el garabato del torreón

Alguna precisión republicana

En el ocaso de la República de 1931 ni el socialismo y ni el comunismo españoles están legitimados para el llanto

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DESDE el «burgo podrido» donde vivo, no quisiera dejar pasar eso que alguna cabecera dio en el desatino de llamar, con propósito más celebratorio que conmemorativo, «mes de la República», sin contribuir en algo a la efemérides. Fueron Lugo y Ourense, en efecto, las dos únicas ciudades gallegas donde las candidaturas monárquicas se impusieron a las republicanas en el plebiscito en el que acabaron desnaturalizándose las elecciones locales del 12 de abril de 1931. El régimen proclamado dos días más tarde vuelve a ser ahora asunto de reivindicación y hasta de reverencia, cosa inobjetable, desde luego, si bien no deja de resultar sorprendente que la mayoría de quienes propugnan su restauración (o instauración: difieren aquí las escuelas de pensamiento) se digan socialistas o comunistas. Quizá ello provenga de un cierto desconocimiento de los hechos, que suele afectar a bastantes de los ruidosos confalonieros de la Memoria Histórica.

Porque lo primero que hay que recordar a algunos de quienes gimotean por el ocaso de la República de 1931 es que ni el socialismo y ni el comunismo españoles están legitimados para el llanto. Cuando aquel 14 de abril se izó la bandera tricolor en medio de un innegable entusiasmo popular, los escasos comunistas que había en Madrid salieron a la Puerta del Sol gritando «muera la República burguesa y vivan los Soviets». En cuanto a los socialistas, es bien sabido que el nuevo régimen fue aceptado a regañadientes: la meta no era la República sino el «socialismo de los trabajadores», según la rudimentaria formulación de Largo Caballero, quien llegó a tomarse en serio el apelativo de «Lenin español» con el que lo motejaron partidarios y detractores.

Que el Partido Comunista torpedeó la endeble República desde el mismo momento de su nacimiento está fuera de duda: quien considere insuficientes las memorias de Azaña puede darse una vuelta por las páginas de En la lucha, de Dolores Ibarruri (et alii), publicadas por la adicta editorial Progreso, de residencia nominal en Moscú. En cuanto al PSOE, baste recordar las feroces embestidas con que hostilizó a un nuevo régimen denostado desde los escaños y los periódicos socialistas por ser «una Monarquía disfrazada con gorro frigio».

Como las navajas multiusos, también la historia es una herramienta de utilidad diversa: proselitismo, demagogia, manipulación, engaño, negocio… Pero cualquiera que sea la función a la que se la rebaje, siempre acaba por imponerse el sobado adagio periodístico de «las opiniones son libres, los hechos son sagrados». El régimen proclamado en España hace ahora ochenta años no fue menos de lo que fue, pero tampoco más. Y en su derrocamiento alguna responsabilidad concierne a quienes desde dentro se aplicaron a debilitarlo. Marañón dijo alguna vez que la autoridad en el historiador es, ante todo, serenidad. Serenémonos, pues, todos.