Las dos vecinas, cómplices, pasean por la aldea donde formaron su familia
Las dos vecinas, cómplices, pasean por la aldea donde formaron su familia - MIGUEL MUÑIZ
lA GALICIA DESPOBLADA

La vida en una aldea a punto de desaparecer

La historia de A Capa, en Lugo, es la de miles de aldeas gallegas que agonizan ante dos fenómenos imparables: el envejecimiento y la despoblación del rural

Ferreira de Pantón (Lugo)Actualizado:

A la pequeña aldea de A Capa, en el municipio lucense de Ferreira de Pantón, se llega por una carretera sin asfaltar, preludio de lo que espera al final de la cuesta. La primera casa, con una posición de privilegio sobre el valle, es la de Carmen. Apoyada en la ventana de la cocina, advierte divertida que nadie pisa la aldea sin que ella se entere. Tiene 83 años y siempre ha vivido aquí. Primero perdió a su marido, después a su hijo. Y entre medias ha ido viendo cómo el lugar donde creció y formó una familia se ha ido despoblando. «Quedamos tres vecinos. En el resto de casas ya no hay nadie, por eso se están cayendo» admite.

La historia de A Capa es la de miles de aldeas gallegas que agonizan ante dos fenómenos imparables: el envejecimiento y la despoblación del rural. Se las conoce como «aldeas fantasma», un triste apodo en el que no tienen cabida los niños ni el murmullo de la calle. En Galicia, son casi 4.000 los núcleos de población en los que ya no vive nadie. Y otras tantas aguantan con apenas dos o tres moradores, en su mayoría personas de edad avanzada que se resisten a abandonar lo único que han conocido, pese a la evidente carencia de servicios y de vida.

La única visita del día

La charla con Carmen la interrumpe una bocina. Es la panadera, que cada día lleva a los vecinos de A Capa su ración de pan fresco. A su encuentro sale también Maricarmen, que vive en una casa unos metros más arriba con su marido Ramón. «Una barra y un bollo», piden para la comida de hoy. La cuenta no supera los dos euros, pero la furgoneta del pan regresará mañana porque Merche es la única persona a la que estas vecinas ven al cabo del día. «Antes —explican— venía también el pescadero, pero al quedar tan pocos ya no le compensa».

La compra de la semana se hace en Ferreira de Pantón, un pueblo «muy recogidito» al que Carmen va caminando, pero del que vuelve en taxi. «Ahora las piernas ya no me dan. Voy dando un paseo, pero el taxi me trae con las bolsas», aclara. Los congeladores de estas vecinas están repletos de la carne de la matanza, los huevos los ponen sus gallinas y las verduras las plantan en la huerta. Pero aún así, hace falta moverse para ir al supermercado. «Las cosas modernas necesitan detergentes para todo y hay que ir a por ellos», afirman.

El mayor problema se presenta cuando hay que salir del pueblo para ir al médico. El de Monforte es el hospital más cercano, pero muchas pruebas se realizan en Lugo, y eso exige llamar a los hijos «o pedir a alguien el favor de que te lleve, y no queda cerca». Hace mucho que Carmen no sale de Ferreira, pero recuerda que una vez visitó Santiago con una excursión. «Y también queda muy lejos».

De cada diez aldeas españolas que el año pasado perdieron a todos sus habitantes, nueve están en Galicia. Y son las provincias de Lugo y Orense las que concentran la mayor parte del problema. «Los hijos no ven futuro aquí y se van a fuera. Los que más cerca a Monforte, los que más lejos Dios sabe...», resume Carmen. En el caso de Maricarmen, dos de sus hijos trabajan fuera, pero el pequeño sigue manteniendo su habitación en la casa y pasa la mitad de los días con ellos, aunque «cada vez está más con la novia, pero nos hace compañía». Y eso, a estas alturas, los tranquiliza.

Con un solo golpe de vista, desde la única calle de la aldea se ven cuatro casas deshabitadas. Nuestras guías en este recorrido por la Galicia que agoniza le ponen nombre y apellido a sus antiguos dueños. «Aquí vivía una que se casó con un vasco, en aquella los consuegros de mi hijo, en esta una maestra... y en la de ahí abajo del todo nací yo», revelan entre Carmen y Maricarmen, sostenes la una de la otra en este paraje al que se accede a través de una carretera sin salida. «Da pena ver cómo las casas se caen. Lo peor es cuando llueve en ellas, porque ese ya es el fin», se resignan. Cuando el tiempo lo permite, las dos salen a pasear por la tarde. La mañana la dedican a los animales y al campo, aunque ya no hay vacas en el pueblo. «También tengo televisión, pero me aburre pronto», reconoce la más mayor.

«Mientras vivamos...»

Por la cuesta sube, acompañado por un perro, Ramón. Es el marido de Maricarmen y cada mañana camina unos cuantos kilómetros. «¿Se ha encontrado con alguien?», preguntamos. «Con nadie, no he visto a nadie», responde sonriente. Hace frío y la nieve de los últimos días aún perdura en los puntos más altos, pero en A Capa se calientan a la vera de la cocina de leña. En mayo comprarán los cerdos para criarlos y celebrar la matanza, un evento que en su día congregaba a todos los vecinos y marcaba una fecha de celebración. Ahora quedan menos, pero aún se reúne gente de los alrededores que los ayuda a conservar una tradición que respetarán «mientras vivamos».

Ramón y Maricarmen sostiene una fotografía tomada en una matanza
Ramón y Maricarmen sostiene una fotografía tomada en una matanza - M. MUÑIZ

La misma fotografía que presenta A Capa se repite en otras aldeas de la zona, caso de Vila do Souto. En este pueblo hay muchas viviendas construidas en los años 80 y a principios de los 90, pero la mayoría tienen las persianas bajadas. «Están cerradas las nuevas y las viejas, porque muere mucha gente y nadie la releva», afirman sus vecinos. En otra pequeña aldea, la de Goyán, la misma historia, y en Ferreira de Pantón, explican, «hay más casas deshabitadas que habitadas, casas grandes y bien hechas que yo recuerdo cuando se levantaron y hoy están sin nadie. Los viejos murieron, los hijos se fueron... y pensar que hay gente durmiendo en la calle», dejan en suspenso quienes conviven a diario con la pérdida.

Lo cierto es que la negra estadística advierte de que en los últimos diez años Galicia ha perdido medio millar de sus aldeas, y otras tantas están en la lista. Son esqueletos que soportan el paso del tiempo con el único recuerdo de lo que en su día fueron hogares.