fragua histórica

NCG: algo más que un banco

El Gobierno de Feijóo apostó desde el primer momento por la galleguidad de las cajas

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ATRÁS quedan vientos y lodos, barros y castillos de arena que enfangaron el camino. Atrás quedan, o deberían, luchas intestinas de poder, cainitas y viscerales. Pero también debe permanecer en la historia, tal vez intrahistoria, de aquellas dos cajas que fueron un día, antes incluso muchas más, y que ya no pueden seguir siendo. Atrás quedan sueños y la imaginación de un porvenir que la reforma y estructuración financiera derribaron antes incluso de nacer. Atrás debe quedar cierta inquina y juego sucio, con recursos incluso ante el Tribunal Constitucional, que desprestigió si cabe aún más a un gobierno en declive inexorable en ese momento. Atrás quedan los conatos de arquetipos jurídicos que no dan ni dieron resultado. Les llamaron SIP y fusiones frías, vanos eufemismos de la nada y del todo, pero de la absorción integral en el ordeno y mando. No caímos ni cayeron en esas redes que el tiempo simplemente ha enmarañado, desquebrajado y llevado a rupturas o también a entidades de crédito bancarias.

Llegó la bancarización. Algunos la habían demonizado, condenado a un silente ostracismo de irreflexión. Se rasgaron incluso en público las vestiduras de la vanidad y el egolatrismo más espurio. Los siete males, pero las cajas decidieron mirar al futuro juntas, rotos los malentendidos, aparcados los problemas acuciantes a un futuro que acaba de plasmarse y constituirse estos días. Empieza una nueva etapa, una nueva era para aquellas dos entidades y para sus siete mil empleados y sus cientos de miles de clientes. Acaban de remodelar la cúpula de gestión. Han fichado fuera, a personas a las que aval a su trayectoria y perfil de negocio, de gestión, de organización y de vanguardia tecnológica en la forma de comercializar los productos y fidelizar a los clientes. Nada de esto hubiera sido posible sin el esfuerzo anterior de muchos hombres y mujeres, en suma, de muchos gallegos. Los de antes y durante. Los que llevaron a las cajas con aciertos y errores a donde han llegado, los que pilotaron esta transición ignota hace un año y medio y que los vaivenes de Moncloa cambiaron por Decreto y exigieron «core capital» desproporcionados en un intento de ser más papistas que Bruselas y Basilea II, y que ahora abandonan el barco.

También de esa sociedad civil gallega que ha empujado para que no sucumbiera a las primeras de cambio una identidad, una forma de ser, las cajas gallegas. El gobierno de la Xunta con Feijóo a la cabeza apoyó y exigió desde el primer momento. Apostó por la galleguidad de las cajas, reunió a los dos colosos que caminaban por sendas distintas y trataban incluso de buscar experiencias más allá del mapa de Galicia. Se pudo hacer. Es en parte también un pequeño triunfo del Presidente. El BNG arrimó el hombro para tal empeño, y los socialistas gallegos, al menos sus dirigentes con el estrafalario oportunismo dialéctico del alcalde de Vigo y las ambivalencias ambiguas de su secretario general en Galicia, simplemente no estuvieron como casi siempre, o no supieron siquiera por dónde corrían los vientos del futuro. Callaron y sucumbieron a la traición del recurso de inconstitucionalidad. La memoria es frágil, pero no tanto.

Empieza una nueva era, un tiempo donde existen debilidades y flancos que hay que cubrir y dotar atrayendo gran inversión. Captar clientela, captar y exporta credibilidad y eficiencia. Y hacerlo en un marco competitivo leal y honesto. Galicia está de enhorabuena. El reto es difícil, hercúleo. Hay mucho hecho, pero falta mucho por hacer.