes del final de la guerra.

Fue aquel un Estatuto sensato, consensuado, plural y tolerante. Un estatuto donde se señalaba que Galicia se organizaba como región autónoma en el Estado Español con arreglo a la Constitución de la República. Un Estatuto que consideraba gallegos a los que lo fueran por naturaleza y no hubieren adquirido vecindad administrativa en otro territorio de la República, y los demás españoles que ganaren vecindad en Galicia. Advertía además, que los derechos individuales serán en Galicia los definidos por la Constitución de la República. Y señalaba con claridad y sensatez como los españoles tendrán en Galicia iguales derechos que los que tengan los gallegos en el resto del territorio español. Respecto a la lengua, el caballo sacrosanto y excluyente de algunos, señalaba que serían idiomas oficiales en Galicia, el castellano y el gallego; pero en las relaciones oficiales del Estado con autoridades de otras Regiones y con las del Estado, se usaría siempre el castellano. Respecto al foro, se regulaba que todo escrito que se presente a Tribunales y autoridades redactado en gallego, será reproducido en castellano cuando lo pida parte interesada; los funcionarios que se designen para actuar en la Región deberán acreditar conocimiento de la lengua gallega.

Aquel no fue un Estatuto de máximos ni de exclusiones, sino de ilusiones, de realidades y de conformar siempre un marco constitucional republicano que se atenía a la legalidad vigente de aquellos años, sin pretender rebasarlo, sin buscar irredentismos absurdos y diferenciadores. Los artículos 14 y siguientes establecían un marco de atribuciones y competencias a la región armónico, estable, eficaz y racional.

El Bloque acaba de recordar aquella fecha el pasado sábado en la Alameda de Santiago, una vez más se erige como depositario casi único de aquella herencia que es de todos los gallegos. Una vez más pide superar el actual marco estatutario y centra sus culpas en populares y en menor medida en los socialistas gallegos. No ha tenido empacho en aseverar que el nacionalismo gallego continúa siendo el motor del proyecto nacional de Galicia, catalogando al mismo como democracia, autogobierno e izquierda, en un alarde reduccionista y apropiatorio irreal de los conceptos de democracia y autogobierno.

Lo de la izquierda dejémoslo dormitar en el limbo de las ideas. Pero ¿acaso no son demócratas ni creemos en el autogobierno el resto, los no nacionalistas? No contento con ello se ha permitido cuestionar y reivindicar que: «La democracia en Galicia, para ser real, debe ser por tanto el poder del pueblo gallego para decidir libremente su futuro», tratando de cortar toda conexión y dependencia con el estado central y España, incidiendo en que una Galicia «políticamente dependiente no tiene más futuro que continuar su devenir a la irrelevancia política, económica y demográfica».

Está bien recordar aquella generación irrepetible de políticos gallegos, regionalistas y nacionalistas, pero también españolistas, que desde la razón, el respeto y los sueños nos regalaron un texto y una esperanza que no fue realidad. Pero emularse en depositario único de aquella historia colectiva, y cuestionar la democracia, el autogobierno y la izquierda misma si no son nacionalistas, excede cualquier análisis político, reflexión y sentido común. Quizás, Guillerme Vázquez debería leerse mejor las entrelíneas de aquel estatuto elevado a mito por el BNG.